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Colombia: ¿caminos para la paz?

El cinismo de Colombia
Roberto J. Ball Zuloaga - Panorama, Maracaibo, Venezuela

 
Lunes, 4 de diciembre de 2000

Colombia parece no querer darse cuenta de que su guerra civil (único adjetivo que describe acertadamente lo que allí ocurre) afecta los más altos intereses nacionales de Venezuela, y que las posibilidades de paz o de recrudecimiento de la guerra no son ya un asunto interno de Colombia.

En Venezuela sufrimos diariamente las consecuencias de la guerra civil colombiana. Los puestos militares venezolanos son atacados por insurgentes colombianos que quedan impunes al momento de cruzar el Arauca, al igual que el creciente número de secuestradores de ciudadanos venezolanos. Los pobladores de todos nuestros estados fronterizos viven bajo el terror de una guerrilla que opera a ambos lados de la frontera, pero que utiliza la línea limítrofe para huir de nuestras autoridades. Más de 60.000 carros robados terminan en Colombia cada año. La realidad es que el Estado colombiano solo ejerce su soberanía sobre las grandes ciudades y que nuestro país limita, de hecho, con un gran estado guerrillero que controla de manera efectiva a la casi totalidad de los territorios más allá de la frontera con Venezuela.

Esta es una realidad que nada tiene que ver con el gobierno de Chávez y viene sucediendo desde hace años. El hecho es que Colombia se ha convertido en el Líbano de América Latina. Un país sumergido en una guerra civil y creciente estado de anarquía, con desastrosas consecuencia para nosotros que ninguna responsabilidad tenemos en las causas de esa guerra.

Por razones similares, Israel se vio obligada a invadir al Líbano, a principios de la década de los '80, como la única forma de impedir los constantes ataques a sus ciudadanos perpetrados desde santuarios al otro lado de la frontera. Igualmente, en 1913, los Estados Unidos invadió al norte de México para perseguir y capturar a bandoleros mexicanos que hacían sus fechorías en Texas y California para luego cruzar la frontera impunemente. Sería absurdo pretender una invasión a nuestro vecino, pero es obvio que Venezuela no puede seguir tolerando el traslado de la guerra civil colombiana hacia nuestro país.

Que hayan o no afinidades ideológicas entre el actual Gobierno de Venezuela y la guerrilla colombiana sería lamentable pero irrelevante, habiendo nuestro gobierno aceptado públicamente en varias oportunidades que sólo reconoce al gobierno de Colombia como única autoridad legítima en ese país.

Por más que abogados leguleyos colombianos pretendan establecer diferencias, el hecho es que el propio gobierno colombiano ha establecido la legitimidad de la guerrilla, al otorgarles el territorio de "distensión" y al reunirse el propio Presidente Pastrana con el líder máximo de uno de los grupos insurgentes. No es entonces más que un gran cinismo el pretender indignación cuando otros gobiernos hacen lo mismo ante la realidad que se les presenta en la frontera.

Con Colombia nos unen lazos históricos de amistad. Nuestro futuro siempre estará ligado a Colombia, quien es hoy uno de nuestros principales socios comerciales. Para que las buenas relaciones se mantengan es cierto que debemos mantener la altura y el respeto hacia el gobierno neogranadino, pero también es indispensable que los colombianos entienden que nosotros no podemos seguir tolerando indefinidamente las terribles consecuencias de sus problemas. Eventualmente la cuerda se va a romper, y la culpa no será nuestra.

© Panorama Digital, 2000

 

 

 
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