Había expresado en un artículo anterior que el afianzamiento de la democracia en México sólo podía avanzar si el PRI salía del gobierno federal. Hoy recalco gratamente está apreciación, aunque también considero necesario hacer hincapié en que este proceso no está asegurado sólo con la victoria del candidato del PAN.
La victoria de Vicente Fox representa una transformación fundamental en la construcción de una sociedad más democrática en México. La derrota pacífica de un partido corporativo con más de siete décadas en el gobierno federal, el Partido Revolucionarios Institucional, es un logro destacado que da muestras de la madurez de la política y de la sociedad azteca.
Pero hay que destacar dos aspectos del 2000 mexicano, por un lado es importante acentuar el extraordinario papel que ha jugado el Presidente Ernesto Zedillo y el candidato del PRI Francisco Labastida, y por el otro hay que recalcar que la victoria de la Alianza Por el Cambio no asegura per se la consecución final del proceso de democratización de la sociedad mexicana.
El camino hacia un esquema de relaciones de poder más democrático no se inició el 2 de julio o durante el proceso electoral. Si partimos desde las polémicas elecciones de 1988 cuando Carlos Salinas de Gortari se alza con un dudoso triunfo sobre Cuauhtémoc Cárdenas hasta la derrota del PRI por más de 10 puntos porcentuales el 2 de julio del 2000, observamos que los procesos electorales han sufrido una profunda, y beneficiosa, transformación: la reforma de la ley electoral en 1996, luego del Pacto PRD, PRI y PAN de 1995, permitió la transformación del organismo electoral y su independencia respecto al Poder Ejecutivo Federal, el nuevo Instituto Federal Electoral (que había sido creado en 1990).
Bajo la nueva estructura electoral se realizaron los comicios de 1997. Los resultados de estas elecciones, la victoria de Cárdenas en DF, y la pérdida de la mayoría legislativa priísta, le demostraron al pueblo mexicano y a la comunidad internacional que el PRI era un partido que podía ser derrotado electoralmente y, más aún, que era un partido que podía reconocer una derrota electoral.
El papel que, durante el último sexenio, jugó el Presidente Zedillo es digno de destacar. La tradición del hiperpresidencialismo mexicano colocaba en las manos del Ejecutivo Federal el protagonismo necesario en toda política de Estado. Zedillo supo capear el temporal del derrumbe económico, político y social del salinismo. Supo aupar la apertura democrática incluso contra fuertes, más no amplios, sectores de las estructuras del oficialismo. Sus declaraciones reconociendo la victoria de Vicente Fox fueron el imprescindible corolario de su sexenio. Por lo mismo, la única solución coherente de su gestión de gobierno, pasaba por la necesaria derrota del PRI, este logro fundamental de su gestión puede convertirse en su derrota política definitiva dentro de la septuagenaria estructura partidista.
Ante la victoria de Fox la primera reacción, generalizada, fue de alegría y esperanza. La moderación y la prudencia del recién electo presidente, sumada a la tranquilidad con que Ernesto Zedillo y Francisco Labastida aceptaron la derrota diluyeron rápidamente un posible foco de incertidumbre. Para Vicente Fox el gobierno se iniciará el 1° de diciembre en un clima de entusiasmo por la idea del Cambio, que si lo sabe aprovechar puede crear ese gran conjunto de consensos desde la derecha conservadora hasta la izquierda moderada tan necesario para seguir adelantando el proceso democrático.
Todavía el Partido Revolucionario Institucional conserva una poderosa cuota de poder, no sólo en la estructura administrativa del Estado Mexicano, sino además en la mayor parte de las gobernaciones y alcaldías, y en gran parte de la estructura sindical. El gobierno de Vicente Fox no puede hacer “barrida y mesa limpia” con la estructura administrativa construida por el PRI desde los lejanos tiempos de Plutarco Elías Calles. La necesidad de democratizar la sociedad, de reformar y limpiar el Estado, de ir depurando toda la corrupción dentro de México, debe pasar por una construcción de consensos para generar suficiente estabilidad para que el crecimiento económico no se venga abajo.
Pero esa estabilidad depende en gran parte en la actitud que asuma el PRI a partir de este momento. Un PRI cerrado, irresponsable como oposición puede obstaculizar el accionar del nuevo gobierno mexicano, gracias a la inercia de los poderes políticos, económicos y sociales ligados al oficialismo.
Probablemente, el entusiasmo que observamos inicialmente alrededor de la candidatura de Vicente Fox irá cediendo a un replanteamiento de las fuerzas políticas y sociales. El modelo económico, aperturista y de desarrollo hacia fuera, ligado a una casta de tecnócratas, iniciado con De la Madrid, potenciado bajo Salinas, y continuado bajo Zedillo no parece ponerse en duda por Vicente Fox. Esto puede crearle una oposición distinta desde la izquierda.
Aunque en muchos aspectos el proceso de diálogo Estado – Sociedad mejorará con una presidencia de Fox, no faltarán momentos en que la sociedad tendrá que impulsar cambios incluso contra los deseos de la nueva Alianza. Un ejemplo claro de lo que queda por hacer es el conflicto de Chiapas, en algún momento de la campaña Fox expresó que lo resolvería en quince minutos a través de un diálogo con el Sub – Comandante Marcos, luego se retracto de su simplismo, las realidades del conflicto chiapaneco llevan a una reflexión, y a una acción, que supere el simple cambio de actores en un diálogo infructuoso. Muchas de las certidumbres de la sociedad mexicana tienen que ser superadas para asumir la realidad de una diversidad étnica y cultural como proceso político y social autónomo, este tipo de discusiones son las que deberá asumir el nuevo liderazgo de Vicente Fox, por ahora, cuenta con un capital política y una legitimidad social impresionante, y no vista en México desde hace muchos años.
En el seno de la nueva oposición, en estos momentos, probablemente, se está dando inicio a una larga y dura lucha dentro del PRI. Durante siete décadas la cabeza “unánime” del Partido Revolucionario Institucional ha sido el Presidente de la República. La salida del cargo representaba tradicionalmente el fin de las influencias del expresidente sobre el partido y sobre el nuevo gobierno. Por eso, hoy, para el PRI perder la presidencia significa quedarse sin la tradicional cabeza y sin su liderazgo tradicional. Esto dará pie a una agudización de la lucha entre aquellos que promovieron las elecciones primarias internas y la democratización, y quienes ven dicho proceso con desconfianza. El PRI es una estructura corporativa que ha perdido su cabeza unificadora. Sin cabeza visible y con fuertes problemas internos puede ser presa del caos fácilmente. Ante esto dentro del PRI pueden ocurrir dos cosas: o una poderosa reacción conservadora da marcha atrás al proceso de apertura de las estructuras, por ende veríamos a un PRI en decadente regresión conservadora y fuera del gobierno federal por más de una década; o los renovadores internos toman finalmente el control de las estructuras, e impulsan un proceso de mayor apertura.
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Aunque, a la vista de la comunidad internacional y de amplios sectores de la misma sociedad mexicana, el liderazgo de Ernesto Zedillo ha representado un pivote seguro y activo en la apertura democrática, los sectores más conservadores de la septuagenaria estructura pueden pedir su cabeza, la de sus colaboradores, como catarsis por la derrota presidencial, responsabilizándolo por la salida del gobierno federal. Su caída puede ser muy parecida a la derrota política de Gorbachov luego de la extinción de la Unión Soviética.
La sociedad mexicana ha de luchar para que la victoria de la Alianza Por el Cambio y de Vicente Fox no sea sólo un paréntesis sexenal en el dominio hegemónico priísta. Debe fortalecer y acentuar un proceso de transformación de las estructuras y redes autoritarias de poder en una mayor y mejor democracia, más participación, más diálogo, y ese proceso no se encuentra, de ningún modo, asegurado únicamente con el desplazamiento del PRI del gobierno federal. Se ha superado un obstáculo muy importante, y se ha hecho de manera pacífica, ahora hay que seguir construyendo un nuevo México. Esto pasa por poner en duda muchas viejas certezas, el PRI ha sido derrotado, ahora todo es posible. Ese trabajo apenas está comenzando.