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La movilización indígena andina
Gonzalo Ortiz Crespo - El Comercio, Ecuador

 
Jueves, 17 de agosto de 2000

El caso ecuatoriano, donde en la última década emergió con fuerza un movimiento indígena, que a más de buscar reivindicaciones concretas (tierras, aguas, educación, etc.), trascendió su lucha para cuestionar al propio Estado, es decir que de ser movimiento social pasó a ser movimiento político, es único en los países andinos.

En Bolivia surgió en los 70's el movimiento indígena del Katarismo, pero le fue imposible convertirse en un movimiento político: sus líderes se dividieron en diferentes partidos y nunca lograron tener más del 5% del voto popular en las elecciones, aunque hay que reconocer que uno de sus líderes emblemáticos, Víctor Hugo Cárdenas, llegó a la Vicepresidencia de ese país. El caso del Perú es aún más extremo: aquí no existen movimientos étnicos. Las etnicidades se manifiestan en otros sentidos, más bien como identidades regionales (los serranos) o clasistas (los comuneros) pero con ausencia de referentes étnicos.

Cuáles son los rasgos comunes y las profundas diferencias de estas realidades étnicas es lo que se analiza esta semana en Lima en un seminario internacional convocado por el Instituto de Estudios Peruanos, centro que lleva 30 años de incesante indagación de la realidad peruana, andina y latinoamericana. El antropólogo Carlos Iván Degregori decía que lo que pasó en el Perú es que en las últimas décadas se inventaron nuevas identidades en el cruce de los factores de raza, clase, región y ciudadanía, una reinvención "casi desenfrenada" de estas nuevas pertenencias. Su tesis se confirma en un trabajo pionero del historiador y antropólogo ecuatoriano Andrés Guerrero quien, al comparar los procesos seguidos en los siglos 19 y 20 en una zona del Ecuador y otra del Perú, encuentra que la bipolaridad entre blanco-mestizos e indios que es patente en Otavalo a lo largo de esos dos siglos, en Huaylas se difumina en una multiplicidad de distinciones sociales, una "gran variedad de maneras de estar en el mundo", que se traduce, a su vez, en baja conflictividad, lo contrario de la virulencia de las relaciones interétnicas en el cantón imbabureño.

Esto demuestra que la identidad no es una "esencia" en el sentido tomista del término, sino que es algo maleable y que se va definiendo no solo por voluntad de uno o varios actores, sino por el complejo proceso de acciones y reacciones en cada sociedad. Los sentidos comunes y de pertenencia que surgen en todos los países andinos tras el fracaso de los gobiernos populistas y desarrollistas de los setentas, impulsados en todos ellos principalmente por jóvenes indígenas migrantes con experiencia urbana, se canalizan de distintas formas. Más común en los países andinos, a pesar de los avances en el reconocimiento constitucional de la multiculturalidad (se mencionó en el seminario que ya son 11 países en América Latina los que tienen este reconocimiento), es la vigencia de jerarquías, discriminaciones y racismo en las relaciones interétnicas. En el Perú de 1990 no fue un indígena ni un cholo ni un mestizo quien canalizó la reivindicación étnica, sino Fujimori, "detonador de todos los descontentos y todas las esperanzas", como lo llamó Degregori. Y en el 2000 fue Alejandro Toledo quien resultó el cristalizador de aquella reivindicación. Repitiendo: "No necesito disfrazarme" y "soy indio terco", en referencia a su identidad, multiplicó los símbolos indígenas en su campaña y después: basta ver que llamó "Marcha de los cuatro suyos" a la reciente movilización sobre Lima para protestar por la tercera entronización de Fujimori, donde se usaron hasta "pututos" (caracoles) como imagen de convocatoria. Pero justamente es por allí que le atacan a Toledo: la imagen de "cholo ignorante" y de "cholo agitador" -muy cercana a la de "cholo terrorista"- fue manejada por los medios de comunicación sumisos al gobierno fujimorista, en especial de los siete diarios "chichas" -esos tabloides amarillistas que han proliferado en Lima y que golpean al unísono a los opositores- así como por los cómicos populares de la TV, todos ellos oficialistas, para mellar a Toledo, en este caso desde una posición racista. Claro que, como lo indicó Degregori, no faltó el racismo en los propios toledistas (al que calificaban de ser "el verdadero peruano" y apoyaban con gritos como: "El cholo al sillón y el chino al Japón").

Mientras los científicos sociales presentes en el seminario reconocen que los referentes étnicos del actual Gobierno peruano no pasan de ser "turísticos" (el señor de Sipán, la momia Juanita o el pasado inca) admiran lo logrado por el movimiento indígena ecuatoriano, sin dejar de ver que en el proceso ha cometido graves errores como tomar el atajo del golpe el 21 de enero. Preocupa también que la polarización social del pasado no sea procesada y resuelta en Ecuador de una manera creativa, de manera que la sociedad entera reconozca a los indios su identidad y sus derechos, y estos sepan aportar a la creación de una sociedad unificada en su diversidad.

 

 

 
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