La última vez que hablé con Tomás Polanco Alcántara, con su sempiterno optimismo, me prometió venir a mi programa de radio en Maracay, tan pronto se le pasaran sus quebrantos. Pero se marchó sin venir, tan callando.
Me enorgullece y me honra decir que fui amiga del doctor Polanco. Verlo fue siempre un gusto, y escucharlo hablar, siempre una experiencia enriquecedora. Gracias al correo electrónico, nos enviábamos nuestros artículos, y muchas veces los comentábamos. En los últimos que escribió, en forma de fábulas, nos regaló moralejas sobre cómo debemos ser y qué debemos hacer los venezolanos.
Tomás Polanco Alcántara nos deja un legado de escritos e investigaciones sobre historia, ciencias sociales y lengua. Pero más allá, nos deja el legado de haber sido un ser humano íntegro en su decencia y en su honestidad.
Me duele que se haya ido en estos momentos, cuando tanto necesitamos de sus luces, su valentía y su criterio, y cuando tanto podía dar, por muchos más años. Un hombre que proyectó tanto, que se volcó tanto hacia el mejor quehacer del país, se fue así, tan callando.
Una de sus últimas intervenciones públicas fue la presentación que hizo, junto a Luis Alberto Machado, del libro que sobre el genoma humano escribió un grupo liderado por el doctor Alexis Bello. Me comentó lo honrado que se sentía, siendo humanista, de que lo hubiesen escogido para presentar un trabajo eminentemente científico. En sus palabras, dijo, refiriéndose a Alexis Bello y a su equipo de colaboradores:
“Con personas semejantes, que además se multiplican por todas partes, no es posible que un país le tenga miedo a su futuro”.
Hoy son ésas, sus propias palabras, las que describen mejor su vida y su obra. Porque el tener venezolanos como Tomás Polanco Alcántara hace que no temamos el futuro.
Tomo de nuevo las palabras de Jorge Manrique:
“Aunque la vida perdió,
nos dejó harto consuelo
su memoria”.
Tan callando.
(*): Publicado en El Universal, 23/12/02