Las horas que debieron dedicarse al silencio y a la indagación de los móviles que pudieron tener los criminales (puesto que locos, ya se ha demostrado por la minuciosa organización que posibilitó la espantosa coreografía aérea) las malgastaron en perseguir a sus compatriotas de origen árabe, a incendiar mezquitas y a insuflar el anhelo de guerra. De la misma manera en que se negaron a admitir que el ex soldado Timothy McVeigh realizó el atentado en un edificio público de Oklahoma como venganza por el crimen cometido por el FBI contra la secta atrincherada en una finca de Waco, Texas, que resultó en la muerte de más de 80 seguidores del culto davidiano (y se limitaron a decir que estaba loco), ahora se muestran totalmente refractarios a preguntarse ¿por qué? ¿Qué hemos hecho para ganarnos un odio tan irracional?, ¿tendrán algo que ver, como ha dicho el célebre periodista Robert Fink, los misiles norteamericanos estallando en los hogares palestinos y el helicóptero estadounidense explotando un misil en una ambulancia libanesa en 1996 y la granada norteamericana lanzada dentro de una aldea llamada Qana y también una milicia libanesa pagada y uniformada por el aliado israelí de Estados Unidos cortando en pedazos, violando y asesinando por su cuenta a través de los campos de refugiados? ¿Estarán pesando todas esas décadas, como ha escrito el columnista Robert Samuelson, de The Washington Post, vanagloriándonos de nuestro triunfo mundial, gozando de nuestra posición como única superpotencia superviviente del mundo, saboreando una prosperidad en constante aumento y sintiéndonos aislados de los odios, rencillas y conflictos del resto del mundo? ¿Estarán resonando en esta explosión los ecos de la intervención norteamericana en Corea, en Cuba, en Vietnam, en Chile, en Granada, en Haití, en Libia, en Panamá; los diez años de bloqueo a Irak, que han arrojado ya un saldo de medio millón de niños muertos por las sanciones de la ONU; el desembarco en Somalia... el apoyo de la CIA al talibán para expulsar a los soviéticos de Afganistán?
El sentimiento antiestadounidense, dijo recientemente el intelectual norteamericano-palestino Edward Said, no se basa en un odio de la modernidad o en la envidia de la tecnología: se basa en una lista de intervenciones concretas, depredaciones específicas y, en los casos del pueblo iraquí sufriendo bajo las sanciones impuestas por EEUU y del apoyo a la ocupación de 34 años de territorios palestinos por Israel. Es terrible el vaticinio: cuando comience el retorno de los soldados... envueltos en bolsas negras, la sociedad estadounidense dejará caer una serie de preguntas que torcerán su visión de la política exterior, de su papel como potencia mundial y de cada uno en su corazón.
También:
Roberto Hernández Montoya, 11Milagros Socorro en La BitBlioteca
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