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El debate, para tener éxito, debe desarrollarse sobre la base del diálogo y no de la polémica
Pedro Campos

Miércoles, 21 de octubre de 2009

Polémica y diálogo reflejan conceptos parecidos; pero diferentes. El esclarecimiento de estas diferencias es muy importante, sobre todo ahora en Cuba donde se está desarrollando un intenso y variado intercambio de opiniones sobre la situación actual y perspectiva del socialismo a que aspiramos.

Polémica, proviene del griego polemikos, referente a la guerra y quiere decir controversia, por lo general pública y por escrito, sobre cualquier materia, según el Gran Diccionario de la Lengua Española. También polémica, era una antigua disciplina militar que enseñaba cómo defender o atacar un territorio.

La polémica implica defensa de posiciones, atrincheramiento y ataque luego de minuciosa preparación, estilos y maneras más bien del hacer militar, que no pocos estrategas de esa rama han querido siempre imponer autoritariamente a las formas y modos civiles –que son bien distintos- de hacer política y conducir los asuntos de la nación, motivo de grandes discordias y desgracias en nuestra propia historia patria.

Cuando se entra en polémica, los protagonistas se aferran a sus posiciones y buscan argumentos para defenderlas; si no se encuentran, muchas veces se inventan, se fabrican.

La polémica es orgullosa, escurridiza, sus términos no son siempre transparentes, las “cartas” están boca abajo o escondidas y suelen ocultar rescoldos y trampas que buscan socavar, debilitar y derrotar la posición del confrontado.

Diálogo, en cambio, es razonamiento. Se refiere a una conversación positiva y abierta, a una negociación, con alternancia o intercambio de frases y criterios entre las personas. En el diálogo no se busca derrotar al interlocutor, sino esclarecer, ampliar y modificar las posiciones de los actores hacia el consenso, llegar a acuerdos en forma constructiva y participativa que satisfagan los intereses de las partes involucradas, donde no se pretende un vencedor ni un vencido, sino la ganancia de todos.

Cuando se entra en una polémica, la tendencia no es al esclarecimiento de las posiciones de todos, sino a la reafirmación de las propias, en busca de derrotar la posición del “contrincante”. Por eso el dogmatismo es contrario al diálogo y prefiere la polémica y la diatriba.

Es por ello también, que buscando el carácter constructivo del intercambio, muchos elegimos no responder ante alusiones personales, evitamos la polémica y los calificativos y apelativos ad hominen que generalmente terminan induciendo a la confrontación, al encono y a la acentuación de las diferencias, cuando de lo que se trata es de buscar el acercamiento.

Al pan, pan y al vino, vino; pero las personas no somos pan ni vino, sino seres humanos.

El debate, ciertamente, tiene que partir de la existencia de diferentes posiciones y actores, en relación con un mismo asunto, puesto que una “discusión”, donde haya una posición única y un solo expositor, puede ser un monólogo, un ensimismamiento, un soliloquio, cualquier cosa, menos un debate. Y cuando se ignoran o se impide la expresión las demás posiciones, ya entonces estaríamos en presencia de abiertas imposiciones.

De manera que el debate, para tener éxito, debe desarrollarse sobre la base del diálogo y no de la polémica.

En la historia del movimiento revolucionario, muchos debates llevados por medio de polémicas y no de diálogos terminaron en tragedias y enconos que marcaron -hasta nuestros días- corrientes de la izquierda con profundas huellas de odio entre revolucionarios y socialistas que habían estado muy cerca en sus posiciones. En muchas primó el ánimo de ganar la disputa, de imponer una posición que a la larga fue negativa para todos, en ausencia del diálogo conciliador.

Algunos que nunca pudieron “ganar” con sus argumentos, terminaron imponiéndolos por la violencia a las otras tendencias revolucionarias y socialistas y ello derivó, como todos sabemos, en sectarismos, persecuciones y ejecuciones que acabaron por destruir a los propios persecutores.

La violencia siempre engendró más violencia, por ley natural de la vida; como toda fuerza siempre provoca su contrario, aunque no sea percibida. Si la violencia, por regla general es negativa y sólo ha sido positiva en grandes partos de la historia, como fuerzas libera una madre en el acto sublime del nacimiento, entre revolucionarios y socialistas es autodestructiva.

Y conciliar posiciones no quiere decir traicionar las propias, sino avanzar a estadios superiores en las mismas, teniendo en cuenta que nadie vive ni se desenvuelve en un nicho aislado, sino en espacios amplios compartidos con otros, donde los intereses de las mayorías y las minorías no son excluyentes, ni deben ser desconocidos, si verdaderamente se desea que haya convivencia, paz, armonía y desarrollo para todos sin que ello tenga que ser a costa otros.

Podría citar muchas “sentencias de valor”, pero prefiero apelar a la lógica y a la sabiduría abierta de los lectores, más rica que mucha literatura.

El Maestro, el humanismo hecho persona, predicó entre los cubanos: “Con todos y para el bien de todos” y llegar a esa altura que nos predijo dependerá, precisamente, de la capacidad de cada uno para el diálogo constructivo -que no la polémica- a que nos ha convocado el Presidente actual de los cubanos todos, compañero Raúl Castro.

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