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Sección: Internacionales
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Daño colateral
Ricardo Bello
Lunes, 12 de enero de 2009
Un anuncio en la prensa iraní, bajo férreo control del Estado, anunció la recompensa de un millón de dólares a quien asesinara al presidente egipcio, Hosni Mubarak. Y nada se publica en los medio de Teherán que no esté en sintonía o tenga el consentimiento del algún alto funcionario. Ahora bien, ¿cuál es la propuesta más sensata para una tregua duradera, capaz de detener y revertir la invasión de Israel en la Franja de Gaza?: la egipcia, que contempla la puesta en marcha de un mecanismo internacional para impedir el contrabando de armas desde Egipto hasta Gaza. Armas que vienen casi todas de Irán o de países que le sirven de intermediarios. Por eso el fundamentalismo islámico no ve con buenos ojos a Mubarak, que ya recibió el apoyo del más severo crítico a la operación militar israelí, el presidente de Francia. Sarkozy le dio el visto bueno a la idea egipcia y lo mismo hizo Condoleezza Rice, en una de sus últimas declaraciones como Secretario de Estado. Expulsar al Embajador Israelí de Venezuela, parcializa a nuestro país con uno de los bandos de la guerra e impide concretar una diplomacia efectiva, capaz de neutralizar el conflicto e impedir que se extienda a otras dimensiones. Pero no deberíamos extrañarnos, el Plan Nacional Simón Bolívar – I Plan Socialista 2007-2013, aprobado once días después del 2 de diciembre de 2007, menciona expresamente la profundización de los vínculos políticos, económicos y militares con Irán, fuente del terrorismo islámico y uno de los incitadores a la violencia de Hamas.
La reacción de Israel fue indudablemente desmedida. A fin de no repetir los errores cometidos en la segunda guerra del Líbano, cuando respondieron al secuestro de tres soldados a mediados de 2006 con una invasión mal planificada que los llevó a bombardear áreas civiles en Beirut, hoy persiguen a Hamas en Gaza con una estrategia devastadora. Cuando sospechan que un soldado palestino se esconde en una casa, le disparan un misil, luego dos granadas de tanques y finalmente un bulldozer derriba la pared. Se morirán menos soldados judíos, pero el daño colateral, la muerte de civiles inocentes, será mayor. Ir a la guerra es una de las decisiones más difíciles que puede tomar un gobierno, es un acto que tendrá muchas veces consecuencias imprevistas. Precisamente, antes de tomar la decisión hay que responder a una serie de preguntas: ¿cuál es el propósito de la campaña, cómo se pueden alcanzar los objetivos y qué pasará si la operación fracasa? Si la meta consiste no sólo en restaurar la seguridad a largo plazo del Estado de Israel, sino impedir que Hamas prosiga disparando cohetes, así como interrumpir definitivamente el tráfico de armas provenientes de Irán a los arsenales del grupo islámico, la destrucción de la infraestructura civil palestina no es el camino. La ofensiva israelí se concentra en las zonas de Gaza desde dónde se disparan cohetes de mediano y largo alcance hacia el sur de Israel y esa acción ya fue realizada. Es imprescindible un cese al fuego que consiga una solución política, con respaldo internacional, al problema que generó la guerra.
Cuando Ariel Sharon utilizó la fuerza pública para obligar a los colonos judíos a retirarse de la Franja, acordó con el gobierno palestino la suspensión de actividades militares. Hamas rompió esa tregua alcanzada bajo tutela egipcia, iniciando una descarga de cohetes a poblados israelíes. Al igual que Nasrallah, jefe del Hezbollah en el Líbano, nunca esperó una respuesta tan firme de Israel por esa decisión irresponsable de bombardear áreas civiles judías. Una diplomacia firme, pero lúcida, implica tomar en consideración a las dos partes del conflicto.
aracal@gmail.com
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