A propósito de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos ¿Qué democracia? ¿Cuál democracia? Franklin González
Lunes, 4 de diciembre de 2000
Quien de una cosa sólo conoce su propia versión sabe poco de esa cosa. Sus razones tal vez sean buenas, y aun puede que no haya habido nadie capaz de refutarle. Pero si él es igualmente incapaz de refutar las razones de quien le contradice al respecto, y si no hace cuanto pueda por conocer si son válidas o no, no tiene ningún fundamento para preferir una de las dos opiniones(John Stuart Mill).
Misceláneas
Como siempre ha ocurrido con las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, se repitió la paradoja de que este proceso tuvo más atención de la opinión publica y de los gobiernos de otros países, que la atención que le brindó la misma población norteamericana, que además, una vez más, se abstuvo de ir a expresar su preferencia en un 50%. Definitivamente, Estados Unidos como una de las democracias maduras del mundo en términos de lo planteado por Anthony Guiddens en Un mundo desbocado, también padece el síndrome de la desilusión generalizada con sus procesos democráticos.
Con este último proceso de Estados Unidos de América podemos afirmar sin miedo a equívocos que a partir de este momento lo que fue no será igual en el futuro, existe toda una fuerte corriente de opinión en ese país proponiendo que el modelo de elección para el Presidente de la República —casi inmutable por espacio de doscientos años— debe sufrir profundos cambios.
Para algunos analistas —fundamentalistas unos, objetivos otros—, ha ocurrido, mutatis mutandi, algo parecido a la escena que observaron todos los animales protagonistas de la Rebelión en la granja del gran escritor inglés George Orwell, cuando no lograron distinguir entre el cerdo —que les había convencido de que el único enemigo real que tenían se ubicaba en los humanos y que por tanto había que desaparecerlo—, y el hombre, ambos confundidos en abrazos, brindis y acuerdos en beneficio de sus particulares intereses. De esa manera se dieron cuenta, todos los animales, con asombro y decepción, que el idealismo en el cual creían no era más que un espejismo.
Así ha ocurrido para muchos seres humanos del mundo: el tipo ideal de democracia que se vendía universalmente, que debía incluso copiarse, se ha derrumbado en la medida en que la democracia norteamericana ha comenzado a manifestar sus grandes limitaciones.
No existe un solo modelo democrático
De la experiencia electoral de los Estados Unidos de América vale la pena hacer referencia a los modelos democráticos existente en eso que conocemos como el mundo Occidental. Desde el punto de vista histórico, el politólogo norteamericano, David Held, en su texto La democracia y el orden global, identifica tres modelos de democracia: la directa o participativa, al estilo de la Grecia antigua, que algunos extiende hasta la Suecia o Suiza actual, la representativa o liberal, como la existente en los Estados Unidos, y la unipartidista, al estilo de la existente en aquellas sociedades donde la pluralidad política está vedada, ejemplos China, Cuba e incluso en México esto imperó por espacio de setenta años. Esas son opciones que cada pueblo puede elegir(1997, 24-37).
Ahora lo difícil está en “demostrar la democracia”, aunque, por su puesto, esta es preferible a otra forma de gobierno.
Por su parte, Fernando Mires en El malestar en la barbarie, siguiendo el esquema de Habermas, identifica igualmente tres modelos, pero a propósito de la realidad de hoy. El primero, el llamado liberal, donde el proceso democrático cumple la función de programar al Estado como aparato de la administración pública, en interés de la sociedad como sistema de tráficos de personas orientadas a la economía de mercado. El segundo, el llamado republicano, donde la política juega un rol fundamental en las relaciones entre la sociedad y el Estado. El ciudadano —a diferencia del primer modelo, donde es simplemente portador de “libertades negativas”, esto es, lo que no hay que hacer—, se define no de acuerdo con el paradigma del mercado sino con el del diálogo. Es el pueblo en su presencia, al menos potencial, portador de una soberanía que en lo fundamental no puede ser delegada: en su propiedad de soberano, el pueblo no se puede dejar representar. Pero tiene que hacerlo, lo que lleva a adoptar el modelo liberal según el cual los representantes elegidos por medios democráticos y no los representados son actores del proceso político.
El tercer modelo, llamado “discursivo”, corresponde con la imagen de una sociedad descentralizada, que está en condiciones de diferenciar por medio de la publicidad política una arena para la percepción, la identificación y el tratamiento de la totalidad de los problemas sociales. En otras palabras, el acento no debe ser puesto ni en el Estado como regulador de intereses, ni en la sociedad como generadora de intereses, sino en el proceso mismo de generación y de regulación de intereses que implica la existencia de una tercera zona, la de la comunicación discursiva, y que lleva a su vez a la formación de lo que Habermas llama “política deliberativa”, que se constituye, formal e informalmente “en las redes de la publicidad política”. El garante de la democracia tiene lugar dentro y fuera de las instituciones(1998, 236-237).
De lo anterior se desprende que los modelos, por muy buenos y loables que sean, tienen la gran limitación de ser “redes” de conceptos y generalizaciones referidas a diversos aspectos de las esferas política, económica y social(Held, ob. Cit, 104). Pero jamás podrá sustituir a la realidad, con su complejidad, diversidad y riqueza. Los modelos son necesarios pero la realidad es imprescindible. De allí pues, que no exista un modelo de democracia —ni siquiera la norteamericana— que pueda imponerse como ejemplo al resto de los países del mundo.
No se puede negar los grandes avances liberales del sistema político norteamericano, pero hay que reiterar una vez más sus grandes limitaciones desde el punto de vista de la esencia lexicográfica de la democracia, esto es, “poder del pueblo” o en pocas palabras: el poder pertenece al pueblo. Como se sabe en los Estados Unidos de América el poder no pertenece al pueblo.
Las sociedades occidentales actuales tienen como desafío resolver el dilema entre establecer un pactum societatis, esto es, una coexistencia entre ciudadanos (iguales como tales), o en un pactum subiection, esto es, en la creación de súbditos, en un orden basado en la sujeción. En ambos casos, como lo sostiene Giovanni Sartori, en Teoría de la democracia, el factor riesgo implícito es muy distinto, ya que no es lo mismo —así sea falsa empírica y racionalmente— la premisa de que “el pueblo siempre tiene razón”, por cuanto no representa una amenaza por lo que significa como proceso, sometido a reajustes y frenos innumerables, mientras que la premisa “el gobernante siempre tiene la razón”, al referirse a una persona en concreto, no está bajo control, se encuentra más bien sometido al sic voto, sic iubeo, es decir, así lo deseo, así lo mando.
En el caso que analizamos estamos en presencia de un pacto del Colegio Electoral.
El sistema electoral de los Estados Unidos de América es poco democrático, poco representativo y castrante de la voluntad popular
¿Por qué es poco democrático?
Algunos dicen que no se trata de una cuestión de deslegitimidad, sino con la concepción del Sociólogo Emile Durkheim se diría que es una cuestión de disfuncionalidad. Son taras de un procedimiento totalmente ordinario que hoy se encuentra bajo la lupa. Primero, la venalidad de los oficios y mandatos en un país donde las elecciones, sobre todo financiadas por cabildos industriales, cuestan algo así como 4 mil millones de dólares, casi exclusivamente destinados a dos grandes partidos, uno y otro cercanos a los círculos empresariales. Luego, el arcaísmo constitucional de un sistema de escrutinio que, en nombre del federalismo y la descentralización, rechaza la regla elemental del sufragio universal a favor de los pequeños estados principalmente rurales y blancos. Finalmente, el laberinto de las decisiones locales que determinan el resultado nacional, la fecha límite de los votos por correspondencia difieren de un lugar a otro. En algunos casos, como en Florida, todos los que han sido condenados a prisión pierden de por vida el derecho al sufragio. Es el conteo, no Washington, el que determina la maqueta de la boleta, las reglas del escrutinio, las claves de su interpretación, la densidad de los centros de votación, las horas a la que deben abrir.
En Washington, legisladores de raza negra se unieron a la Asociación Nacional para el Progreso y el Bienestar de la Gente de Color, el mayor grupo de derechos civiles del país, para pedir a la procuradora general de Estados Unidos, Janet Reno, que investigue acusaciones de que votantes negros fueron discriminados en algunos recintos electorales de la Florida.
¿Por qué es poco representativo?
Aunque no se crea, existe sobre la tierra un país superdesarrollado, llamado Estados Unidos de América, donde el uso de la Internet y del e-mail es parte de la vida diaria de sus habitantes, que exporta hacia muchos otros países las máquinas de votación que deben garantizan transparencias, con una cultura tan arraigada en la utilización de los instrumentos de recolección de información, que estos se envían por correo. Aquí se realizaron las elecciones presidenciales el 07/11/2000 y, aunque se sabe quien obtuvo la mayoría de los votos populares —el candidato demócrata Al Gore obtuvo más de doscientos mil votos de ventajas sobre el candidato republicano George W. Bush—, y ello no significó per se garantía de triunfo.
Algunos importantes voceros de esa poderosa nación solicitaron reconteo de votos, incluso manual, una y otra vez, se habló de que en algunos condados del estado de la Florida se violaron derechos primarios como los de elegir y se dice que los votos de unos cuantos electores se trasladaron hacia otro de los candidatos. El diseño confuso de la boleta llevó a votar equivocadamente por el candidato del Partido Reformista, Pat Buchanan. En ese estado dos sectores, la población de origen latino y los militares que se encuentran allende las fronteras nacionales, decidieron en definitiva quien sería el próximo presidente.
Esa nación se vende como modelo ideal al mejor estilo weberiano, en muchos foros internacionales y en nuestro país hay unos cuantos analistas, que sostienen que ello demuestra lo ejemplarizante de esas ocurrencias primermundista, aunque algunos analistas y personeros de esa nación, abogaron por la presencia de observadores de la OEA.
El sistema electoral de ese país produjo una situación tan cuestionable del respeto a las minorías que, aunque en algunos estados de la unión la diferencia entre un candidato y otro fue de apenas una centena de votos, no obstante en una especie de juego de cartas a la venezolana “roba pilón” o “carga la burra”, el ganador obtuvo todos los votos electorales, operó el juego “suma cero”, y no respetando la proporcionalidad o las minorías. Allí los Primeros Justicia, Convergencia, Causa Radical o Alianza para el Bravo Pueblo no tienen representación.
¿Por qué es castrante de la voluntad popular?
La respuesta es el Colegio Electoral, el sistema que idearon los padres fundadores de Estados Unidos en 1787 cuando discutían en la Convención de Filadelfia los instrumentos para ejercer la democracia que estaban fundando. Antes de consolidarlo, lo modificaron siete veces. La premisa que hiló sus debates fue que la solvencia moral del dirigente de la nación debía prevalecer sobre la pasión de las masas, iletradas y sujetas a la demagogia.
“El colegio electoral fue concebido por una cultura política muy diferente, donde no había partidos políticos y el ideal era que hombres sabios y con propiedades guiaran el destino de la república. No lo reconoceríamos como una democracia hoy en día” (Alexander Keyssar, profesor de la Universidad de Duke).
Detrás de esta concepción se encuentra la postura del filósofo político liberal John Stuart Mill quien llegó a rechazar “la tiranía de las mayorías” y recomendaba que parte del electorado tuviera más votos que otros, para que, en sus propios términos, los “más sabios y competentes” ejercieran más influencias que los “ignorantes y menos preparados”(Guiddens, Ob. Cit., 83)
Se trata nada más ni nada menos que de una democracia censitaria y capacitaría, es decir, una democracia para las élites económicas e intelectuales. Por cierto, quienes el 18 de octubre de 1945 en nuestro país insurgieron contra el General Isaías Medina Angarita, entre otras razones esgrimidas para derrocarlo, estaba precisamente el “anhelo nacional” y también el del país del norte de establecer unas elecciones directas, secreta y universales, y no de segundo grado como la existente para entonces.
Hasta la recién electa Senadora por Nueva York, Hillary Clinton, pidió la abolición del sistema de Colegio Electoral en estos términos: “Pienso firmemente que en una democracia debemos respetar la voluntad popular y para mí, eso significa que debemos eliminar el Colegio Electoral y seguir el sistema de elección por voto popular del presidente”(El Nacional, 11/11/2000, p. A/6).
Nos preguntamos: ¿Por qué un país que se erige como modelo de democracia en el mundo no tiene un sistema de elección directo? ¿Cómo un método de sufragio puede sobrevivir 200 años sin modificaciones?
Bibliografía
Held, David(1997), La democracia y el orden global(Del Estado moderno al gobierno cosmopolita), Editorial Paidós, Barcelona.
Guiddens, Anthony(1999), Un mundo desbocado, título original Runaway World, Editorial Taurus, Madrid.
Mires, Fernando(1998), El malestar en la barbarie, Editorial Nueva Sociedad, Caracas.
Orwell, George(1981, sexta edición), Rebelión en la granja, título original Animal Farm, España.
Sartori, Giovanni(1988), Teoría de la democracia(El debate contemporáneo), Alianza Editorial, S. A., Madrid
Hemerografía
Diario El Nacional, 8, 9, 10, 11,15 y 16/11/2000, Caracas.
Franklin González es Sociólogo, Profesor Asociado Y Jefe del Departamento Político, EEI gonzal@cantv.net