Es cierto que la historia no obedece a leyes, que toda ruptura es al mismo tiempo destructiva y creadora; y que el surgir de un evento histórico es por lo general imprevisible. El incendio de Persépolis por Alejandro el Grande; la masacre de los mercaderes romanos; la entrada de los bárbaros en Roma; el saqueo de Constantinopla; la batalla de Viena y la derrota de la potencia turca que detiene el avance del islamismo hacia occidente; la toma de la Bastilla; la toma del palacio de invierno del Zar que desemboca en la ascensión al poder por parte de Lenin y la caída del muro de Berlín, fueron acontecimientos que tienen en común cuatro variables que los califican como históricos, a saber: Intensidad, Imprevisión, Repercusión y Consecuencias.
Las tres primeras variables están presentes en los atentados del 11 de septiembre 2001; pero el inventario geopolítico post 11 de septiembre es hoy un espejismo — ¿ y cómo no va a serlo? — en medio de la nebulosa que rodea al enemigo virtual, poseedor de una fuerza de devastación fanáticamente indetenible, que no reclama territorio, ni posee una estructura de Estado y por si fuera poco, los santuarios de dichos fanáticos terroristas se encuentran en New Jersey, en las afueras de Londres y de París; y no en las arenas del Oriente medio.
Tampoco escapa de dicha bruma, la opinión internacional — antiamericana en esencia — al pretender resaltar la visión que tiene del mundo Samuel Huntington , al exponer una visión neo-marxista y por considerar cualquier territorio como de interés petrolero norteamericano. Este ultimo punto pierde toda validez cuando constatamos que el grueso de las tropas americanas movilizadas se encuentran acantonadas en Tayikistán, Uzbekistán y Kirguistán, es decir, en países no exportadores de petróleo.
A pesar de que la guerra en Afganistán resultara un éxito desde el punto de vista militar; el escurridizo Ben Laden opacó el hecho que tanto el régimen Talibán, como la infraestructura de Al Qaida en territorio afgano fueran destruidos; cabe señalar que los sobresaltos políticos del gobierno de Hamid Karzaï obedecen a una problemática estrictamente afgana — nada ideológica— producto de una compleja mezcla de lealtades locales, de identidades étnicas y de sentimiento nacional.
Así mismo, se ha caído en la ilusión de que Al Qaida estaría conectada con los grandes movimientos islámicos contemporáneos y con la crisis palestina, algo absolutamente falso e irreal. Al Qaida se funda en el marco de la lucha anti-soviética (Ben Laden y la CIA) y dicho movimiento se volvió antiamericano luego del desembarco de tropas americanas en La Meca y Medina (lugares santos) durante la guerra del Golfo en 1991.
Por otra parte, sabido que las ganas — americanas — por deshacerse de Saddam Hussein son viejas, lo que sí es nuevo y hasta paradójico es que los civiles del Pentágono (Rumsfeld y Wolfowitz) anden predicando la necesidad y la intención de construir un Islam moderado, en un gesto de ingeniería social que promueva en el mundo islámico valores tales como: democracia, derechos humanos, libre comercio; es decir, los valores americanos.
Así las cosas, no dudamos en que es aún temprano para determinar las consecuencias históricas del 11 de septiembre 2001; pero la preocupación sigue latente puesto que el horizonte no se perfila optimista y dicha percepción lamentablemente no pareciera ser un espejismo.