La escena geopolítica Arrogancia repotenciada en Washington Roberto Palmitesta D.
Martes, 12 de noviembre de 2002
Los avances electorales del partido republicano en el Congreso fueron calificados como un triunfo político de Bush, pero hay que tomar en cuenta que fue logrado esencialmente a base del temor generado por el terrorismo y las perspectivas bélicas, contando con el apoyo patriótico que recibe todo mandatario en tiempos de guerra. Sin embargo, si hubiera sido por la economía --todavía estancada y con un presupuesto muy deficitario-- el presidente hubiera sufrido un sonoro revés, al igual que papá Bush en 1992, aún después de ser el vencedor de la desigual guerra del Golfo contra Iraq.
Ahora Bush pretende cambiar el régimen de Iraq, algo que desearía todo el mundo pero sin recurrir a la fuerza como lo han aceptado la mayoría de los países miembros de la ONU. Para lograr su objetivo, Bush está utilizando el argumento de desarmar al régimen de Hussein, sospechoso desde hace tiempo de acumular un arsenal de terribles armas para convertirse en la potencia mayor del Mediano Oriente, y quizás cumplir con su sueño dorado de destruir a Israel, como lo ha amenazado varias veces recibiendo multitudinarias ovaciones en Bagdad.
Por más veraces que puedan ser algunos de estos temores, es poco probable que –excepto para hacer alarde-- Hussein se atreva a usar dichas armas en estos tiempos, pues su espacio aéreo está muy vigilado en las dos “zonas de exclusión” que le impuso unilateralmente la alianza anglosajona, sin la aprobación de la ONU, además del constante espionaje satelital de que es objeto desde el espacio. Sería improbable que ahora Hussein amenace a sus vecinos, y especialmente a Israel, ahora que esta potencia tiene armas y equipos muy superiores, y hay bases norteamericanas en Kuwait, Arabia Saudita y algunos Emiratos, sin olvidar las de Turquía --aliada de EE.UU. en la Otan-- y las que pudiera tener en territorio ruso o incluso en suelo israelí.
Tampoco se puede olvidar que el equipamiento militar de Hussein es anticuado y ha sido muy afectado por la derrota en la Guerra del Golfo, aunque no se descarta que lo haya repotenciado un poco a expensas de la menguada renta petrolera, sacrificando algunos gastos sociales, mientras la población pasa múltiples penurias. Ciertamente, un fin al embargo limitado podría mejorar la situación, pero también se teme que Hussein utilice los fondos adicionales para más armamentos, precisamente en aras de su defensa contra “los agresores imperialistas”, argumento siempre muy utilizado por todos los dictadores para mantenerse en el poder... y hasta por algunos demócratas.
En efecto, incluso Bush abusó del argumento del terrorismo e hizo aprobar por el Congreso –aún sin tener la mayoría de su partido-- el más grande presupuesto militar de la historia, superior a los 400 millardos de dólares. Habiendo amainado la crisis afgana después del derrocamiento del régimen Talibán, Bush necesitaba una nueva guerra y para eso y nada mejor que uno de los líderes de su pretendido “eje maléfico”, Saddam Hussein, recientemente satanizado por los medios occidentales como se hizo anteriormente con Milosevic, Gaddafi y el Ayatolá Komeini. Todo esto, olvidando que en una época Hussein, como Bin Laden, fueron aliados circunstanciales de Washington cuando los enemigos eran Irán y la URSS.
Nadie duda que los iraquíes merecen un mandatario mejor, pero dada la popularidad interna que tiene –algo indudable, a pesar de la creciente disidencia-- su derrocamiento por una acción militar presenta serios problemas éticos y diplomáticos. Por esto Bush torció el brazo a los miembros del Consejo de Seguridad para que apoyen un plan para intervenir en Iraq si en las inspecciones se encuentran y no se destruyen las cacareadas “armas de destrucción masiva” --frase repetitiva y obligada de todo funcionario anglosajón- o si se entorpecen las labores de inspección. Esto último es fácil que suceda, como en años anteriores, ya que depende de la interpretación que le quieran dar los inspectores, generalmente alineados con las políticas de Washington y Londres.
Así, sin apelar a una nueva aprobación de la ONU, Bush se decidiría a intervenir militarmente junto con su aliado británico, algo que ha antagonizado no sólo a aliados como Francia y Alemania, sino también a socios circunstanciales como Rusia y China, que sólo aprobarían una intervención con la venia de la ONU. De todos modos, la aprobación unánime de la proposición moderada de Bush representó un indudable logro de su gobierno, aunque se haya utilizado múltiples presiones políticas, diplomáticas y económicas. Pero, un dicho reza que “todo se vale en el amor y en la guerra”.
Bush no se da cuenta que es precisamente estas maniobras y la evidente arrogancia de la superpotencia la que motiva la oposición a las políticas y acciones norteamericanas, y seguramente es un ingrediente básico tanto de la crisis palestina como del terrorismo extremista islámico. En el primer caso, el apoyo irrestricto a Israel, contra viento y marea es siempre una provocación dentro del mundo islámico, ya que avala los reiterados incumplimientos a pasadas resoluciones de la ONU y al uso desproporcionado de la fuerza en el mantenimiento de la actitud colonialista de Israel. No se puede olvidar que, aunque los israelíes bien merecían un territorio propio, se instalaron en Palestina prepotentemente desde fines de la I Guerra Mundial, y cometieron muchos abusos y atrocidades, especialmente en 1948 y en los campos de refugiados en el Líbano -y últimamente en la ribera occidental y Gaza-- que compiten con los bárbaros atentados terroristas tanto de la época anterior a los acuerdos de Oslo como en la presente Intifada.
Y aunque es difícil asignar culpas al inicio de la larga confrontación entre israelíes y palestinos –la historia es contradictoria y cada lado lo interpreta a su manera-, no hay duda que los nuevos asentamientos y métodos represivos israelíes en las tierras conquistadas en 1967, le dan una pésima imagen en el exterior, en una época donde la opinión pública mundial cuenta mucho en las decisiones geopolíticas, así como en el seno de las sociedades musulmanas donde las potencias anglosajones están generalmente mal vistas, aunque sean admiradas en muchos sentidos. Evidentemente, la política exterior basada en el garrote y las cañoneras, iniciada desde tiempos de Teodoro Roosevelt, ha sido abusado mucho en el último siglo, y ahora está siendo retomada en la “doctrina Bush”, en un intento de consolidar la influencia norteamericana en Asia, olvidando que los métodos militares son de resultados impredecibles y siempre contraproducentes a largo plazo, aunque se logren objetivos cortoplacistas. Se podrá dominar países fácilmente a fuerza de bombardeos y dólares, pero no se puede merecer al mismo tiempo la buena voluntad de los pueblos afectados --aunque se tenga la razón en muchos temas-- como tampoco es probable que se derrote al terrorismo islámico bombardeando países enteros, sin una política integral de acercamiento y cooperación.
Así, con su confusa visión geopolítica basada en una gendarmería auto-asignada, Bush se ha colocado en la contradictoria posición de ser criticado en cualquier caso, sea si actúa enérgicamente o si deja de hacerlo, y no ha aprendido mucho de las lecciones de la historia, tema en el que no es muy versado ya que se ha dedicado mayormente a la política doméstica. Antes de intervenir en Iraq, Bush debería estudiar detenidamente el funesto incidente de la intervención en Somalia, donde a pesar de sus buenas intenciones los norteamericanos tuvieron que emprender una humillante retirada, después de sufrir fuertes bajas de la guerrilla local. Por eso Clinton, emprendió exclusivamente una campaña aérea en Yugoslavia por el conflicto de Kosovo, sin comprometer las fuerzas terrestres, pasando a la historia como la única vez en que los norteamericanos no sufrieron un solo muerto, después de infringir fuertes bajas y pérdidas a los serbios. Como les debería haber enseñado la malograda guerra de Vietnam, ya es políticamente riesgoso que se muestre en los medios –especialmente en la TV, un protagonista formidable-- que mueran o sean heridos los ‘valerosos soldados norteamericanos’ en sus campañas foráneas, todo lo cual limita grandemente el campo de acción estadounidense.
Por esto, y a pesar de las repetidas amenazas de Washington, es muy probable que en Iraq se intervenga sólo desde naves de guerra o a través de mísiles y la aviación, para así entrenar a las tropas y hacer un “field-test” de las avanzas armas y equipos electrónicos desarrollados en la última década, y de paso dar una lección para los que se atrevan a desafiar a la superpotencia y líder del “eje del bien”. Los costosos preparativos para una invasión, en opinión de muchos, es un ejercicio obligatorio para darle credibilidad a la amenaza, pero difícilmente las fuerzas terrestres se involucrarán en el interior, ya que deben saber que no pueden ganar una campaña en territorio poco conocido y con la fuerte resistencia de la población local. Sería muy costoso –financiera, militar y políticamente-- empeñar fuerzas terrestres en acción, siendo mucho más barato enviar pertrechos y tropas para intimidar a Iraq, aunque no se utilicen luego.
Si esta teoría es correcta, todos los objetivos militares iraquíes serían destruidos en operaciones “quirúrgicas” de alta tecnología, acciones que seguramente reducirían severamente lo que queda del poderío militar de Hussein, mientras esperan que su régimen caiga por su cuenta. De todos modos, por su avanzada edad está llegando a su fin la vida útil de Hussein, y seguramente los políticos locales –preparándose para lo inevitable—están proyectando un régimen de transición sin la presencia del astuto y carismático dictador. Quizás es esto lo que se propuso el Parlamento al rechazar la resolución de la ONU, pues con esa actitud estará le está dando una excusa a Washington para intervenir, aún con las protestas escenificadas en muchas capitales a la guerra y en contra de la mayoritaria opinión mundial.
Ahora le toca a Hussein, y ante el apoyo de la Liga Arabe a la resolución de la ONU y el acoso de las mayores potencias occidentales, puede aceptar las inspecciones en los términos impuestos y dejarse desarmar, o recharzarla totalmente y esperar lo peor, como ya le recomendó su parlamento. El primer camino sería considerado un mal menor pero implicaría su permanencia en el poder, ya que un derrocamiento de Hussein no está contemplado en dicha resolución. SI opta por el segundo camino, saldría más dignamente de la escena después de una fulminante campaña aérea, convirtiéndose en una “víctima del imperialismo anglosajón” y viviría sus últimos años en un exilio dorado despotricando contra la familia Bush. Siendo un personaje poco predecible, no se puede anticipar nada, pero lo más probable es que se vea obligado a irse, pues los aliados están empeñados en ello, sin importar la dichosa resolución de la ONU, ya que siempre se encontrará una excusa para emprender un ataque militar.
Aún con estas válidas especulaciones, habrá que esperar hasta los primeros meses de 2003 para constatar el camino que tomará la alianza de Bush y Blair, ya que muchas cosas pueden suceder en este período. Por ejemplo, la oposición interna a la guerra puede crecer en EE.UU. y puesto que ya no necesita una guerra para hacer ganar comicios, posiblemente Bush repiense su estrategia, y deseche la invasión, conentrándose en una breve pero devastadora campaña punitiva que causaría la defenestración de Hussein, aún a costa de un aumento de la antipatía generada contra ellos en la región. Por algo el nombre de la operación militar se bautizó como “Cambio de régimen”, y no con un nombre más neutral como la “Tormenta del desierto” de la guerra del Golfo. En todo caso, y aunque logre sus objetivos, es probable que el liderazgo de Bush y el prestigio de EE.UU. se verán afectados negativamente, por las implicaciones diplomáticas y económicas de una guerra impopular, internamente y a escala mundial.
Pero ahora la situación se está complicando más, con la entrada de Rusia en el panorama por la guerra en Chechenia, el triunfo de un régimen islamista en Turquía y las ganancias de partidos radicales en Pakistán, la inestabilidad política en Afganistán y, por último, el insoluble conflicto indio-pakistaní que siempre amenaza con empeorar. Todo, esto sin olvidar el curso de la economía interna de EE.UU., que puede seguir empeorando con un nuevo repunte del terrorismo a causa de la aventura en Iraq.
A todas éstas, queda la incógnita del resultado de las elecciones en Israel, después de que Sharon se viera obligado a convocarlas por la deserción del partido laborista. No sería extraño que este partido fuera conducido nuevamente al poder por una mayoría cansada del terrorismo y que no le ve futuro a los métodos usados por el partido Likud, con el convencimiento –ya expresado en tiempos de Rabin-- de que sólo la creación de un estado autónomo palestino puede eventualmente llevar a una relativa paz en la región. Pero, al igual que en las recientes elecciones estadounidenses, los vientos de guerra y los temores al terrorismo están a favor de apoyar el actual gobierno derechista, por lo que la crisis palestina seguirá extendiéndose por un tiempo más, hasta que ambas partes vean que no hay alternativa a unas serias negociaciones de paz.
Si hubiera verdaderos estadistas y no simples políticos astutos o inescrupulosos a cargo de las naciones involucradas, las soluciones a los diversos conflictos de la región son harto evidentes. Primero, habría que desactivar rápidamente el conflicto palestino, retornando al espíritu de Oslo con una iniciativa israelí apoyada por Washington, pero sin una participación directa de la superpotencia. Segundo, las fuerzas militares anglosajonas saldrían de la región, aunque se mantengan vigilantes desde lejos. Tercero, se cooperaría con el establecimiento de democracias en la región, pero gradualmente y sin imposiciones ni maniobras politiqueras, con gestos sinceros y solidarios que revertirían la imagen actual del “americano feo”. Y finalmente, renunciar a la política del gendarme necesario adoptando políticas externas menos arrogantes o hegemónicas, desechando planes de cambios de régimen e interferencias en la política interna. O sea que cada país siga su destino acorde con su idiosincrasia y tradiciones, interviniendo sólo en ayuda a pueblos oprimidos con la venia de la ONU.
Si los norteamericanos hicieran una diplomacia callada, eficiente y humanista acorde con sus principios de justicia y equidad, que se note por sus efectos benéficos en el campo socioeconómico de los países de la región, no tendría necesidad de alardes de superioridad, ni de guerras al terrorismo, ni de desarmes obligados, acciones que consumen esfuerzos y recursos más aptos para tareas constructivas. La guerra contra el Talibán y Al Qaeda cuesta muchos millardos de dólares, y la de Iraq también; si se invierten dichos fondos en “ayuda externa”, cabe imaginar los resultados positivos que se tendrían a nivel mundial. Quizás sea un plan algo idealista o ingenuo, considerando el actual énfasis en la realpolitik, pero ninguna persona sensata y civilizada puede dudar de sus mejores resultados a largo plazo que el enfoque belicista y prepotente visible en la actual coyuntura geopolítica, con una clara tendencia a soluciones del tipo “perder-perder”.