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  Sección: Internacionales

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CUBA

Luis Ugalde

Viernes, 8 de mayo de 2009

En 1930 un coronel comunista lloraba en la Unión Soviética en la represión que mató a millones de campesinos porque se aferraban a la propiedad privada de pequeñas parcelas. Decía:

” Soy viejo bolchevique. Trabajé en la clandestinidad contra el zar y después combatí en la guerra civil. ¿Hice todo eso para que ahora nos dediquemos a rodear las aldeas con ametralladoras y yo tenga que ordenar a mis hombres que disparen indiscriminadamente sobre las multitudes de campesinos? ¡Oh no, no, no.” Lo menciono con el deseo de que en Venezuela luchadores obreros de ayer no se conviertan mañana en perseguidores de sindicalistas
.

Hace medio siglo la revolución castrista era una gran esperanza para la mayoría de los cubanos y un sueño para muchos latinoamericanos. Con un líder como Fidel Castro, inteligente, audaz, extraordinario comunicador y excepcional seductor político y en un país donde no faltaban agravios norteamericanos desde el mismo día en que éstos se robaron la independencia que la dura lucha cubana estaba logrando de España.

A América Latina le entusiasmaba la heroica resistencia castrista al histórico abuso norteamericano con su política del “gran garrote”.

Hace 25 años me dijo un funcionario cubano en la confianza de su casa, “nuestra revolución acertó a construir el primer piso, pero no sabemos cómo avanzar en la necesaria construcción del segundo”. Es decir, su igualitarismo e idealismo organizó el reparto de lo que había (comida, vivienda…) y alcanzó notables logros en servicios como educación y salud para todos. Pero era imposible salir de la pobreza productiva sin libertad creativa, iniciativa plural, creciente inversión y productividad. El igualitarismo en la remuneración eliminó los estímulos productivos, la dictadura política estranguló el libre espíritu humano y el partido único se apropió de todo: trabajo, escuela, pensamiento, empresa y medios de comunicación y de organización. Con Castro, como líder único, quedaron castradas la libertad y creatividad de diez millones de cubanos y cortadas las alas a los sueños de dignidad del amanecer revolucionario en 1959.

Cuando en 1989 se desconectó el suero soviético a la anémica economía cubana, el enfermó se derrumbó. En los veinte años siguientes la producción de azúcar, textiles y zapatos bajó más de 80%, productos de primera necesidad como el cemento y el jabón se redujeron 50% y se dispararon las importaciones agrícolas para cuyo pago exportaba servicios humanos de mano de obra cautiva y recibía nuevos subsidios generosos, principalmente de Venezuela. Reina la miseria y el exiguo racionamiento de comida (comprensible en las inmediatas postguerras) se prolonga medio siglo, se endurece y se vuelve resignación. Los sueldos no dan para vivir, se generaliza la trampa y la doble vida y aparecen cuatro clases de cubanos: aquellos funcionarios del partido que tienen acceso a dólares, los que reciben dólares de parientes que viven en exterior, los que algo pueden vender en dólares– aunque sea su cuerpo– y el común de los cubanos en la miseria sin dólares. Al alma cubana enjaulada en la isla se le prohíbe volar y soñar, y los deportistas salen escoltados contra la tentación de la libertad. Un solo empresario, un solo pensador, un solo partido…. Luego de medio siglo, la esperanza de un futuro libre de alienaciones entró en este callejón sin salida con un capitalismo de estado, sin estímulos ni posibilidades creativas.

Cuba cambiará y América entera debe abrirse y ayudar a que su gente recupere el horizonte de libertad, la productividad y la esperanza de los jóvenes… Ni rupturas violentas, ni vuelta al pasado, sino una evolución hacia las libertades, el pluralismo, la solidaridad y el acceso a medios materiales propios del siglo XXI; junto con una renovación espiritual con valores para los que no basta el cinismo capitalista y economicista. El gobierno norteamericano debe corregir su política y quiere evolución y no una nueva avalancha de un millón de cubanos en las costas de Florida; en esto coincide con Castro.

Está bien la solidaridad con la humanización de Cuba, pero nos resulta incomprensible la ceguera infantil de nuestro caudillo empeñado en convertir a Venezuela en otra Cuba, donde grises cenizas de frustración cubren los viejos rescoldos apagados de lo que fue un incendio de esperanza.

lugalde@ucab.edu.ve


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