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Opinión y Análisis

La escena geopolítica
Nuevas alineaciones en el panorama mundial
Roberto Palmitesta D.

 
Martes, 25 de noviembre de 2003

Mientras el mundo noticioso se distrae con los macabros atentados terroristas que suceden casi a diario en Iraq, Israel, Turquía y Colombia, la geopolítica del mediano oriente está sufriendo importantes cambios que influirán en las alineaciones de las potencias envueltas en el conflicto entre occidente y los islamistas, que cada día se va pareciendo más a una confrontación entre dos culturas, aunque ésta sea un anacronismo en plena era de la globalización cultural.

De entrada, es bueno reconocer que esta confrontación estaba planteada desde el fin de la guerra fría, pero se ha intensificado desde los fatídicos ataques a las torres gemelas y el Pentágono, suceso trágico que formalizó el reemplazo gradual del enemigo soviético por el sector islamista radical. Esto venía sucediendo lentamente desde la emergencia del gobierno fundamentalista en Irán, aunque ya había bastante animosidad contra Washington por su apoyo incondicional a Israel en las últimas décadas.

A estas alturas, se puede explicar mucho mejor el objetivo clave de Washington en la región, que estaba en los planes de los “halcones” republicanos desde tiempos de Reagan. Así, la cacareada “guerra al terrorismo” no fue otra cosa que un buen pretexto para establecer una base militar en un céntrico país árabe –Iraq, en este caso- para poder controlar las potencias regionales opuestas a Occidente (léase: Irán, Siria, Líbia y Sudán) y así frustrar sus ambiciones de desestabilizar vulnerables gobiernos locales, especialmente en países con importantes reservas petroleras. Ese es el fondo de la cuestión, una vez que se descartó la justificación –ahora aceptada generalmente como irreal o incluso fabricada- de la existencia de “armas de destrucción masiva” en Iraq, algo que no se aseguraba ni siquiera en los informes de la CIA. Y si bien la desarticulación de la red de Al Qaeda se pudiera haber justificado en Afganistán -por proveer el régimen Talibán un santuario para esa nefasta organización- está visto que en Iraq no había relaciones directas con esa red terrorista, aunque muchos iraquíes simpatizaran con las actividades de esa red, como con todo lo que dañara al “Gran Satán” norteamericano. Y no es de extrañar, pues su orgullo había sido seriamente vapuleado por décadas de colonialismo y despotismo, además de la derrota militar en dos guerras.

Aclarado el motivo principal de la invasión de Iraq, sorprende que los asesores de seguridad nacional o los analistas del Departamento de Estado, no hubieran previsto la guerrilla que surgiría después, como parte de una estrategia lógica a que acudirían Saddam Hussein y sus acólitos, en vista de la evidente desventaja militar a que se lo había sometido desde la primera guerra del Golfo. Era de esperarse que el astuto Hussein dejara que las fuerzas invasoras cayeran en la única trampa que podía tenderles, o sea dejarles “ganar la guerra” y luego hostigar a dichas fuerzas hasta que se cansaran y se fueran, contando con otra fuerza silente pero efectiva, especialmente en vísperas de unas elecciones presidenciales: la opinión pública norteamericana y mundial. Hussein seguramente aprendió eso no sólo de la triste experiencia de Vietnam hace tres décadas (Johnson, Nixon y Ford fueron barridos por la opinión pública adversa a esa guerra), o de la más reciente debacle soviética en Afganistán, sino de la guerra inconclusa de hace dos años en este último país, donde la alianza Talibán-Al Qaeda, está empleando ahora la misma estrategia, aunque no con igual intensidad por no tener los amplios recursos bélicos con que contó Hussein antes de ocultarse. Era obvio que éste tendría suficiente tiempo para esconder numerosos pertrechos bélicos (misiles portátiles, explosivos y armas convencionales), para sostener una larga guerrilla urbana y muchos sabotajes, esperando que al final el pueblo iraquí lo ayudaría -y finalmente lo repondría en el poder- por preferir “dictador malo conocido” antes que “democracia buena por conocer”. Parte de esta suposición se apoya también en la tradicional antipatía contra la dominación colonial –abierta o indirecta- que ha imperado en la región durante siglos, situación empeorada por la agresiva actitud de Israel desde mediados del siglo XX, factores que Hussein ha sabido explotar hasta la saciedad para mantenerse en el poder durante 30 años.

Ya se está notando un cambio en la política norteamericana, con las últimas declaraciones que anticipan “acelerar la formación de un gobierno propio iraquí”, aunque seguramente Washington piensa mantener una adecuada presencia militar en el país por varios años más, con fortalezas bien protegidas para minimizar las “bajas americanas”, que son las que más importan en el ámbito político interno.(alguien estimó que por dada cadáver americano que regresa, Bush pierde 10.000 votos potenciales). Ahora se prefiere dejar que un gobierno iraquí “amistoso” maneje los serios problemas de seguridad –ya hay 120 mil policías entrenados apresuradamente- y utilicen sus fuentes locales de inteligencia, en vista del fracaso anglo-norteamericano en anticipar o prevenir los frecuentes ataques a la fuerzas de ocupación. Hechos que –de paso- están desanimando a otros países para que se involucren de alguna manera en Iraq, todo como parte de la hábil estrategia de Hussein de aislar al eje Washington-Londres, mientras la fuerte opinión adversa en esos países –uno de cada dos ciudadanos, según las encuestas- aporta el resto de la disuasión. En efecto, Italia, España y Polonia están repensando su apoyo inicial, mientras otras naciones como India, Japón y –con mucha razón ahora- la golpeada Turquía se han acobardado en vista del riesgo que significaría un apoyo concreto a EE.UU. Peor todavía ha sido el retiro de las misiones humanitarias de la ONU y la Cruz Roja, mientras Francia, Alemania y Rusia siguen enfrascados en una retórica ambigua, tratando de desligarse se alianzas formales con Washington, incluyendo la anacrónica OTAN, que probablemente será reemplazada pronto por una fuerza disuasiva europea en cooperación ocasional con fuerzas anglo-norteamericanas, pero con directrices europeas “continentales”.

En fin, todo es consecuencia de una estrategia astuta y bien orquestada del sanguinario déspota iraquí, que cuenta ahora con el terrorismo mundial infiltrado, y que bien puede dar resultado si resisten otro año, cuando las elecciones en EE.UU. causarán fuertes presiones políticas para salirse del embrollo, demasiado costoso tanto en términos de bajas como de dinero, pues una erogación de unos $100 millardos al año es algo que ninguna economía podrá soportar por mucho tiempo. De este modo, Bush ha metido a su país en serios compromisos militares y económicos, –excesivos aún para una superpotencia- y que pueden afectar en forma significativa no sólo su economía sino el prestigio internacional de EE.UU., máxime con la arrogancia con que se ha comportado Washington, derrochando las simpatías que había cosechado a raíz del salvaje atentando de septiembre del 2001. Es evidente que hubo una fuerte subestimación de las dificultades asociadas con la reconstrucción y el gobierno de un país atrasado -y con una cultura bien diferente a la Occidental- que ha sorprendido a las fuerzas de ocupación en su capacidad de resistencia, lucha y sabotaje, quizás más formidables en estos tiempos que la misma capacidad militar por la dificultad de luchar contra un enemigo insidioso, equipado y oculto entre la población.

En otras palabras, fue fácil ganar la guerra, pero no será fácil ganar la frágil paz en que se encuentra ahora ese país árabe, todavía sumido en confusión por su incierto destino, mientras Bush medita sobre el dilema que debe afrontar ante una situación harto compleja que parece haberse salido de su control. Habiendo invertido tantos recursos y bajas en Iraq y Afganistán, será muy difícil echarse para atrás sin perder mucho prestigio, algo que tendría un alto costo político, por lo que es más probable que resistan por años, combatiendo a una guerrilla oculta y sin principios, tal como pasó en la Kenia británica, en Vietnam con Francia y luego con EE.UU, y como volvió a suceder en el Afganistán ocupado por los soviéticos. Parece que la historia tiende a repetirse y que sus lección principal no terminara de calar, ante las dificultades que representa -para cualquier potencia- la ocupación de todo un país extraño en los tiempos modernos, cuando la opinión pública es un guerrero adicional que siempre favorece al más débil. Al final, bien pudiera ser que la ansiada estabilidad y democracia en la región siga siendo un simple deseo ilusorio del eje Washington-Londres, por usar métodos inapropiados.

Así las cosas, se nota un importante cambio en la geopolítica regional, que ha pasado algo desapercibida por la prensa, concentrada como está en los sucesos bélicos y los atentados terroristas. Nos referimos a una cooperación tácita entre Washington y Teherán en la articulación del futuro gobierno iraquí, al notarse que EE.UU. prefiere utilizar a los árabes chiítas locales para vencer a los sunitas leales a Hussein, aún a costa de un gobierno con mayoría chiíta favorable a Irán. Esta no es una simple especulación, si se recuerda una noticia reciente casi ignorada, que es la sorpresiva declaración del presidente Kathami a favor del actual Consejo Gobernante Iraquí impuesto por los EE.UU., algo que Washington no esperaba de Teherán. Es obvio que Irán juega a debilitar las fuerzas sunitas, para que los chiítas tengan un papel predominante, o al menos importante, en el futuro gobierno iraquí.

Esta inusitada alineación iraní con EE.UU., un país enemigo desde la caída del Sha hace un cuarto de siglo, logra dos objetivos importantes: anular la constante amenaza iraquí del lado occidental y estabilizar a su gobierno, mientras Irán se perfila como la potencia dominante en la región. En efecto, al no tener que hacer grandes gastos militares para estar preparado contra otra guerra en el oeste –la de los años 80 fue devastadora y arruinó su economía- Teherán puede concentrarse en mejorar las condiciones internas y así lograr una mayor gobernabilidad, visiblemente amenazada por la difícil situación socioeconómica vigente, matizada por frecuentes protestas estudiantiles. Un gobierno pro chiíta en Iraq sería una victoria bienvenida para el atribulado régimen iraní, también deseoso de abrirse más a Occidente después de décadas de forzado aislamiento.

Es fácil suponer que, con su enorme potencial petrolero, Irán sería más importante para Occidente y quizás logre mayores exportaciones, mientras las instalaciones de Iraq estarán recuperándose debido a los daños sufridos por la guerra y la demora en reactivar la producción. No sería extraño que incluso los iraníes favorezcan los frecuentes sabotajes a dichas instalaciones, para seguir debilitando a su antiguo enemigo y beneficiarse de la merma iraquí en la producción, que obliga a Bagdad a reservar lo poco que produce para sus necesidades internas. Todo indica que, por un lustro al menos, Irán se beneficiaría en el aspecto petrolero mientras logra una mayor estabilidad política, que le permitiría incluso seguir exportando su fundamentalismo islámico.

Así que, irónicamente, el mayor beneficiario de la ocupación de Iraq será el gobierno iraní, algo que no estaba planificado pero que ahora responde a las nuevas realidades. Lo del supuesto poderío nuclear iraní es sólo un bluff de Teherán, que quiere negociar su supuesta capacidad atómica a cambio de una tácita apertura hacia Occidente, a sabiendas que nunca podrá fabricar esas bombas ya que Israel le destruiría sus instalaciones nucleares al tener la seguridad de que existan para ese propósito, tal como sucedió con Iraq en 1981. Y Washington, ansioso de un importante aliado islámico que coopere con la desarticulación de la amenaza terrorista, y ante la imposibilidad actual de que tanto Turquía como Arabia Saudita –y mucho menos Egipto- se comprometan a ayudar militarmente a la coalición, está presto a hacer concesiones a Irán, siempre que no trascienda mucho a la opinión pública, algo que no sería deseable en un año electoral desde que esa nación forma parte del “eje del mal” anunciado por Bush. A estas alturas –fines de noviembre- muchos observadores sospechan que el eje Washington-Londres está a la defensiva en la “guerra al terror”, iniciada con gran entusiasmo y embebido de triunfalismo después de la victoriosa campaña en Afganistán, pero luego entorpecido grandemente por la innecesaria guerra en Iraq, una decisión que ya se considera como bastante desacertada, a pesar de que en muchos ámbitos se alegren de la defenestración de Hussein y el éxito de la operación “cambio de régimen”. Pero el consenso de los observadores neutrales es que, si éste era el fin deseado, debió utilizarse métodos no bélicos, que no causaran tantos daños materiales, pérdidas humanas y malestar social, ni traumas irreparables en las delicadas relaciones entre Occidente y el mundo islámico. Para eso está la ONU y otros entes internacionales, ahora afectadas por el desprecio manifestado inicialmente por la superpotencia con su terca posición unilateral, y que tratan de reparar tardíamente con una actitud más conciliadora y multilateral.

Ariel Sharon
En medio de esta confusión geopolítica, la agresividad de Israel no hace sino empeorar las cosas, con su empeño en construir un muro divisorio y en retener algunos asentamientos en Cisjordania, ignorando también tercamente que sólo la pronta creación de un estado palestino calmará la candente situación de la región y normalizará las relaciones con sus vecinos, después de medio siglo de sangrienta confrontación. Todavía el mundo anglosajón no se ha dado cuenta –o quiere ignorar- que la resolución de ese espinoso conflicto es la clave para desactivar las crisis en otras zonas álgidas del mundo islámico, que se nutren del conflicto árabe-israelí para sus variados juegos de poder, utilizando a menudo la religión y el nacionalismo como excusas convenientes para justificar sus planes, incluyendo los audaces ataques suicidas que estamos viendo últimamente. Ya debe ser obvio que ciertos sectores del mundo islámico manipulan en forma oportunista esos fenómenos y las convierten en efectivas armas de guerra, en vista de su inferioridad militar, tecnológica y económica frente a potencias como EE.UU. e Israel, pero casi nunca en beneficio de sus sufridos pueblos sino para mantener camarillas y realizar pingues negocios ilícitos. La reciente revelación en los medios televisivos, de la enorme fortuna –quizás de unos $3 millardos- que controla directamente Arafat y su camarilla, es un signo bochornoso de los oscuros intereses que se tejen en la región, que no tienen mucho que ver con el patriotismo y la religiosidad. Como algunos observadores vienen señalando con acierto, el islamismo ha sido “secuestrado” para fines personalistas de los jefes terroristas y líderes inescrupulosos del mundo musulmán, en su empeño de revivir viejas glorias con actitudes medievales, eludiendo los métodos modernos, las nuevas tecnologías y los derechos humanos que han hecho progresar lentamente al Occidente democrático y capitalista.

Lo cierto es que -a raíz de las recientes guerras- se ha intensificado en el panorama mundial un terrorismo mucho más bárbaro, que no discrimina entre civiles inocentes y enemigos políticos (a diferencia de los anarquistas del pasado), generando una tendencia violenta que da pésimos ejemplos en otros ámbitos conflictivos y amenaza con retrasar el progreso político y económico mundial, sin que nadie se beneficie. Excepto, obviamente, por los “perros de la guerra” y los que luchan por el poder por medios indebidos, a sabiendas de que no podrían prevalecer por la vía democrática. Los signos deprimentes en el área turística y comercial, y la lentitud con que se consideran nuevas inversiones industriales en el mundo, han sido indirectamente causados por el creciente terrorismo que se ha desatado en todo el mundo, cumpliéndose así uno de los perversos objetivos de los radicales islámicos, algo que –de paso- también perjudica grandemente al mundo musulmán. Estamos, como se diría en la jerga gerencial, en una típica situación “perder-perder”, que necesitará de estadistas sensatos, soluciones creativas y actitudes flexibles para controlarla y, eventualmente, superarla..

rpalmi@yahoo.com

 

 

 
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