Caracas, Jueves, 24 de abril de 2014

Sección: Internacionales

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Un Nobel para Los Castro

Paulina Gamus

Domingo, 15 de julio de 2012

Debo comenzar por una confesión que me causa cierta vergüenza y es la molestia -casi indignación- que me causaban en los inicios del gobierno chavista, los vaticinios que nos hacían muchos exiliados cubanos en Miami sobre el rumbo que tomaría la revolución entonces vestida con piel de oveja.







   Foto: Google

 Ese “así empezó Fidel” lograba enervarme ya que jamás, jamás, repetía, los venezolanos aceptaríamos una dictadura de esa calaña. Fueron sucediendo cosas: llegada masiva de cubanos supuestamente médicos y entrenadores deportivos, asesinatos y encarcelamiento de opositores, abusos contra la disidencia, limitaciones de la libertad de expresión y atropellos abiertos contra ella, racionamientos alimenticios que parecen programados, resultados electorales burlados, expropiaciones que en realidad son confiscaciones o despojos violentos. Poco a poco fuimos aceptando que si bien no éramos una repetición de la Cuba castrista, nos estábamos pareciendo demasiado. Hasta la violencia delictiva que cobra decenas de vidas cada día, ha llegado a perecernos una estrategia destinada a que nos acostumbremos a vivir mal y aceptar ese malvivir como lo normal. En pocas palabras, a tener miedo y a ser sumisos. A pesar de lo antes explicado, nos seguían pareciendo exageraciones del exilio cubano atribuirle a Fidel Castro y a su régimen, una cantidad de maldades tan rebuscadas que parecían producto de alguien que se graduó de malo a secas pero luego hizo posgrado en el Infierno. Hay que reconocer, en descargo de esos sufridos cubanos, que más de cinco décadas anhelando recuperar una patria cada vez más borrosa para quienes escaparon de Cuba en los años iniciales del castrismo, hacen muy factible ese salto de lo real a lo fantástico y de lo cierto a lo imaginario. Lo terrible es que esa pérdida de contacto con la realidad, que a ellos les tomó cinco décadas de sufrimientos, a los venezolanos nos han bastado trece años para padecerla y en niveles de gravedad. Veamos: después de múltiples informes, chismes y runrunes que colocaban a Chávez en fase terminal, el candidato a la eternidad ha reaparecido con supuestos bríos y según su propias palabras (en las que hay que creer porque jamás ha mentido) curado del cáncer que le diagnosticaron hace un año. Desde esa primera reaparición echando sapos y culebras y amenazando a todo el que no sea chavista, nuestra bandeja de correos electrónicos se ha visto inundada por un mensaje que dice con la mayor seriedad, que la enfermedad del caudillo venezolano por la gracia de Alá fue un invento del mismito Fidel para subirle los puntos a su hijo putativo. De manera que Fidel lo mandó a inyectarse toneladas de esteroides, lo hizo llorar, suplicar, rogar, desaparecerse por semanas y hacer campaña en carroza, sólo para asegurarle su triunfo –a fuerza de lástima-en las elecciones del 7 de octubre. Que conste que esa especie la manejan personas de las más inteligentes, cultas o informadas.

Pero allí no queda el endiosamiento o mejor dicho, el endiablamiento al que los venezolanos hemos elevado a lo que queda de Fidel Castro. Resulta que el G-2 cubano ha instalado un cable submarino capaz de saber cómo votó cada uno de los electores el 7 de octubre y de intervenir esos votos y acomodárselos al enfermo que no está enfermo sino hinchado para que crean. Ese mismo servicio secreto made in Cuba que deja en pañales a la CIA, a la Sûreté, al Mossad y a la KGB de los tiempos más duros del estalinismo, ha perpetrado otros prodigios: ¿usted se ha creído el cuento de que la destitución del presidente Lugo de Paraguay fue algo que decidieron los senadores paraguayos? Si es así amigo lector, usted es un ingenuo irrecuperable. Se ha descubierto -y lo publican en la prensa periodistas venezolanos- que desde hace no menos de cinco años, los cerebros de la manipulación y el lavado cerebral que integran el Departamento de América del régimen cubano, venían preparando el terreno para el ingreso de Venezuela al Mercosur. Sobornaron a generales paraguayos para que se quedaran quietos cuando ocurriera la raspada del prolífico ex-obispo, convencieron a Fernando Lugo de que se enfrentara a los campesinos por unas leyes sobre la tierra y de paso hiciera asesinar a una veintena de manifestantes. Los senadores paraguayos cayeron en la trampa como unos gafos, destituyeron al presidente y le dejaron el camino libre a Chávez para así coronar la tan anhelada entrada al Mercosur que esos mismos tontos útiles impedían. El único no enterado de la jugada maestra parece haber sido el canciller Maduro, quien trató de soliviantar para que restituyeran a Lugo a los mismos generales que el G2 había sobornado para que lo dejaran destituir.

 Hace años había un personaje ya fallecido, que aspiraba a ocupar cargos directivos en AD y en cada proceso electoral partidista publicaba páginas enteras en la prensa nacional con su rocambolesco curriculum. Cuando Carlos Andrés Pérez ganó su primera elección, el personaje le hizo llegar ese curriculum de varias páginas con sus aspiraciones de cargos: “Coordinador de todas las embajadas de Venezuela en Europa, si no existe que lo creen”. “Coordinador de todos los ministerios de la economía, si no existe que lo creen”. Y así se iba explayando en sus insólitas aspiraciones. Su manera tan original de proponer cargos inexistentes nos sirve de inspiración para solicitar un Nobel para los hermanos Fidel y Raúl Castro, uno que premie todos los talentos, genialidades e inteligencias que ahora se distribuyen en reconocimientos a decenas de sabios. Ese par de cubanos sobrenaturales lo merece. Sabemos que ese Nobel no existe pero, por favor, que lo creen.

gamus.paulina@gmail.com

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