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Opinión y Análisis

¡Ay Jalisco no te rajes!
Paulina Gamus

 
Viernes, 18 de noviembre de 2005

Lo que acaba de acontecernos en relación con México es más triste de lo que pudiera resultar un hecho similar con cualquier otro país. Mi generación vivió, creció y se desarrolló envuelta en la cultura y hasta en la subcultura mexicana. Como un recuerdo de mi más tierna infancia está una pared de la habitación de la ayudante de mi mamá (en mi casa estaba prohibido llamarla el servicio o aún peor, la sirvienta, como en casi todas las demás) nuestra inolvidable Guillermina, tapizada de hojas de revistas con fotografías de Jorge Negrete y Pedro Infante, los Enrique Iglesias, Ricky Martín y Luis Miguel de la época. Pero -para que se conozcan las diferencias- aquellos actores y cantantes mexicanos no eran fenómenos mediáticos ya que no existían la televisión ni el video clip ni los disc jockeys. La gente oía sus canciones por la radio, veía sus películas y suspiraba (las mujeres y hasta algunos hombres pero éstos subrepticiamente).

La muerte de Jorge Negrete fue una tragedia de incalculables dimensiones en el mundo centro americano y del Caribe. Hubo suicidios femeninos y las lágrimas vertidas podrán haber provocado un deslave. Guillermina no llegó al extremo de quitarse la vida, pero lloró por días enteros pegada de la radio que sádicamente difundía una y otra vez los mayores éxitos del viril y muy macho cantante y actor, amén de regodearse repitiendo su biografía.

Los hombres ¿qué decir de ellos? Los de a pie que eran casi todos en una Venezuela provinciana y pobretona, seguían la moda mexicana al pie de la letra. El traje y el peinado de “pachuco” causaban furor. Esos copetes, esos tacones como de bailarín de flamenco, aquellos sacos largos y pantalones tubito. Las mujeres se apretaban la cintura para parecerse a María Antonieta Pons o a la Tongolele, las rumberas más prodigiosas. María Victoria gemía sus canciones. María Félix de una belleza singular, acentuaba su acostumbrada maldad cinematográfica alzando una ceja. Confieso que pasé largas horas ante el espejo tratando de imitarla sin ningún éxito. Joaquín Pardavé podía hacernos reír o llorar según fuera su pareja en el cine: si era Sara García, sollozos asegurados. Las películas de Chachita, una réplica mexicana de Shirley Temple pero india y más crecidita, obligaban a llevar tres o cuatro pañuelos de tela como mínimo, aún no existían los desechables de papel tisú.

Mi mamá y yo hicimos cola durante más de dos horas en aquella Caracas plácida y poco poblada, para ver “Que Dios se lo pague”, en el cine Hollywood. Esa película me causó un trauma profundo: desde entonces no puedo ver a un mendigo sin pensar que es un millonario como lo era en ella Arturo de Córdova. Por supuesto que Cantinflas fue lo máximo e insuperable, su popularidad logró igualar a ricos, pobres, cultos y gente de pocas luces; fue un genio del humor con sentido humano más que de la simple comicidad.

Aún púberes unas y niñas otras, mis hermanas y yo éramos fanáticas de los “Pepines” y los “Chamacos”, unos folletines ilustrados que aparecían semanalmente. Esperábamos ansiosas que una vecina los leyera y luego nos los prestara, su precio no cabía en nuestro presupuesto familiar. Cuando crecimos y estudiamos descubrimos que había mucho más que el cine y la literatura folletinesca de México. Ambos entraron en decadencia y lo que quedó fue la música mexicana (rancheras y corridos) en todas las radios de sintonía popular.

Pero vino el exilio cuando Pérez Jiménez y México, que ya había abierto sus brazos a los perseguidos españoles anti franquistas, los abrió de nuevo para recibir a los venezolanos expulsados por la dictadura. Allá vivió y escribió Rómulo Gallegos nuestro novelista universal y allá vivió, escribió y murió nuestro más grande poeta, el mismo que hasta los chavistas reconocen como tal: Andrés Eloy Blanco. Estoy segura de que si Andrés Eloy no tuviera descendencia viva y si los testigos de su militancia adeca no estuvieron aún en este mundo, ya Chávez en algún ¡Aló Presidente! , lo habría decretado bardo histórico del socialismo del siglo XXI. Luego al visitar México y conocer sus maravillas precolombinas y coloniales, su artesanía, su delicado gusto para transformar hasta lo feo en hermoso, leer a sus grandes escritores y disfrutar de sus exquisiteces culinarias y del agudo humor de su gente; me convirtieron en su eterna enamorada. Nunca olvidaré cuando nuestro anfitrión en una visita oficial nos preguntó si conocíamos a la mujer tacón. Ante la sorpresa general, dijo: “pos la Primera Dama, le decimos así por respeto, para no decirle la mujerzuela”.Y jamás la gracia infinita de Don Andrés Henestrosa, uno de los más queridos y respetados poetas mexicanos, quien cada vez que oía decir que el pan engorda, respondía: “Si, pero más engorda el PRI””.

¿Se acabó todo eso por culpa de uno que se molestó con quienes sabotearon el ALCA y de otro que, más bocón y chabacano que los demás, llamó “cachorro de Bush” al primero? El oficialismo no podía perder la ocasión de transformar nuevamente a Chávez en el héroe de una cruenta batalla, de la que salió vivo gracias a su valor excepcional. La Asamblea Nacional aprobó un acuerdo de respaldo a la posición del oficialismo endógeno con el inexplicable apoyo de Acción Democrática; el resto de la Oposición salvó su voto. El Embajador mexicano se marchó de Caracas solito y sin alharacas. En cambio López Obrador, el virtual ganador de las próximas elecciones presidenciales en México, actúo como Dr. Jekyll y Mr. Hyde: por un lado ofreció un nacionalista apoyo a Fox, por ser el Presidente de su país, y por el otro su Partido le organizó una despedida de mártir o héroe al embajador venezolano Vladimir Villegas, cuestionado por el gobierno mexicano aún antes del impasse bilateral. Pero como todo se olvida y las pasiones bajan de nivel, esperamos que esta ruptura sea solo temporal. Los grupos de mariachis que amenizan el 99, 9% de las fiestas venezolanas pueden dormir tranquilos: los chavistas enchufados son sus más fervientes admiradores y más asiduos clientes.

paugamus@intercable.net.ve

 

 

 
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