Brasil como punto de partida
El contundente triunfo de Luiz Inacio da Silva (“Lula”) en Brasil se constituye tal vez en el acontecimiento político más relevante de América Latina y el Caribe durante las últimas décadas. Varias son las razones para este merecimiento. Coloca una de las más altas votaciones, casi 54 millones, como muestra de vigor democrático y legitimidad de un proceso electoral masivo y transparente. Desafía las políticas ortodoxas de la economía mundial ordenadas por el Fondo Monetario Internacional, y aunque no ha desconocido los compromisos con la deuda externa y los empréstitos con la banca multilateral, es un claro defensor de un sistema económico que remedie las graves inequidades sociales y económicas. Es un obrero presidente y no un burócrata politiquero.
El Brasil de Lula da Silva es en América Latina el más grande por sus extraordinarios recursos humanos y físicos. Un país que ha logrado durante los últimos años remontar las severas dificultades de la región, colocándose al frente en instituciones financieras y universitarias, su tradición reciente en investigaciones académicas es de primera categoría. Algunos de nuestros destacados matemáticos en Colombia son egresados de prestigiosos centros de estudio en Sao Paulo o Campinas. Los seminarios de las universidades en Río son tan animados como los de Cambridge, en Massachussets, o Cambridge en el Reino Unido.
La economía brasilera produce uno de los mejores aviones del mundo; tan buenos que los competidores de los países industrializados más avanzados han intentado poner barreras comerciales. Pero, a pesar de todos sus puntos fuertes, Brasil padece una debilidad esencial a todos los países de la región, más visible incluso que en Colombia: un elevado nivel de desigualdad social y pobreza. Es una debilidad mejor descubierta por Lula da Silva que por sus contendores. Por esto ganó las elecciones. La obtención de la presidencia del país más grande de América Latina, “terre d’avenir”, decía Sweig, se debe al interés directo por abordar las desigualdades sociales y la pobreza.
Lula encontrará sin embargo un Brasil que ha dado pasos extraordinarios en varios sectores. La educación, por ejemplo. En la última década dejaban de ir a la escuela el 20% de los niños, hoy sólo el 3%. La campaña dejó un claro compromiso de instaurar unos niveles básicos y secundarios plenamente cubiertos por el Estado y la empresa privada. En igual sentido Lula prevé nuevas condiciones para el programa de reforma agraria. En Brasil los campesinos sin tierra constituyen un problema tanto económico como social, Lula ha prometido sacar adelante un programa de reforma agraria basada en el mercado que contará con el apoyo del Banco Mundial.
La relación deuda-PIB en Brasil es moderada. A diferencia del turbulento ambiente de los países vecinos (Argentina, Uruguay), Brasil tiene un sistema de tipos de cambio flexible: su moneda no está sobrevalorada (en todo caso está infravalorada). Con unas exportaciones fuertes, Brasil seguramente no tendrá problemas para satisfacer sus obligaciones de deuda, excepto que las condiciones de la región varíen por los tipos de interés.
La campaña que llevó a Lula a la presidencia de Brasil marca un hito en su propio estilo. Trazó brillantemente su rumbo sin caer en el populismo que se le quiso acreditar, creó un amplio consenso alrededor de sus tesis, llamó la atención sobre la urgencia de una economía de mercado equilibrada y democrática. Todos estos elementos juntos hacen creer que lo que pueda estarse abriendo paso en América Latina y el Caribe sea un modelo de reformas políticas y económicas distante de los fatales efectos del neoliberalismo trémulo.
Colombia en el contexto de América Latina
Con ocasión del día de las Naciones Unidas, el colombiano José Antonio Ocampo, Secretario Ejecutivo de la CEPAL expresó que “Para el conjunto del lustro, los estimativos de la CEPAL indican que la proporción de personas pobres ha tendido a aumentar llegando a un 44% en el 2002. Esto significa que, a lo largo de estos años, se han agregado cerca de 20 millones de personas a la población pobre de América Latina. Cabe destacar, sin embargo, que las cantidades mencionadas no han traducido en aumentos proporcionales de los volúmenes de pobreza en toda la región”[i].
En el caso de Colombia, la situación es lamentable, según el informe de la investigación dirigida por Luis Jorge Garay, y que publicó la Contraloría General de la Nación bajo el título: La exclusión social en la sociedad colombiana, el país presenta un coeficiente de pobreza de 48.7% que contrasta con un 18% de Costa Rica, un 29.9% de Brasil y un 58.0% de Ecuador. Un nivel de indigencia del 23.5%, una concentración de ingresos del orden de 0,564. Con un aumento del desempleo que en la última década llega al 92.4% y una informalidad del 60.0%. Llegamos a presentar un índice de población infantil con bajo peso del 8.0% que comparado con Brasil 6.0% o Costa Rica 5.0%, es en verdad deprimente.
Uno de cada cuatro colombianos no tiene acceso a la canasta básica. La tasa de informalidad que en 1992 era del 54% ha pasado en el año 2000 al 61%. En 1994 la población sin vivienda propia era un 37.2% en 2000 es de 41.6%. En materia de salud el 48.6% de la población no está cubierto por el sistema de seguridad social. El 71% de colombianos no está amparado por ninguna pensión. Según Garay, 1,1% de los propietarios de tierra posee el 55% de la tierra en el país; la gente de altos ingresos ganan 26,3% veces lo que ganan quienes devengan el mínimo o menos; el 75% de todo el crédito comercial está prestado a 2 mil empresas o personas naturales, a pesar de que existen más de un millón de negocios informales.
No podemos entender lo que está sucediendo en Colombia sin comprender la magnitud del problema, las causas y las consecuencias del inmenso aumento de las desigualdades que han tenido lugar durante las últimas décadas, en especial, la asombrosa concentración del ingreso y la riqueza en unas pocas manos. Es este aspecto monumental de injusticia social el causante de los elevados índices de pobreza y la corta esperanza de vida que hoy reina en el país. El factor clave de los circuitos de violencia que como una tela de araña envuelven el panorama de las ciudades y campos de Colombia. Ver y analizar como la creciente concentración de la riqueza ha reformado nuestro sistema político, como ha trasladado su influencia al comportamiento social del ciudadano y como ha generado una distorsión del derecho y una polarización de la política, es un desafío.
La dimensión y alcance del problema se tiene que analizar en términos de una política económica que pueda replantear la desigualdad en términos de justicia social. Es posible que nos pueda ayudar en este caso los aportes de la justicia como equidad de Rawls y los criterios de desigualdad social y justicia de Amartya Sen.[ii] Desde ambos autores se puede sustentar que las comparaciones de medios para el logro de la justicia social (tales como “bienes básicos”, “recursos” o “rentas”) no pueden proporcionar las comparaciones de desigualdad social.
Lula, Sen y Rawls
Específicamente, la diversidad interpersonal en la conversión de bienes primarios en libertad para conseguir las cosas introduce elementos de recursividad racional y trato no visibles en un postulado genérico. La propia vaguedad de la expresión coadyuva a velar los problemas teóricos y empíricos que se pueden descubrir mediante el análisis. Lo que quiere decir que las severas inequidades no se solucionan tan sólo (aunque esto sea necesario) distribuyendo unas hectáreas de tierra al campesino ni prestamos a los agricultores. La salida del túnel exige otro tipo de perspectiva.
Económicamente para el capital el mayor peso demostrativo de la desigualdad social y la justicia se da en términos de bienes productivos, tierra, maquinarias, propiedades. Desestima que las capacidades puedan convertirse en un obstáculo para que las personas logren el adecuado nivel de desarrollo personal. El fin último será la consolidación de una distribución de acuerdo con el dictum: “A cada uno de acuerdo con su necesidad”. Este aspecto del criterio de justicia va arrastrando un emparejamiento de los bienes (en la teoría) que a la final conduce al proyecto de una sociedad sin desigualdades. Proyecto de una utopía que ha fracasado.
No cabe duda, sin embargo, que una teoría de la justicia basada en la equidad tiene que tratar profunda y directamente el problema tal y como lo ha sustentado Lula da Silva, el nuevo presidente de Brasil. Y este problema corresponde al planteamiento llevado a cabo teóricamente por John Rawls y Amartya Sen (aunque las versiones de estos, como veremos, difieran). Sen, por ejemplo, sustenta que “una teoría de la justicia social tiene que vérselas con las libertades reales de que gozan las distintas personas –personas que pueden tener objetivos diversos- para llevar vidas diferentes que es posible que tengan razones para valorar”.[iii] Es el debate que sostiene con el criterio de justicia formal en Rawls.
Justicia social, oportunidades y capacidades
Observa Sen
que de hecho existen dos fuentes de variabilidad en la relación entre los medios de una persona (tales como los bienes primarios y los recursos) y sus fines. Una posibilidad es que se de una diferencia entre sus fines –. La otra es la diferencia entre individuos en la relación entre recursos (tales como los bienes primarios) y la libertad para buscar fines. Rawls se muestra sensible a la primera forma de diferencia (coherente con su concepción política pluralista). Supone que los mismos bienes primarios sirven para todos los fines diferentes, y presumiblemente debido a la equidad. Aquí una distinción analítica es obligatoria y se la debemos al Nóbel de Economía.
Si toda posible lista de bienes primarios (y cualquier modo de hacer un índice) hacen que los fines de unas personas queden muy bien atendidos y los de otras lo sean de una manera terriblemente escasa, entonces hemos perdido la característica importante de la “neutralidad” y toda línea de razonamiento de la “justicia como equidad” se debilita notablemente. Así pues, se han de imponer algunos requisitos fuertes sobre la relación entre los bienes primarios y el espacio de otros valores. Esto entraña una diferencia aguda con la tesis de Rawls por dos razones. Primero, el orden de criterios que son el punto de partida para comprender el problema de las desigualdades y, segundo, la necesaria interacción en la fórmula para postular cualquier principio de justicia social como equidad entre los requisitos formales y la diversidad de intereses empíricos que subyacen a la demanda.
Resurgir de América Latina
El criterio de justicia social que defiende Lula da Silva para el Brasil es aplicable también para el resto de América Latina, puede concebirse entre individuos, en la relación entre recursos y libertades. La libertad real de una persona para buscar sus fines depende tanto de a) qué fines tenga, como de b) qué capacidades tenga de convertir bienes en consecuciones de fines. El problema de convertir bienes en consecuciones de fines puede ser grave incluso si los fines están dados, pero no es grave únicamente si los fines están dados. El alcance y relevancia del segundo problema no se reduce por la existencia del primero.
Somos diversos en América Latina pero somos diversos de modos diferentes. Una forma de diferencia se vincula a las diferencias que existen entre nuestras democracias y la constitución de nuestros estados nacionales. Esto coloca la realidad de frente mediante otra importante diversidad –las diferencias, anotadas por Sen, en nuestra capacidad de convertir recursos en libertades reales. Las diferencias relacionadas con el sexo, la edad, la dotación genética y muchas otras características nos dan facultades desiguales para construir la libertad en nuestros países aun cuando tengamos el mismo conjunto de problemas sociales y económicos y el mismo conjunto de posibilidades.
(*): Director del Seminario Problemas Colombianos Contemporáneos. Escuela de Economía UIS
Notas:
[i] Documento en Internet: www.cepal.com 24 de octubre de 2002
[ii] J. Rawls, A Theory of Justice (Cambridge, Mas.: Harvard University Press, 1971) {trad. cast.: Teoría de la justicia (México: FCE, 1979)]
[iii] A. Sen y B. Williams (comps.), Utilitarianism and Beyond (Cambridge: Cambridge University Press, 1982), págs. 159-185 [trad.cast.. : “Unidad social y bienes primarios” en John Rawls, Justicia como equidad, Madrid: Tecnos, 1986]