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La droga, la verdadera amenaza de las FARC
Andrés Cisneros

Martes, 25 de marzo de 2008

Si alguien creía que el culebrón entre las FARC, Venezuela, Ecuador y Colombia había encontrado su punto final en las virtuosas resoluciones de la OEA y la reciente reunión de cancilleres, se equivocó.

La saga continúa. Y, como suele suceder, lo que comenzó como un drama está pasando al modo de la farsa. La prensa colombiana confunde a un ministro de Ecuador con el secretario general del Partido Comunista argentino y Alvaro Uribe tiene que salir a disculparse. Mien-tras, el presidente Rafael Correa se indigna como una vestal porque uno de los que cayeron junto a Raúl Reyes era ciudadano ecuatoriano, aparentemente sin importarle que militaba como combatiente de las FARC, con nombre de guerra, uniforme, armas y grado militar, condiciones todas en que lo sorprendió una forma de morir bastante probable entre quienes se dedican a esas actividades.

Hugo Chávez, el gran perdedor hasta la se-mana pasada, recibió el auxilio involuntario del Departamento de Estado norteamericano, que no tuvo mejor idea que utilizar lo sucedido para insistir, una vez más, con sus tantas veces rechazada teoría de las fronteras flexibles, con derecho a perseguir insurgentes, aunque se penetre en el territorio de otros Estados. Hasta ese momento, Uribe había capeado el temporal recibiendo una módica amonestación sin condena de la OEA y, de pronto, esa ventaja se diluyó: la inviable propuesta norteamericana obligó a todos los mandatarios de la región -Lula el primero-a ejercitar sus reflejos y ponerse todos a reivindicar exaltadamente el principio de integridad territorial que Uribe había violentado y la OEA archivara sin pasar a mayores. Resultado: la reunión de cancilleres giró en torno a ese tema ya superado en lugar de discutir el papel de las FARC, su vinculación con el narcotráfico y la actitud que la región debiera tomar ante el terrorismo y las drogas.

Nicolas Sarkozy estudia un plan que consistiría en negociar con las FARC prescindiendo del devaluado Chávez, a través de la Guyana francesa, proponiendo la devolución de treinta y seis rehenes, a elegir por Francia y quienes París convoque, contra la liberación de nada menos que quinientos combatientes de las FARC, hoy en cárceles colombianas, a lo que se sumarían dos altos jefes de la guerrilla, en estos momentos bajo proceso judicial en los Estados Unidos. No se sabe si los así liberados volverían al combate o se los internaría Dios sabe dónde, pero la frutilla del postre consiste en que se levantaría la calificación de toda Europa de las FARC como terroristas, a cambio de que prometan solemnemente no hacerlo más. Toda una garantía. De los otros setecientos secuestrados por las FARC nada se dice.

Con semejante marco, no sorprende a nadie que la prensa internacional consigne que los dos norteamericanos recientemente secuestrados celebraron abiertamente en el campamento terrorista porque cerraron un trato millonario con una productora de Hollywood para inmortalizar su odisea en cuanto los liberen. Bien, quizás Oliver Stone pueda, finalmente, filmar su obra maestra sobre la gesta bolivariana.

Por supuesto, el tema central -después de los rehenes-de todo este entuerto continúa siendo ignorado por muchas cancillerías, incluyendo a la argentina: el consumo de drogas y el lavado de dinero aumentan de manera más que alarmante en nuestros países, y la enorme mayoría de los estupefacientes que envenenan a nuestros jóvenes es producida por las FARC y los narcotraficantes que ellas protegen. Sin embargo, y aunque usted no lo crea, la Argentina como Estado continúa sin condenar a las FARC. No se sorprenda: la Argentina de nuestros días es famosamente reconocida como un país que no puede distinguir dónde se encuentran sus propios intereses.

 
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