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Opinión y Análisis

Francia, modelo social en llamas
Johnny Munkhammar

 
Sábado, 3 de diciembre de 2005

Estocolmo (AIPE)- Los violentos disturbios que comenzaron en los suburbios de París, para luego extenderse aún más allá de la frontera francesa, pueden haberse disparado por un solo hecho, pero sus causas reales son tan profundas como complejas. Son un reflejo de la manera como el llamado Modelo Social Europeo ha sido aplicado en Francia, un barril de pólvora listo para explotar desde hace tiempo.

Es un error pensar que los disturbios tienen una sola causa. Los nacionalistas culpan a la inmigración. Es cierto que casi toda Europa occidental confronta problemas en integrar a los inmigrantes, pero la raíz de los sucesos en Francia es la desesperación causada por políticas económicas y sociales.

Algunos culpan al capitalismo y a la globalización. Los puestos de trabajo se van, más gente viene y muchos ciudadanos se sienten inseguros en tiempos de cambios rápidos. Pero esa es una posición equivocada y peligrosa. A mayor apertura a la globalización y a mejores condiciones para las empresas, más crecimiento y más puestos se crean. Pero Francia y gran parte de la vieja Europa han hecho todo lo contrario.

Francia es uno de los principales defensores del Modelo Social Europeo, cuyas principales características son el Estado grande, altos impuestos, un mercado de trabajo regulado, programas monopólicos de bienestar social y grandes sistemas estatales de seguro social.

La mentalidad del gobierno grande crea y empeora muchas de las condiciones que conducen al tipo de desesperación social que ahora vemos en París. La regulación del mercado de trabajo produce desempleo. Los desempleados no se sienten seguros ni tampoco los que tienen empleos porque saben lo difícil que sería conseguir otro trabajo. Los jóvenes europeos, aun con muchos años de educación, no logran conseguir empleo y pierden toda esperanza.

Los altos impuestos requeridos para sostener el modelo no sólo reducen las oportunidades de la gente de hacer su propia vida, sino que frenan el crecimiento. La actividad económica es baja y el nivel de vida está estancado o deteriorándose. Los altos impuestos impiden el crecimiento de las empresas pequeñas.

Los más perjudicados por el modelo son los inmigrantes. La regulación del mercado de viviendas produce guetos y como la contratación de personal es riesgosa, un mercado laboral regulado y sindicalizado excluye a los inmigrantes.

En una sociedad que promueve la creatividad y donde el Estado pesa poco, casi todo el mundo es capaz de mejorar sus condiciones de vida. Impuestos bajos y mercados laborales libres dispararían las oportunidades de empleo y la prosperidad general. Eso lo vemos en países como Irlanda, Nueva Zelanda, Australia, Eslovaquia, Estonia y Estados Unidos. Por cada puesto que se pierde surgen dos nuevos y las empresas pequeñas se vuelven grandes.

Los inmigrantes quieren trabajar, contribuir a la sociedad y aspiran a una vida mejor. No quieren estar encerrados en un suburbio sin oportunidad de progresar.

Si no se hace nada por desarmar esa bomba, veremos la repetición de los sucesos de París por toda la vieja Europa.

(*): Director de Timbro, fundación sueca de estudios económicos, y columnista de TechCentralStation.com

©AIPE

 

 

 
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