Jimmy Carter y el final del antiamericanismo José Musse Torres
Martes, 15 de octubre de 2002
Es innegable que siempre ha florecido una celosía exagerada a las administraciones estadounidenses, lo que no es seguro, y comenzó con el discurso presidencial de George W. Bush tras los ataques del 11S "están con nosotros o contra nosotros". Aquel unilateralismo norteamericano ha creado más segmentaciones que aliados y más reconcomio que unidad de criterios. El premio Nobel de la Paz 2002, es el desgaje del discurso facilón de acusar de ocasión de antiamericanismo al opositor. Jimmy Carter desde que escribiera en el Washington Post "El Inquietante Nuevo Rostro de EE.UU" es el retorno a una imagen más equilibrada y menos belicista. El mejor ex presidente de la Unión Americana no lo es, en sentido concreto, por haber realizado la mejor gestión, que no lo hizo, sino el título se corresponde a lo que hizo y hace desde el Carter Center . Es quizás el mejor ejemplo del yanqui bueno, del americano tolerante y buen vecino. Es el mejor ex presidente porque ha sabido usar una imagen pública para ser una alternativa de gobernabilidad para muchos estados. Comenzando con la crisis golpista de Aristide en Haití, incluido el Perú del Fujimontesinismo y conteniendo el siniestro monstruo del chavismo venezolano. El éxito de Jimmy Carter no radica en ser recordado como el mejor ejercicio que haya logrado gobernante norteamericano, sino en ser el mejor ex gobernante estadounidense que ha existido.
El Nóbel de la Paz siempre ha sido político, no hay en escena mejor premio llamado a despertar conciencias y molestar a poderosos inflamadores. Este es el llamado desafiante que hace un mundo globalizado que no alcanza a comprender lo que se ansía militarmente en Irak y cuando llega a obtener visos de entendimiento se asusta.
En los últimos años hemos asistido al envilecimiento de las democracias occidentales. Berlusconi ha recibido la reprimenda papal por su sarcasmo en el socorro de una barcaza de refugiados que ahogó sus esperanzas de prosperidad en el Mediterráneo. Un ministro suyo, al que prolíficamente defendió, hablaba de bombardear a los barcos con inmigrantes. Le Pen y Joerg Haider asoman el fascismo más rancio y peligroso. Bush y Tony Blair, con la política guerrera que asumen, poco ayudan a un mundo más equilibrado. El campo de concentración en que se ha convertido Guantánamo convierte a su vecino Fidel Castro no en antípoda sino en colega. Las incursiones de la autocalificada única democracia en Oriente Próximo, Israel con Sharon a la cabeza, atacando hospitales palestinos con tanques no ayuda a vender una imagen ejemplar. Los buenos del ayer, son los villanos de hoy. El Eje del Mal estaría mejor si lo situamos en un paralelo más al norte del que nos lo ha fijado el Pentágono.
La coartada falaz del discurso antiamericano y del antiamericanismo al que se acusa a todo aquel que se manifiesta públicamente contra esta guerra desquiciante, acaba de ser sepultado. No es lo mismo estar contra la política internacional de la Casa Blanca, ni ello es sinónimo de querer la destrucción del pueblo norteamericano. Con su artículo y conseguida crítica Carter abre una puerta de esperanza para los que quieren ver a la superpotencia como dialogante, imbuido en acciones que nazcan en la ONU y no en un acomodado tablero del Consejo de Seguridad. Carter nos dice que Estados Unidos de América puede ser un estimulador de valores democráticos y del progreso. El gobernante que acepte las resoluciones aúnque perjudique sus objetivos políticos. Apostar por la buena vecindad antes que nada.
El antiamericanismo en el entendimiento del "Fin de la Historia" de Francis Fukuyama no tiene sentido, hundida la Unión Soviética el antiamericanismo es una falacia. La democracia norteamericana tendrá que reinventarse y hacerlo con rapidez. Actuar sin excusas.