La tragedia chilena: una lectura equivocada Antonio Sánchez García
Sábado, 11 de diciembre de 2004
“Los molinos de los dioses muelen despacio” Homero
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Han debido transcurrir 31 años y mediar la conmovedora confesión de las partes involucradas para que finalmente se desgarre el velo del tabú y la verdad termine por revelarse: el horrendo golpe de Estado que destrozara a la democracia chilena con su acarreo de muerte y desolación fue un hecho inevitable. Lo acaba de confesar una de las más importantes personalidades del socialismo chileno, el senador Ricardo Núñez, líder histórico del sector más radical del partido de Salvador Allende, Aniceto Rodríguez y Carlos Altamirano: "Desde nuestra perspectiva, qué duda cabe, hicimos una lectura equivocada de la situación".
Para comprender la gravedad de la confesión, hay que tener presente que esa equivocada lectura condujo a la tragedia más dolorosa vivida por el país sureño en sus doscientos años de historia republicana: más de 3 mil muertos y desaparecidos, decenas y decenas de miles de torturados, centenas de miles de desterrados y la miseria, la tristeza y la desolación para millones de chilenos. Debieron pasar 17 años para salir de la pesadilla y 31 para venir a reconocer lo que Salvador Allende se llevó a la tumba en solitario: que había que encontrar una salida democrática al impasse mediante un plebiscito que él sabía que perdería pero que le permitiría evitar la tragedia que ya golpeaba a las puertas de su despacho. Pues el problema no tenía que ver con el imperialismo norteamericano ni la CIA. Era un problema estrictamente nacional que debía dirimirse entre chilenos: nada más que de ellos era la responsabilidad y entre ellos debía encontrarse la salida a la grave crisis que sacudía a la sociedad chilena. La izquierda reagrupada en la Unidad Popular no lo creyó así. Hoy reconoce la gravedad de su error. La Democracia Cristiana ya lo había hecho.
Las declaraciones del senador Ricardo Núñez tuvieron lugar este martes 7 de diciembre durante un seminario celebrado en la Academia Militar, convocado por el Comandante en Jefe del Ejército, General Juan Emilio Cheyre, para intercambiar opiniones y puntos de vista de los diversos sectores políticos del país acerca de los sucesos del 11 de septiembre en el marco del amplio proceso de reconciliación impulsado por las fuerzas políticas chilenas y el presidente Ricardo Lagos. Al preguntarse respecto de si la sociedad chilena de la época estaba en condiciones de evitar el golpe de Estado, el senador respondió que "la vida política se había degradado a un extremo inimaginable" y que "quienes tenían responsabilidad de impedirlo no lo hicieron o no tuvieron la fuerza para hacerlo". A renglón seguido, aseguró que "soy de los que creen que no hubo voluntad suficiente. Que la vida en sociedad se había hecho malsana". Por todo ello, concluyó que el "golpe de Estado se hizo inevitable".
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La confesión es dramática y constituye el mea culpa más contundente emitido hasta hoy por un dirigente socialista. Pues fue precisamente la dirigencia de ese partido la que respondió con un portazo en las narices a la solicitud adelantada por Salvador Allende desde por lo menos el mes de junio de 1973 a todos los sectores políticos de la izquierda chilena para que lo respaldaran en la realización de un plebiscito que dirimiera democráticamente las profundas diferencias que desgarraban a la sociedad chilena. Ya recabado un primer plácet por parte del Partido Comunista, la formalización del último intento por convencer a su propio partido, el PS, tuvo lugar el 5 de septiembre, cuando se reúne con el Comité Político de la Unidad Popular y le plantea un itinerario para salir del atolladero: convocar a un plebiscito para consultarle al pueblo si él debería renunciar a la presidencia, intentar un acuerdo con el Partido Demócrata Cristiano sobre la definición de las distintas áreas de la economía – privada, mixta y estatal- , nombrar un gabinete de seguridad y defensa nacional integrado mayormente por militares, darle total libertad durante tres meses para actuar sin consultarle a ese mismo Comité Político y poder así conducir la crisis hasta hallar la posible salida, evitando una guerra civil o un golpe militar con las desastrosas y previsibles consecuencias.
La respuesta tardó tres días con el esperado resultado: un rechazo total a todas las propuestas en una nota redactada en términos absolutamente ofensivos para la majestad de un cargo detentado por un hombre que había sabido mantenerlo a la altura de la grandeza requerida. No había salidas: Allende se encontraba absolutamente solo y acorralado: la última y más trascendental de las batallas de su vida la daría sin otro objetivo que dar testimonio de integridad y grandeza y sin más compañía que un par de docenas de sus más incondicionales. El trovador cubano Pablo Milanés escribiría a horas de su muerte una maravillosa balada que supo expresar el momento cumbre en la vida de Allende con una exactitud lacerante: “¡qué soledad tan sola te inundaba / en el momento en que tus personales amigos / de la vida y de la muerte te rodeaban!”. No menciona a aquellos de sus compañeros que en el momento más trascendental de su vida y la de su pueblo lo dejaron en la estacada.
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Cuando comienza a cerrarse el telón de esa conmovedora tragedia no podemos menos que caer en la tentación de establecer comparaciones. La nuestra está por comenzar y recién descorre el suyo. Pues también entre nosotros "la vida política se ha degradado a un extremo inimaginable”. Y de parte de quienes tienen la responsabilidad de gobierno no hay quien realice la lectura adecuada. Mientras el presidente Ricardo Lagos le comunicaba a su país la decisión de compensar a todas las víctimas del golpe como una de las formas de curar las heridas del pasado, el presidente Chávez se reunía con el Ayatola Jamenei para cerrar filas “contra el imperialismo norteamericano”, su policía agredía a la comunidad judeo-venezolana asomando el espantajo de un progrom, sus parlamentarios sellaban la ley mordaza y ahora pretenden aniquilar a la oposición con el control absoluto del aparato judicial convertido en mero instrumento de represión política. He allí la diferencia esencial entre la tragedia chilena y este “proceso” aún inconcluso y de cuyos resultados y consecuencias nadie puede apostar a fijo: aquel fue el drama de un pueblo que dejó solo a su líder; éste el desvarío y la extravagancia de un caudillo enloquecido que ha decidido dejar solo a su pueblo. Cerrándose a todo sano juicio y luego de imponer mediante el fraude, la manipulación y el engaño un poder que pretende absoluto, quisiera ahogar a sangre y fuego la costosa democracia venezolana, con todas sus funestas e imaginables consecuencias.
Venezuela vive hoy uno de los momentos más dramáticos de su historia. La desquiciadora voluntad totalitaria del caudillo se impone sin remilgos ni disimulos: ya considera su control político y policial suficientemente blindado como para echar por la borda toda consideración formal y empujarnos al despeñadero de una dictadura autocrática. No nos cabe la más mínima duda de que esta nueva etapa de acorralamiento y liquidación de la democracia ha sido decidida bajo la asesoría de Fidel Castro, en cuyas manos se encuentra la decisión sobre la política petrolera y la política exterior de nuestro país. Hoy nos enteramos de que el hombre de Fidel, Alí Rodríguez Araque, será secundado en el viceministerio de relaciones exteriores por un militar retirado perteneciente al ala más dura y extremista del chavismo, el ex capitán de aviación William Izarra. El gobierno ha pasado a manos del sector más recalcitrante del chavismo duro. Las consecuencias son previsibles. La represión a todos los niveles se pone a la orden del día. No era ningún delirio de Fernando Londoño, ex ministro colombiano del interior, cuando caracterizaba a este régimen de dictatorial y subsumía la comprensión del atentado al fiscal Anderson bajo el esquema del atentado escenificado por Stalin contra la figura de su delfín Serguéi Kirov: un pretexto para desatar el terrorismo de estado.
Los molinos de los Dioses muelen despacio - cantaba Homero. No tendremos vida para imaginarnos a algún joven político del futuro reconociendo que sus mayores “hicieron una lectura equivocada” de este momento, arrastrándonos al despeñadero. Lo que ha quedado meridianamente claro, aún al precio de la incomprensión, es que la oposición venezolana no tendrá que cargar con esa culpa: ha dado y seguirá dando claros ejemplos de grandeza y dignidad democráticas. La socialdemocracia internacional, representada hoy de manera ejemplar por el presidente Rodríguez Zapatero, y todos los sectores democráticos del mundo tendrán que hacerse algún día una dolorosa autocrítica. Es de esperar que sea más temprano que tarde.