Los impactantes acontecimientos en Israel y las zonas ocupadas han estremecido al mundo por su sangrienta brutalidad, generando críticas acerbas para ambos bandos en ese absurdo conflicto del Mediano Oriente. Al escuchar las declaraciones oficiales de los dos lados, pareciera que cada quien tiene la razón, pero al mismo tiempo ambos liderazgos están errados en sus políticas, actitudes y acciones, ya que no han tenido ningún resultado positivo hacia la convivencia pacifica. Los hechos demuestran que las dos culturas están enfrascadas irremediablemente en un círculo vicioso del cual solo podrían salirse si se cumplen tres requisitos: cambios sustanciales en las cúpulas dirigentes, cese de provocaciones árabes y represalias excesivas israelíes, y finalmente el cumplimiento de los acuerdos de Oslo.
Asimismo, cualquier arreglo pacífico en el futuro necesitara de la mediación internacional en vista del antagonismo que evidencian ambos sectores en pugna, y especialmente sus máximos dirigentes. Pero al hablar de enfrentamiento entre “dos bandos”, en realidad estamos simplificando el drama, pues en cada sociedad existen tres sectores bien diferenciados: uno mayoritario que es moderado y apolítico, que se inclina hacia los extremos según las circunstancias; otro pacifista o liberal, que desea un arreglo a toda costa para asegurar la coexistencia; y finalmente uno extremista que no desea ningún acuerdo sino la expulsión o vasallaje del otro bando. En el campo judío el ala pacifista estuvo representado por Rabin y Barak en el pasado, y actualmente por Peres a duras penas, mientras en el campo árabe existen pocos simpatizantes de la paz y no tienen un líder visible, ya que Arafat, con su polémico pasado cargado de violencia, representa a lo sumo una posición centrista, que se debate ambiguamente entre la confrontación y la coexistencia para mantenerse en el poder. Lo que preocupa, actualmente, son los sectores extremistas que dominan actualmente, representado por Sharon y el ala derechista de su partido, del lado israelí, y por las organizaciones terroristas Hamas, Jihad Islamico y Jisbola (entre otras) del lado árabe, entes que tienen aun mas poder entre las masas que la misma Autoridad Palestina.
Un hecho saliente ha sido harto demostrado en los eventos recientes: Arafat no puede controlar a los grupos terroristas en su seno, pues de enemistarse con ellos seria derrocado, y su presencia es todavía esencial para la estabilidad de la zona. Sin embargo, a estas alturas seria preferible que pasara a ser un Jefe de Estado y de la diplomacia al estilo europeo, y surgiera algún líder moderado para reemplazarlo y así conducir los asuntos ejecutivos sin el lastre de los antecedentes y fricciones que tiene a cuestas el anciano nacionalista, otrora líder terrorista, especialmente en esta época en que el terrorismo tiene una pésima reputación y es perseguido por doquier. Asimismo, los sangrientos atentados en suelo israelí han demostrado claramente que hay grupos islámicos fundamentalistas que realmente no quieren la paz, sino imponer a ultranza sus planes de recuperar toda la antigua Palestina para los árabes, una posición insostenible y poco realista a la luz de los eventos del ultimo medio siglo y de la geopolítica actual.
Por otra parte, Sharon tampoco es el interlocutor ideal, pues su política consiste en continuar a ultranza la ocupación de Cisjordania y Gaza mediante nuevos asentamientos judíos y el control militar de esas zonas, aplicando represalias severas a cada provocación palestina, con las cuales se aleja cada vez más las posibilidades de un entendimiento. La contundente demostración del poderío israelí --como única estrategia para controlar el terrorismo—no ha dado los resultados esperados, y solo ha servido para crear más odios y resentimientos, además de una mala imagen para Israel en el seno la comunidad mundial que califica su política como “terrorismo disuasivo.” La oposición permanente a los planes de la derecha israelí en el seno de la ONU debería servir de barómetro de la opinión pública internacional, ya que en esa organización se han dictado sendas resoluciones de condena y de retorno a las fronteras anteriores a 1967, sin que hayan sido acatadas por Israel. No es ningún secreto que este arrogante desconocimiento, con el apoyo y beneplácito de la superpotencia mundial, ha sido una de las causas de la racha de terrorismo reciente, ocurrido tanto en Israel como en EE.UU., sin que esta explicación sirva para justificar ninguno de esos actos genocidas.
Es importante que ambos lados se den cuenta que sus políticas extremistas contienen expectativas que no pueden realizarse en el contexto geopolítico actual, si se considera que la comunidad internacional favorece tanto la permanencia del estado judío como de la formación de un estado palestino autónomo en los territorios ocupados. Estas son realidades incuestionables y a menos que un lado quiera estar a espaldas de la comunidad de naciones, condenando al aislamiento internacional, no podrá cumplir sus propósitos de excluir al otro bando de una tierra a la cual ambos tienen igual derecho, por antecedentes históricos de todos conocidos (aunque cada cultura los haga inclinar a su favor con interpretaciones subjetivas).
Suponer –como hacen los actuales seguidores de Sharon- que Israel tiene derecho a ocupar exclusivamente toda la región de Palestina, es una utopía que está haciendo mucho daño a una convivencia civilizada de las dos etnias, pues los palestinos no cejarán en su justo objetivo de tener su propio terruño, cuyo control les fue arrebatado a la fuerza en la guerra de los seis días. Y aunque fuera una contienda bien ganada, el afincarse a esos territorios y colonizarlos a la fuerza ha representado una constante provocación y una amarga humillación para la etnia árabe, suceso que esta al fondo de los enfrentamientos de las ultimas tres décadas por representar el último acto colonialista del siglo XX, mas incongruente aun mientras las grandes potencias abandonaban el control de sus colonias en Africa, Asia, América y Oceanía durante la posguerra.
Por otra parte, pretender –como desean los extremistas árabes- que los israelíes abandonen a la fuerza su actual patria, lograda con grandes sacrificios, es una quimera tan nociva como el deseo de expansión de los derechistas judíos. En el fondo los extremistas que insisten en destruir a Israel saben que nunca podrán llevar a cabo su propósito, y su actitud intransigente se debe mayormente a su intención de mantener sus parcelas de poder dentro del complejo escenario del mediano oriente, ya que reciben subsidios de naciones islámicas enemigas de Israel.
El otro punto en discusión, la devolución de Jerusalén oriental a manos árabes, como lo estuvo de durante dos décadas hasta 1967, es otra exigencia poco realista del lado palestino, pues mantener a esa ciudad dividida representa múltiples dificultades prácticas, como pasó con Berlín durante casi medio siglo. Además los israelíes difícilmente cederán en ese punto por razones históricas, ya que dicha ciudad fue fundada por ellos y fue su capital durante la existencia del reino de Israel. El argumento islámico, de que se trata de un sitio sagrado del cual se cree que Mahoma subió al cielo, es menos sostenible por ser un evento sobrenatural inverificable. Y el hecho de que haya sido conquistado por los ejércitos musulmanes durante la expansión árabe, es algo más débil ya que el imperio árabe -y luego el turco- tuvieron su capital en otras ciudades. Sin embargo, ambos lados tienen ciertos derechos sobre la disputada ciudad –que exhibe una fuerte presencia musulmana-- y ya que difícilmente se pondrán de acuerdo en un tema tan polémico, lo sensato es que se declare como ciudad abierta y patrimonio cultural de la humanidad, y sea administrada por un cuerpo colegiado bajo la supervisión de la ONU, tal como estaba previsto desde los intentos de partición de Palestina en la posguerra.
Otro punto álgido, el regreso de los expatriados palestinos al actual territorio de Israel, no tiene visos de realismo, pues el retorno de mas de un millón de palestinos trastornaría demasiado el equilibrio étnico dentro de la nación judía, y por lo tanto sería rechazado enérgicamente por todo el estamento político israelí, sin importar su tendencia. El control de las aguas del Jordán y otras fuentes hídricas, también debe ser solventado equitativamente, pues el agua es un fluido esencial para la agricultura y la vida urbana de esa árida región. Muchos observadores piensan que, a menos que se llegue a acuerdos justos, el agua puede ser un nuevo detonante de enfrentamientos armados en el futuro, por lo que deben tratar este delicado tema con la importancia y prudencia que merece.
además de esos puntos, el tema de los asentamientos de colonos judíos dentro de lo que sería eventualmente el estado palestino, también debe solventarse en forma realista, pues la nueva nación no querrá tener a unos doscientos mil colonos extranjeros dentro de su territorio, por más sacrificios que les haya costado las construcciones. Lo lógico y prudente, entonces, es que ese centenar de asentamientos se desmantelen pronto, de otro modo quedaran numerosos focos de fricción permanente que pueden echar al traste todo plan de paz. Reconocer que nunca debieron haberse construido será una muestra de madurez y pragmatismo político de parte de los israelíes, pues es inconcebible que dichas comunidades tengan que vivir como gente asediada y hostigada continuamente, en enclaves dentro de un territorio extranjero. El argumento de que representan una garantía de seguridad para las fronteras de Israel es muy débil a la luz de los acuerdos de Oslo (donde Rabin ofreció desmantelarlos en forma gradual), y los palestinos querrán seguramente su despeje a la mayor brevedad, de otro modo la confrontación y la violencia seguirán indefinidamente. Los israelíes –que tienen un armamento sofisticado y una organización muy superior a la de los árabes--, no necesitan de esas extrañas colonias para defenderse, a pesar de la vulnerabilidad de sus actuales fronteras y mayormente en la región central, cuya franja tiene una anchura promedio de unos 20 kilómetros. Pero el hecho de que los árabes perdieran las últimas guerras frente a los israelíes debería ser suficiente para disuadir cualquier aventura bélica, especialmente con la fuerte presencia militar anglosajona en el Mediano Oriente.
De no llegar a un acuerdo oportuno, esas mismas fuerzas militares foráneas tendrán que intervenir para imponer una frágil paz mientras desarticulan las células terroristas, máxime cuando desde septiembre hay una guerra declarada contra dichas organizaciones, que han causado mucho daño a ciudadanos norteamericanos tanto en Africa (embajadas de Tanzania y Kenia) y Asia (cuarteles en Líbano y Arabia Saudita, destructor Cole) como en el propio territorio norteamericano, sin contar los numerosos secuestros y voladuras de aeronaves occidentales. Así que ahora están mucho mas decididos a no sufrir más humillaciones, especialmente bajo un gobierno republicano, y es obvio que los norteamericanos no abandonarán sus esfuerzos hasta que vean derrotadas, o al menos desbandadas, las distintas organizaciones terroristas que pululan en el Mediano Oriente, aunque les tome años. La dinámica de la política estadounidense, tanto interna como internacional, así lo exige, por lo que los palestinos –si quieren la paz- harían bien en cooperar con esa campaña antiterrorista, que pueden aprovechar para desligarse de un pasado violento y acelerar las negociaciones -y quizás hasta para obtener algunas concesiones adicionales- mientras se aseguran una abundante ayuda internacional pare la reconstrucción.
El ultimo ingrediente necesario para la paz en la región debe ser un cambio sustancial en la actual política estadounidense, que implica la defensa a ultranza de los intereses israelíes, y de desprecio hacia la cultura islámica (aunque digan lo contrario), además del hostigamiento constante de países árabes a cuenta de su superioridad militar. La presencia militar anglosajona, fuente de frecuentes fricciones, debe reducirse al mínimo posible, so pena de que sigan los actos terroristas, casi siempre producto de individuos orgullosos y fanatizados que resienten la interferencia extranjera de las últimas décadas. Quizás los recientes sucesos en suelo estadounidense, a pesar de su irracional barbarie, han servido para que la superpotencia inicie un cambio sustancial en su política hacia el Mediano Oriente, al darse cuenta que necesita de la colaboración de los países árabes para desmontar el terrorismo internacional, misión que ahora se han impuesto ahora por defensa propia y no solo para ejercer su discutible rol de gendarme mundial. Esa cooperación, abierta o velada, es imprescindible para lograr ese objetivo, del cual depende la credibilidad de EE.UU. y la eventual reelección de Bush, quien –pragmático al fin- sabe que no puede realizarlo a fuerza de bombardeos e invasiones, ya que podría empeorar aun mas las relaciones con los países islámicos.
A final de cuentas, todas las partes involucradas deben darse cuenta que el mundo esta harto de tanta violencia por una disputa territorial sobre un minúsculo territorio, cuando ese conflicto tiene una solución factible, justa y duradera si se encara en forma constructiva, pues es absurdo que por la actitud soberbia e infantil de algunos ambiciosos dirigentes que buscan defender sus parcelas de poder, se siga causando tantos perjuicios, angustias y sacrificios a los sufridos judíos y palestinos de buena voluntad.