La Escena Geopolitica A 40 años de la crisis de los misiles cubanos Roberto Palmitesta D.
Martes, 22 de octubre de 2002
En la segunda quincena de octubre de 1962, sucedió un hecho crucial en la historia contemporánea, que se debería comentar a menudo para que las nuevas generaciones aprendan de las lecciones que nos dejó. Se trata de una cadena de eventos que se conoce como la "crisis de los mísiles cubanos", la cual por fortuna no pasó de la etapa de crisis, de otro modo no viviríamos para contarla, pues nunca el mundo estuvo tan cerca de sufrir un holocausto nuclear como durante las dos semanas que duró dicha crisis. Una guerra total y "caliente", en lugar de la guerra fría que estaba en una etapa culminante, hubiera tenido efectos desastrosos, ya que las dos superpotencias tenían arsenales como para destruirse varias veces, y la contaminación radioactiva hubiera podido acabar eventualmente con la vida en la tierra.
Como se recordará, al verificar el Pentágono mediante aviones-espía tipo U-2 (todavía no existían los satélites espía de hoy) que en Cuba se estaban instalando bases de mísiles con ojivas termonucleares que pudieran alcanzar territorio norteamericano, el presidente Kennedy -- después de evaluar diversas opciones-- se decidió por un bloqueo naval de la isla, exigiendo a Moscú el retiro total de mísiles y bombas, que sumaban más de un centenar. Antes de esa decisión, los militares se habían inclinado por un bombardeo masivo de dichas bases y de otros objetivos militares, pero esa opción fue descartada inteligentemente por Kennedy ya que morirían numerosos efectivos rusos (había 40 mil en la isla), con el riesgo de provocar una represalia soviética en otras partes del mundo, que luego podría convertirse en una guerra nuclear entre las dos potencias. Esto, sin contar las bajas de cubanos, tanto militares como civiles, a causa del ataque aéreo, lo cual hubiera empeorado grandemente las relaciones interamericanas.
Al principio, el premier soviético Nikita Kruschev --asesorado por su mando militar-- se resistió a la exigencia de Washington pero finalmente tuvo que ceder después de que Kennedy le permitiera salvar su dignidad al obtener a cambio el desmantelamiento de las bases misilísticas de la OTAN en Turquía y la promesa de EE.UU. de desistir de cualquier otro plan para invadir a Cuba. En esencia, fue esa flexibilidad y la concesión norteamericana lo que alejó a los dos naciones de una terrible confrontación, permitiendo así una solución negociada que ya se conoce en el argot moderno como de "ganar-ganar". En la negociación, Washington también exigió que se retiraran de Cuba unos aviones bombarderos de largo alcance, que pudieran llevar armas nucleares.
Pero a los ojos del mundo, pareció que los soviéticos fueron los perdedores del evento, ya que tuvieron que abandonar su intento de montar las bases ofensivas, aunque Castro insistiera que eran "defensivas". Por otra parte, la popularidad de Kennedy creció enormemente, y se recuperó de su fracaso en la Bahía de Cochinos, asegurando teóricamente su candidatura a la reelección al término de su período. En cambio, Kruschev cayó gradualmente en desgracia y fue sustituido dos años después por un líder más duro, Leonid Brezhnev, quien criticara su posición blandengue durante la crisis cubana. Sin embargo, muchos observadores reconocieron la sensatez del premier durante ese tenso período, pues otro líder - al igual que pasó con Kennedy-- hubiera cedido a las exigencias de sus "halcones". La diplomacia personal de Robert Kennedy y la intermediación de un periodista norteamericano, fueron cruciales en destrabar el peligroso impasse, demostrando cuán importante son los contactos personales en crisis tan delicadas.
La crisis nos enseñó que se necesitan verdaderos estadistas para manejar circunstancias cruciales, y que no se puede dejar a los militares las decisiones más trascendentes de una nación, pues por su formación casi siempre tienden hacia soluciones belicistas o violentas, sin pensar en consecuencias posteriores. También mostró al mundo que Castro estaba siendo manipulado por Moscú y que los jerarcas rusos lo consideraban como un simple peón en la guerra fría (ni siquiera fue informado de la decisión rusa de retirar los mísiles), contrariamente a lo que suponía el ingenuo líder cubano, ansioso de protagonismo en los asuntos mundiales. Quizás la lección más trascendente fue la comprobación práctica de que la paz dependía del terror, pues ambas naciones se dieron cuenta -al estar al borde de una guerra-- que sus poderosos arsenales nucleares eran inútiles ya que su uso implicaba fuertes pérdidas humanas y materiales, además de daños ecológicos irreversibles.
Pero, aunque el incidente motivó una serie de tratados posteriores para limitar tanto las pruebas nucleares como el número de mísiles y ojivas, las dos potencias no aprendieron la lección clave y siguieron con su absurda carrera armamentista, acumulando arsenales nucleares en exceso a sus verdadera necesidades estratégicas. Estados Unidos, una nación más próspera, pudo tolerar el alto costo que implicaba dicha carrera, pero la Unión Soviética arruinó su economía en el proceso, lo cual significó también la desintegración política del país y la debacle eventual del sistema comunista. Así, una crisis circunstancial centrada en un pequeño país insular del Caribe, durante catorce tensos días de octubre de 1962 -desde las acusadoras fotos del U-2 hasta el acuerdo--, tuvo repercusiones trascendentes que –aún después de cuatro décadas- no se han apreciado en su justa dimensión dentro de la geopolítica mundial.
A estas alturas, muchos observadores todavía no se explican cómo, después de estar el mundo al borde de una verdadera catástrofe, ese evento no motivara una proscripción total de las armas nucleares, pues a los 40 años del evento todavía existen cinco grandes potencias atómicas -los ganadores de la última guerra mundial--, tres potencias menores (Israel, India y Pakistán) y un puñado de naciones en busca de "desarrollar" bombas atómicas. Recientemente se supo que Corea del Norte se ha convertido en otra potencia nuclear, incrementando las tensiones en el Lejano Oriente y dificultando la reunificación de las dos Coreas. Dada la irresponsabilidad con que ha actuado esa nación en el pasado reciente, es de suponer que el resto del mundo tratará de que abandone su programa nuclear y destruya sus armas atómicas, especialmente cuando se había comprometido en 1994 a hacer justamente eso, a cambio de la cooperación tecnológica de Occidente en materia energética.
Precisamente, el caso de Iraq -que siempre quiso poseerlas y posiblemente conozca los rudimentos de esa tecnología-- puede dar lugar a otra guerra en el Mediano Oriente de un momento a otro, algo que no sucedería si después de la crisis de los mísiles cubanos hubiera habido un acuerdo global, bajo la égida de la ONU, para que todas las naciones –incluyendo las potencias dominantes-- desecharan sus arsenales nucleares y se comprometieran a no fabricarlas jamás, bajo el supuesto que -si los mismos existen-- siempre se corre el riesgo de que se usen, sea para fines defensivos u ofensivos, sea por error humano o falla técnica. No hay duda que tanto en el campo energético como en el militar, la energía atómica no ha tenido los resultados esperados, dada la peligrosidad que reviste el manejo de esta energía para toda la humanidad. De hecho los mismos tres personajes responsables del descubrimiento y desarrollo de la energía nuclear –Einstein, Fermi y Oppenheimer- se arrepintieron de haber participado en proyectos para su utilización bélica, mientras que su uso para la generación de electricidad está seriamente cuestionada hoy día, después de los serios accidentes de la Isla de Tres Millas en EE.UU. y, especialmente de Chernobyl en Ucrania. Todo indica que en el futuro, este tipo de energía quede relegado a usos científico o médicos, aunque se cuenta con ella para viajes interplanetarios y otros proyectos espaciales.
Curiosamente esa crisis soviética-norteamericana de 1962 sigue en el tapete, al ser utilizada recientemente por George W. Bush como un ejemplo para justificar su política de "guerra preventiva" y buscar apoyo en sus planes para derrocar a Saddam Hussein. Como podemos ver, todavía seguimos en una paz precaria bajo el terror nuclear, algo que indica que hace cuatro décadas se perdió una valiosa oportunidad de lograr un ambiente menos peligroso para la humanidad, desechando de una vez la fabricación y almacenaje de estas terribles armas. Pareciera que, con toda la inventiva de que es capaz la mente humana, se siga utilizando una parte significativa de ese potencial para fines destructivos, junto con cuantiosos recursos que podrían servir para aliviar muchos males que sufre el planeta, mayormente causados por consabidos vicios como la ambición, la codicia y la apatía, a veces entremezclados con una buena dosis de masoquismo... o de simple estupidez.