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Opinión y Análisis

Solidaridad y voluntariado en un mundo insolidario
Imanol Zubero

 
Lunes, 11 de diciembre de 2000

Paul Virilio dice que «el hecho de estar más cerca del que está lejos que del que se encuentra al lado de uno es un fenómeno de disolución política de la especie humana» Hoy en día existe una preocupante tendencia a «la desintegración de los presentes en beneficio de los ausentes», ausentes que se hacen presentes virtualmente, a través de la televisión o de Internet.

"Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó..." Así comienza uno de los relatos de solidaridad más conocidos en nuestra cultura. Es la historia del Buen Samaritano, narrada en el evangelio de Lucas. Una historia sencilla. La parábola del Buen Samaritano nos ofrece las que, en mi opinión, son las claves más propias y especificas del voluntariado, como son las siguientes:

  • la práctica de la solidaridad no como actividad extraordinaria, al margen de la vida cotidiana, si- no en el transcurso de esta vida cotidiana, mientras paseamos por la ciudad, mientras nos dirigimos al trabajo, mientras disfrutamos del ocio;
  • el desarrollo de nuestra capacidad de mirar hacia los márgenes del camino, allá donde quedan tendidas las victimas de nuestro modo de vida, sin dejarnos deslumbrar por las luces de neón de las grandes avenidas, de los escaparates colma- dos de productos de consumo, reflejo de todos los éxitos de nuestra sociedad;
  • la exigencia de detenernos, de romper con la normalidad de nuestra vida, de dejarnos afectar por las victimas hasta el punto de dejar en suspenso lo que nos preponíamos hacer;
  • y una exigencia que no es opinable, relativizable, sino absoluta: nada puede justificar que pase de largo.

En definitiva, el ejemplo del samaritano (y el antiejemplo de quienes pasan de largo, ocupados en sus quehaceres) nos enseña que el voluntariado es toda aquella práctica de solidaridad integrada incondicionalmente en nuestra vida. Es una solidaridad inmediata, que nos permite rasgar el velo de invisibilidad que acompaña a las grandes cifras para mirar cara a cara a la demanda de nuestra ayuda (ya se sabe que un muerto es una tragedia y un millón de muertos una estadística)

Sin contradicciones, sin caer en esa disculpa hipócrita del «para qué el 0,7 para el Tercer Mundo con toda la pobreza que tenemos aquí» (pues quien no es solidario con él «allí» tampoco suele serlo con él «aquí»), la aportación más específica del voluntariado tiene que ver con ese descubrimiento de la urgencia de nuestra intervención voluntaria, una intervención cuya responsabilidad no podemos transferir, pues si no nos detenemos y prestamos ayuda, dejamos atrás a la victima concreta que nos la demanda y, junto con ella, dejamos atrás nuestra propia humanidad. «No se puede decidir ser virtuoso a partir de la semana próxima o dentro de un mes, escribe Alberoni. La virtud requiere aplicación inmediata»

Para hacer las paces con nuestra condición humana, local y global a un tiempo

Cuando se discute sobre patriotismo y cosmopolitismo hay una poderosa tendencia a confundir el principio y el final, el punto de partida y el punto de llegada. El 4 de enero publicaba Joan Subirats en El País un interesante articulo en el que, frente a un desencarnado cosmopolitismo que en el fondo no es sino homogeneización laminadora de la diversidad cultural, defendía que «no hay otra manera de ser cosmopolitas que empezar siendo patriotas, aunque sea patriotas de barrio» ¿Patriotismo de barrio? En principio me suena bien, no en vano he crecido, vivo y espero envejecer en mi pequeño pueblo. Lo que ya no me suena tan bien es la secuencia causal que establece entre patriotismo y cosmopolitismo. ¿De verdad no hay otra manera de ser cosmopolitas que empezar siendo patriotas? Si así fuera, hace ya años que el cosmopolitismo dominaría la tierra pues, si algo ha sido el siglo XX es un hervidero de pasiones patrióticas. En realidad, lo más normal ha sido y es que el patriotismo, aunque sea de barrio, acabe lastrando el sentimiento cosmopolita. Lo que suele ocurrir con todos los patriotismos es, más bien, que acaban por trazar una frontera que defina una comunidad de responsabilidad limitada. Al día siguiente, el 5 de enero, defendía Félix de Azúa un cosmopolitismo radical: «Si, la identidad se nos muere, sobre todo porque los globalizados parecen disfrutar de la vida sin melancolía nostalgia, ni culpabilidad. Como extranjeros de vacaciones en el mundo». Extranjeros de vacaciones en el mundo... Resulta sospechoso de quien rehúsa vincularse a quienes tiene más cerca. La solidaridad con aquellos otros que, por cercanos, conforman un nosotros del que no podemos evadirnos. La sensación de cercanía con los lejanos puede acabar no siendo otra cosa que irresponsabilidad.

El problema no es qué somos, patriotas o cosmopolitas (por otra parte, alternativa imposible, pues siempre seremos mezcla en distintos grados de ambos ingredientes), sino para qué somos. Cuando, en el libro Los límites del patriotismo, Martha C. Nussbaum plantea el debate sobre patriotismo y cosmopolitismo y el énfasis que la educación debe hacer en cada uno de ellos no está diciendo nada sobre cuál deba ser el principio organizador de nuestra identidad. Mucho menos pretende hacernos optar entre ser patriotas o ser cosmopolitas: expresamente afirma que para ser ciudadano del mundo uno no debe renunciar a sus identificaciones locales. Lo que interesa a Nussbaum es plantear la cuestión de para qué somos patriotas o cosmopolitas: ¿somos patriotas para limitar la comunidad de aceptación mutua, el círculo de responsabilidades morales, sólo a aquellas personas que son como nosotros? ¿somos cosmopolitas para poder desplazarnos por el mundo como extranjeros de vacaciones, sin compromiso moral ninguno, sostenidos exclusivamente por reglas procedimentales y una lógica estrechamente retributiva? Amartya Sen lo ha entendido bien:

    «La inclusión de todas las personas en el ámbito de la incumbencia ética - que es el aspecto principal del alegato a favor de la ciudadanía mundial - no requiere ningún tipo de militancia en contra de valorar los elementos de la propia tradición. Y concluye: La importancia de que Nussbaum se centre en la ciudadanía mundial - aclara Sen - reside en que ello subsana una grave omisión: la del interés de las personas que no están relacionadas con nosotros a través, por ejemplo, del parentesco, la comunidad o la nacionalidad. El afirmar que la lealtad fundamental del individuo es la que debe a toda la humanidad hace que todas las personas pasen a ser de nuestra incumbencia, sin excluir por ello a nadie»

Qué hacemos con nuestro patriotismo o nuestro cosmopolitismo. Ésta es la cuestión.

La preocupación ética, entendida como preocupación por las consecuencias que nuestras acciones tienen sobre otras personas, es un fenómeno que tiene que ver con la aceptación de esas otras personas como legítimos "otros" para la convivencia. Pero la preocupación ética nunca va más allá de la comunidad de aceptación mutua en que surge. La mirada ética no alcanza más allá del borde del mundo social en que surge. Las fronteras nacionales son, también, fronteras éticas. Pero somos humanos gracias a otros, a cualquier "otro". Como señala José Antonio Marina, "la radical menesterosidad del ser humano, su inevitable condición de prematuramente nacido, exige elaborar una nueva noción de persona, que reconozca la función catalizadora que ejercen los demás hombres". En la escena IV del acto tercero de El rey Lear Shakespeare nos presenta a Lear despojado de su palacio por su propia familia y arrojado a la intemperie. Mientras llora su destino, se encuentra con Edgardo disfrazado de miserable y enloquecido mendigo «¿No es más que esto el hombre?», se pregunta Lear al contemplarlo. «Tú eres el ser humano mismo. El hombre, sin las comodidades de la civilización, no es más que un pobre animal desnudo y ahorcado, como tú», concluye. Y en señal de reconocimiento, Lear se despoja de sus vestiduras.

Sin dejar de ser lo que somos (pues lo hermoso del relato del evangelio de Lucas es el encuentro de dos personas tan diferentes), ¿seremos capaces de romper con las perspectivas nacionales para hacer sitio a una nueva perspectiva samaritana en la defensa de los derechos humanos? Optar por nuevas formas de reconocimiento que no dependan de la nacionalidad sino de la humana solidaridad. Es esta una tarea que corresponde a todos, si, también a los que aspiran a delimitar un nuevo territorio, pero más a quienes, seguros tras sus viejas fronteras, tienen sus derechos a buen recaudo y se despreocupan de los derechos de los demás. Éste y no otro es el debate que se nos plantea como sociedad, por ejemplo, en torno a la Ley de Extranjería: ¿es posible que un Estado renuncie al más infalible mecanismo de control sobre sus ciudadanos, cual es su capacidad de reconocer como sujetos de todos los derechos humanos sólo a sus nacionales o a quienes, por extensión o por analogía sean definidos como tales?

Es este un viejo sueño: el sueño del reconocimiento incondicionado, de la común e igual dignidad de todas las personas, de la fraternidad universal, de la solidaridad innegociable. El sueño de un mundo en el que ningún ser humano pueda ser privado de sus derechos como persona y que este reconocimiento incondicional de sus derechos fundamentales no pueda hacerse depender de su consideración como nacional o como extranjero. Hace tiempo leí una entrevista con el actor José Sancho en la cual se refería a una frase puesta en boca del protagonista de la obra de teatro Memorias de Adriano que él ha representado: «Soñaba con un mundo sin fronteras, donde el más pequeño de los viajeros pudiera vagar de país en país de continente en continente, sin humillaciones insultantes». He vuelto a leer el libro de Yourcenar para dar con esta cita pero no lo he logrado. En cualquier caso, ahí tenemos el sueño del emperador Adriano, viajero impenitente y comprensivo, que dirigió entre los años 117 a 138 el más impresionante aparato de poder y control que ha conocido la humanidad: el Imperio Romano. Sueño imposible de lograr a pesar de poseer todo el poder del mundo. Y es que la acción política es necesaria pero no suficiente para la construcción de un mundo en el que todas las gentes vean reconocida su inviolable dignidad, sin que ninguna frontera legitime su maltrato. Hace falta algo más. ¿Un acto de valor? Llamémoslo renuncia solidaria, llamémoslo desarme unilateral.

Es desde esta perspectiva desde la que el jurista italiano Luigi Ferrajoli reivindica un constitucionalismo mundial que supere las limitaciones impuestas de hecho al ejercicio de los derechos humanos por su circunscripción al ámbito estatal. En este fin de siglo caracterizado por las migraciones de masas, los conflictos étnicos y la distancia cada vez mayor entre Norte y Sur, la ciudadanía ya no es, como en los orígenes del Estado moderno, un factor de inclusión y de igualdad; por el contrario, la ciudadanía de nuestros ricos países representa el último privilegio de estatus, el ultimo factor de exclusión y discriminación entre las personas en contraposición a la proclamada universalidad e igualdad de los derechos fundamentales. Por eso, tomar en serio estos derechos significa hoy tener el valor de desvincularlos de la ciudadanía como «pertenencia» a una comunidad estatal determina- da. En opinión de Ferrajoli, ello sólo es posible si transformamos en derechos de la persona los dos únicos derechos que han quedado hasta hoy reservados a los ciudadanos: el derecho de residencia y el derecho de circulación en nuestros privilegiados países.

«Los habitantes de finales del siglo XX somos herederos de un lenguaje universal -la igualdad de derechos- que nunca tuvo la menor intención de incluir a todos los seres humanos», denuncia Michel Ignatieff. No es cierto que los seres humanos tengamos derechos: los únicos humanos con derechos plenos son aquellos que pueden acreditar su ciudadanía El PP busca reconducir el tratamiento de los inmigrantes a la ortodoxia estatonacionalista. Si no logramos pararles, el Mediterráneo seguirá encargándose de las tareas de limpieza étnica para que España y Europa puedan seguir amodorradas en el sueño hipócrita de que tales cosas sólo ocurren en Kosovo.

Imanol Zubero de la Universidad del País Vasco

 

 

 
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