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  Sección: Internacionales

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El PJ. Instrumento de la ruina de Kirchner

Oberdán Rocamora

Viernes, 3 de julio de 2009

Como un adolescente torpe que devuelve, con mirada inocente, un automóvil chocado, Kirchner, en emergencia, le arroja, al gobernador Scioli, la presidencia del Partido Justicialista. Por la cabeza. Ante el dramatismo implícito en el rostro de Balestrini, el vicegobernador. Titular, aparte, de la “Secretaría Política”.

Entrega Kirchner la presidencia del PJ estrellado. Al vice, Scioli, el líder de la Línea Aire y Sol, que viene devaluado por las consecuencias de su patológica lealtad.

Para que Scioli lo componga, al PJ. Lo ponga al menos presentable. Disponible para la ficción del “movimiento”.

Para ser explícitamente francos, el PJ que Kirchner le arroja por la cabeza a Scioli, en presencia del poder territorial real -o sea Balestrini-, es el instrumento simbólico de su ruina.

La representación del fracaso personal. Es decir, el fracaso político.

La madre de todos los errores La debacle anunciada del kirchnerismo, en el Portal, se trató antes. Mucho antes que en los grandes medios de la superada prensa tradicional. Los que, en el furor de la complacencia, colaboraron para gestar el penúltimo producto cultural del peronismo. Kirchner. Del que, en la actualidad, se espantan.

Se evaluó, por ejemplo, en el Portal, que a Kirchner le fue “infinitamente mejor, como presidente de la Argentina, que como presidente del Partido Justicialista”.

Como esbozo de estadista, al menos, a Kirchner se lo puede discutir. De ningún modo es por gratuita casualidad que en la Argentina se hable, exclusivamente de Kirchner, desde hace seis años.

Como dirigente partidario, en cambio, Kirchner derivó en una decepción elemental. Un desastroso fiasco que alcanzó a taponar, incluso, alguno de sus atributos incuestionables. Méritos eventualmente rescatables. Para este “desencuentro” no vienen al caso.

La orgiástica dilapidación del poder, coincidió, en Kirchner, con la proyectada reconstrucción del Partido Justicialista.

Un peronismo a la carta, a su antojo, al arbitrio de su paladar.

Patética consecuencia del máximo error básico. ”La madre de todos los errores”. El error que no lo condenó solamente al ocio de la desocupación. Lo indujo -aquel error- a la adicción de autoaniquilarse.

Consistió en haberse convertido, especulativamente, en El Elegidor. Al designar, arbitrariamente, a La Elegida. En la cúspide de los “plenos poderes”, que fascinaban a Neruda, antecedente poético de Alberto Fernández.

Con la racionalidad de creer, absurdamente, que Kirchner mantenía asegurado, por delante, doce años de kirchnerismo garantizado. Por lo bajo.

“Que desencuentro”.

Colaboracionistas En la instancia, colectivamente demencial, Kirchner contó, para ser rigurosos, con la resignada complicidad de una mayoría culposa de colaboracionistas.

Los colaboracionistas que hoy, como consecuencia de la dilapidación de la referencia, y por el “desencuentro”, lo impugnan.

Sin embargo, hasta abril del 2008, apenas catorce meses atrás, los colaboracionistas no vacilaban en apretujarse para sacar número. A los efectos de ser recibidos, por Kirchner, en las oficinas de Puerto Madero. Con el objetivo de asegurarse una de las seis vicepresidencias de aquel PJ que se construía a la carta. O alguna de las 22 secretarías. Aunque sea, para no quedarse afuera de la carta del PJ, una miserable vocalía, de las 46 que había para repartir.

Se recomienda la relectura de “Corporación de los 74″ (cliquear).

Por lo tanto, la mayor parte de los dirigentes peronistas, de importancia sensiblemente territorial, los que hoy preparan el pase de facturas, supieron inclinar, oportunamente, sus cervicales. Adiestrar los maxilares, ante aquel poderoso -Kirchner- que se creía eterno.

Las facturas son dobles. Se multiplican.

Para insistir en la autorreferencia, puede evocarse también “Adiós al PJ” (cliquear). Es de enero del 2008. Cuando Kirchner, que emergía como un golpista, había decidido gobernar la Argentina desde la presidencia del PJ que paulatinamente diseñaba. Como si El Elegidor hubiera intervenido, de facto, el gobierno de La Elegida, fragilizado hasta la banalidad.

Cuando, por gravitación personal del sujeto, era más significativo el conocimiento de la agenda del marido. Porque la agenda del caballero era la que valía. Interesaba más que las ceremonias meramente protocolares de La Elegida. Ya la dama había sido virtualmente derrocada. Condenada, en menos de cinco meses, al ejercicio abusivo de la oralidad. Transformada en accesorio suntuosamente decorativo. Que se atrevía, en la plenitud del desbarajuste que compartían, a emitir lecciones de moral. A aventurarse, hasta ayer, en las clases magistrales de docencia ética. Y de -incluso- técnica periodística.

Balance El balance de Kirchner, como presidente del estrellado PJ, es fatídico.

La instancia penosa de su gestión coincidió con el conflicto -horriblemente gerenciado- del campo. Donde Kirchner, en su magnífico desequilibrio, supo promover los actos más catastróficamente grotescos de la historia del peronismo. Con la gestación de escenas grandilocuentes. Con epílogos de cotillón que no vacilaron ante las románticas declaraciones de amor televisado en directo. Entre abrazos estremecedores y lluvia de papelitos brillantes. Momentos ideales para ser recreados en una próxima opera rock, que ilustre nuestra extravagancia histórica. Sin desdeñar, tampoco, aquel triste acto de asunción del instrumento de su ruina, el PJ. En aquel estadio del club que lucha por el ascenso, acaso Platense, tal vez Deportivo Morón. Donde El Elegidor, como nada tenía para decir, le arrojó el uso de la palabra a La Elegida. Con la impotencia similar que le entregó, ayer, al gobernador Scioli, el líder -gastado por el abuso- de la Línea Aire y Sol, la presidencia del Partido, el instrumento que lo sepultó. En presencia de Balestrini, el vicegobernador, titular de la “Secretaría Política”. Ninguno de los tres podía simular el rostro patético del desventurado que podía atreverse a entonar el tango “Desencuentro”. Letra de Cátulo Castillo. Música de Troilo. El que comienza:

“Estás desorientado y no sabés que trole hay que tomar, para seguir”.

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