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Sección: Internacionales
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Luchín y el "Yo" singularAriel SegalViernes, 23 de abril de 2010
Sus mejores amigos lo llaman Luchín, y resistió más de quince horas tras el terremoto de Haití con las piernas atrapadas bajo un muro de concreto hasta que, en la madrugada posterior, personas de la calle lo encontraron vivo, sacándolo de los escombros de lo que fueran las instalaciones de Radio Soleil. Dos de sus compañeros periodistas no sobrevivieron. Luchín, nacido en Lima, fue trasladado a un centro médico de la ONU, de ahí a República Dominicana, de donde el Gobierno del Perú lo trasladó en una avioneta, junto a su esposa, costeándole todos los gastos de operación y convalecencia en el hospital Loayza de Lima. Tras otra cirugía en la pierna y una en la cadera, él sabe que su trayectoria para recuperarse será larga y difícil, pero entiende lo privilegiado que es al haber sobrevivido y no quedar mutilado, como más de 200 mil personas en Haití. Y está hablando de todo lo que hará cuando regrese a Puerto Príncipe, en donde trabaja como periodista en medios especializados en educación para los pobres. ¿Por qué escribo sobre Luchín? ¿Y por qué ahora, y no semanas atrás? Primero, porque el terremoto de Chile me ha recordado la calamidad de Haití y de todos aquellos lugares en donde ocurren tragedias. Segundo, porque él y su familia son amigos cercanos, y por eso, su caso es el que me permite sentir la calamidad de todos los haitianos y chilenos y de todas las personas que padecen las consecuencias de tragedias, ya sean las causadas por las fuerzas de la Naturaleza, con mayúscula, o de la naturaleza humana. Es la misma razón por la cual requerimos de historias personales para comprender los grandes dramas del hombre. Es el por qué de tantas ficciones y documentales, del cine y de las novelas, por sobre los noticieros, como fórmula para lograr nuestra empatía hacia el dolor de los demás. En mi caso, la referencia del terremoto de Haití serán los cinco días que los Carazas no sabían si su hijo estaba vivo, y luego, todas las dificultades actuales. Tercero, porque la historia que me contó él sobre aquella noche que pasó en soledad bajo los escombros me recuerda la fragilidad de la vida, lo azaroso de nuestros destinos y la frialdad con que los analistas abordamos constante, e irremediablemente, los hechos noticiosos. Escribo, también, porque pocos saben del rol del Gobierno peruano para que él esté siendo bien atendido y sin exorbitantes costos en su país. Eventualmente, él se encargará de agradecerlo personalmente, cuando esté mejor, como me lo ha hecho saber, y también contará que no sería optimista sobre su salud si no fuera por el rol de varios medios de comunicación, especialmente Radio Programas del Perú, que, como favor personal a mí, le puso especial atención a su caso. No escribí antes sobre Luchín porque temía que, como suelen hacer muchos reporteros con víctimas recién baleadas o accidentadas, le pondrían un micrófono sin respetar el dolor post-operatorio. Temía que no se respetaría la privacidad y necesidad de él y su familia para pasar los momentos más traumáticos de su recuperación.
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