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Opinión y Análisis

Los incentivos del elector en política
Fernando Estrada

 
Viernes, 9 de diciembre de 2005

Los incentivos del elector para votar en las próximas elecciones estarán determinando quien gana o quien pierde en el ámbito político general, y la suerte de los partidos dependerá de aspectos semejantes. Es el caso de la campaña presidencial y las condiciones creadas para influenciar en este elector. Los analistas podrán recurrir a instrumentos dados por la teoría de juegos, el marketing propagandístico o sugestivos manuales de mercados electorales. En todo caso, pese al visto bueno sobre la reelección, nada está asegurado para nadie. Se pondrán en juego muchas cosas que no sólo tendrán que ver con la deliberación pública de las ideas o propuestas, sino también con la negociación del conflicto político y los poderes beligerantes de paramilitares y guerrilleros.

I.

En el fondo el tema será qué tanto pueden pesar los incentivos genuinos sobre el voto del elector. Predominará una racionalidad estratégica y no un voluntarismo ciego. Los incentivos en la campaña presidencial. Las encuestas ayudarán a hacer política a medias, sin propósitos concretos. Porque en lugar de planteamientos sobre temas estratégicos, las campañas de encuesta pueden debilitar el ejercicio natural de reflexión: demostrar con argumentos soluciones a problemas, probar la fortaleza del debate, magnificar la deliberación sobre problemas espinosos. En el caso de la negociación con los paramilitares predominará una racionalidad instrumental. Es un hecho concreto con un compromiso político, sea para demostrar definitivamente que es posible desmontar este sistema acéfalo sin mayores traumas de violencia colectiva. O que el propósito sea para atenuar los desajustes parasitarios de la ley de justicia y paz.

El segundo aspecto es la factura que tendrá que pagar la campaña del presidente Uribe. Porque candidatos como Rodrigo Rivera y Horacio Serpa, califican negativamente esta negociación. Estos cantos de sirena de los candidatos serán de impacto en el electorado. ¿Cómo pueden competir los candidatos tan sólo por una reacción ante sucesos de coyuntura? En esta campaña no encontraremos muchas ideas, pues éstas se reemplazarán por el espectáculo de grandes palabras. Entre los incentivos, en el caso de la negociación con las paramilitares, ¿por qué a muchos no les convence todavía? Si la racionalidad instrumental cuenta con sentido de futuro ¿Qué elementos son los que faltan?. Sacrificar un mal para hacer menor el mal que podemos tener por delante. Por ahora todos prefieren atacar la estrategia y continuar con la mágica concepción personalista de inculpar al gobierno por fas o por nefas, como decía Schopenhauer.

II.

En tiempos de campaña ha sido costumbre crear hechos imaginarios. El acuerdo humanitario, por ejemplo. Sin medir los grados de sensibilidad moral que tienen familiares y víctimas, guerrilleros y políticos hacen declaraciones que se borran al día siguiente. Una lectura jugando a cara o sello con un problema relativamente complejo. De nuevo los incentivos. Como no tenemos claridad sobre quién sea el verdadero contendor de Uribe, echar para cualquier lado parece recomendable. Pero es irracional. Y aunque López se ha hecho abanderado original de una causa en apariencia populista, la toman “a su medida” los políticos regionales para promover sus nombres. La guerrilla pretérita hace de nuevo fiestas. ¿Por qué no aceptar que en esta coyuntura el acuerdo humanitario está viciado? Sacarlo del espejismo discursivo requiere mayor presión internacional. Pero, ¿alguien puede advertirlo?

Podemos verlo de otra manera. Mientras los políticos hacen campaña con el acuerdo humanitario, el país y los colombianos reclaman hechos concretos. Una comunidad de amigos y familiares de las víctimas está continuamente siendo burlada. Se puede ilustrar con lo que hace y ha hecho este gobierno. Aunque sabemos también la siniestra aridez de las Farc. No se han creado condiciones adecuadas. Y sin embargo, los políticos y las sirenas creen que el problema es la falta de voluntad. ¿Qué incentivos tendrían las Farc para liberar a Ingrid Betancourt? ¿Será que su proyecto político, sin duda reformulado, incluye combatientes que llevan entre 3 y 8 años en las cárceles? ¿Por humanitarismo con los familiares de sus integrantes? La racionalidad estratégica de las Farc contempla pedidos irracionales de corto plazo: la libertad de Simón Trinidad, por ejemplo. Y los incentivos que puede tener un presidente en campaña, ¿por qué no elevarlos a una categoría de compromisos equivalentes con obligaciones de la Carta de Naciones Unidas? El asunto es que vivimos en una política de milagros. Pero una cosa es creer en los milagros, otra distinta integrarlos a la política.

III.

Los incentivos también afectan la imagen. Algunos periodistas creen que la barrida en las encuestas del presidente obedece a una polarización provocada por la política de seguridad. Una derechización de la mayoría. En realidad lo que se percibe, además, es el cansancio con la guerra, una negativa hacia posiciones extremas, la gente no tiene mucho interés en mantener negociaciones a medias. En síntesis, lo que se espera durante esta campaña es el repliegue a temas concretos que afectan la canasta diaria, tarifas de matrícula, ingresos, empleo formal. En este sentido, los medios de comunicación perturban, porque contribuyen a poner los énfasis en los lugares equivocados. A cambio de una formulación estudiada sobre la distribución equitativa de los ingresos, por ejemplo, le sugieren al candidato que se refiera al mundial de Alemania 2006.

Que respondan los candidatos ¿Cuánto del presupuesto se continuará trasladando a la seguridad democrática? ¿Cuánto al Congreso? ¿Cuánto a los hospitales? ¿Cuánto a la educación pública? ¿Cuánto a los jueces y abogados? ¿Cuánto a los trabajadores de Ecopetrol? Los incentivos son una cosa que obra en beneficio de la razón pública. Porque nos indica realmente cómo va cada quien. Toda decisión económica en un sector, crea inequidad en otros. Estos son los temas que tiene obligación de responder una campaña, un candidato. Y aunque parezca contrario, la evolución de la economía durante este período ha mejorado a nivel de los ingresos fiscales y tributarios, pero también ha degenerado oportunidades valiosas para mejorar la calidad de vida de la mayoría. No se han creado fuentes laborales sólidas, y el subempleo no es más que un eufemismo de una mayor pobreza.

Si en lugar de una divulgación abarrotada de encuestas, los medios coadyuvarán a abordar debates sobre el tipo de incentivos que afectan a sectores claves del desarrollo social, la política se revitalizaría. Un debate que comprometa, por ejemplo, el problema sobre los impuestos dedicados a servicios públicos: educación, salud, vivienda, seguridad, cultura, guerra, etc. El destino de estos recursos se ha ido incrementando sin transparencia. En cambio aún persiste la maquinaria de clientelas de poder local, intimidados suavemente por el paramilitarismo. Los dineros de los contribuyentes se reparten de acuerdo con el sistema de valores que presiden las campañas, y no por la relación de incentivos, que dependerían de condiciones concretas. Muchas poblaciones locales son una muestra contraria.

IV.

El espectáculo en los medios ha convertido la política en algo poco serio. Los valores de la política se han vuelto difusos. Y los debates realizados hasta ahora nos hacen ver que en esta campaña se defenderán pequeñas causas. En casi todas las intervenciones los candidatos luchan contra el fantasma de Uribe. La dinámica de sus opiniones tien ciclos y ritmos irregulares, dependiendo de las reivindicaciones de pequeños detalles. A Serpa muchos electores lo ven repetido. Y desluce como político, opacado ante las nuevas alternativas. Rodrigo Rivera, pretende emular al estadista, pero con un recorrido de ideas superficiales. Cecilia López, temperamentalmente seria en sus afirmaciones contra el modelo administrativo de Uribe, pero distante al elector común. Rafael Pardo hace la política en zig zag. ¿Podría ser de otra manera? Entre los candidatos liberales, es quizás de quien se puede esperar mejores controversias de ideas.

Así se hace la política en Colombia o en la Patagonia. Ante la ausencia de una visión global de opciones para el futuro inmediato, la referencia no puede ser sino de proximidad. Lo que explica por qué los discursos de los candidatos se parecen tanto. ¿Qué diferencia ideológicamente a todos ellos de Uribe? Sus temas de campaña marchan al ritmo de lo que ha hecho o no el presidente. Y no podría ser de otra manera. La verdad, ningún candidato ha preparado un programa lo suficientemente distante de la agenda del actual presidente. Analice y verá. No hay visión clara de escenarios de gobierno que toquen a fondo problemáticas tan complejas como el subempleo, o los efectos sociales de la negociación paramilitar.

Tampoco es para alegrarse. Con su resentimiento hacia los partidos, Uribe ha dilapidado oportunidades para que Colombia madure políticamente sus instituciones. Hemos pasado sin pena ni gloria de períodos vacíos de gobierno, del bipartidismo con mandarines, a una época de afirmación política caudillista. En cualquier instancia de vida política del país, sométase a prueba la enorme complejidad para equilibrar las demandas legítimas, de todo el resto. Demandas que funcionan como órdenes en la personalidad del gobernante. Basta pasarle revisión al carácter mendicante de las intervenciones del ciudadano en los consejos comunitarios que se ven por televisión cada sábado. El arquetipo del gobernante caudillo ha calado en la conciencia común y será difícil reorientar esa opinión. Más presidente que Estado. Un panorama que evidencia contundentes retrocesos.

V.

Hay que lamentar la ausencia de partidos fuertes, pero más, lo que se ha denominado, los mercados electorales. A cambio de programas de gobierno, los equipos de campaña (apoyados por los medios) se han vuelto ditirambos en el arte de invocar el interés general para legitimar el propio. De nuevo los discursos van y vienen entre una ambigüedad y otra: paz, desempleo, seguridad. Y desde luego que nada obliga a creer. Pero estos discursos románticos lesionan la política. Parece no tener regreso esta sectorización privada de los temas públicos: economía, educación, salud, vivienda. Tampoco sus dolientes. Fragmentación del temario de gobierno, grupos políticos individuales, dispersión derivada de conflictos. En suma, cambiaremos para que todo siga igual. Aquello que combinamos entre la política y el conflicto armado, es un reflejo de dos crisis dinámicas que han sobrevenido con este gobierno, cada una de las cuales propone un repliegue cortoplacista. La conversión a una política que se fundamenta en las promesas de un mercado electoral abierto ¿Cómo incitar al esfuerzo del candidato cuando existen ganancias casi ilimitadas de su más fuerte contendor? Y ¿cómo medir los incentivos cuando prevalecerá una campaña de frases cortas y la magia hechizante de los medios?

Siendo la propia identidad del Estado lo que está en juego, por contraste nadie quiere arriesgar los votos que le ofrece una determinada alianza. No se trata solamente de renovar votos por los medios técnicos para aumentar la eficiencia de los servicios y otras instituciones del orden municipal o departamental. Menos política, más administración. Se trata sobre todo de preparar el porvenir, de poner la política al servicio de un proyecto colectivo como nación, de tener una ambición que no sea sólo de gestión. Los mismos que proyectan las encuestas o quienes las difunden y magnifican, deberían ayudar a crear estos debates con seriedad.

Dimensionar aspectos concretos sobre necesidades sociales apremiantes es en parte una responsabilidad que compete a los difusores de opinión. Invitar a quienes posean las mejores ideas para que desarrollen debates abiertos sobre política, conflicto, educación y cultura, es tarea urgente. Exigir a quienes se presentan a cargos públicos: senadores, congresistas, concejales, alcaldes, que muestren cómo sus propuestas sirven para cohesionar más al país, para hacerlo más habitable. Lo contrario es fomentar una política al azar, coyuntural, reflejo de la pereza mental y el egoísmo de su dirigencia. Las candidaturas no definen un estilo de gobierno pero lo facilitan.

Entre los incentivos de la campaña presidencial, naturalmente, pesarán demasiado las economías que puedan mover los candidatos. Y en materia de controles, sabemos, nuestra institucionalidad ha sido tradicionalmente floja. Si el poder económico tendrá un papel decisivo, porque se evidencia la circulación de dinero proveniente del lavado de activos y el narcotráfico, tanto más urgente es que la opinión pública tenga suficiente ilustración. Y los foros que pueden ilustrar al ciudadano contemporáneo son escenarios donde sea verdadera la confrontación ideológica. Por esto una mayor participación de las universidades, de intelectuales e investigadores, tendrá que ser el reto de los medios de opinión. Contra la política hecha de buena fe, tenemos que respaldar un mayor conocimiento de las razones e incentivos de quienes profesan la vocación política. Porque se trata, como lo propuso Max Weber, de que también los científicos de la política puedan escrutar la racionalidad instrumental de los políticos.

fernandoestradagallego@yahoo.es

 

 

 
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