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Sección: Internacionales
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Honduras: el tema de ahoraFernando MiresJueves, 23 de julio de 2009
Ahora el problema más grave de Honduras se llama Manuel Zelaya.
Ya el procedimiento golpista que sacó a Zelaya del poder ha sido lo suficientemente criticado. Había que hacerlo so pena de admitir un caso precedente que pudiera, de algún modo, inducir a que militares de otros países tuvieran tentaciones parecidas. Había que hacerlo, además, para desmarcarse de las ultraderechas antidemocráticas y golpistas que anidan en todos los países, derechas que no son sino el otro polo del militarismo populista dictatorial representado por el chavismo y su caballo de Troya, que es el ALBA También está claro que el golpe jamás se habría producido si Zelaya no hubiese atentado en contra de una de las llamadas leyes pétreas de la Constitución hondureña, a saber, aquella que impide cualquier intento destinado a la perpetuación en el poder. Ya sobre eso se ha escrito demasiado y no vale la pena volver a hacerlo. El hecho objetivo es que el golpe de Estado no llevó –como en un momento se temió- a una dictadura militar sino a un gobierno civil, parlamentario y provisional. Dicho gobierno se ha abierto al diálogo (nacional e internacional) destinado a una re- institucionalización del país, posibilidad por lo demás muy viable, habida cuenta de que las próximas elecciones presidenciales tendrán lugar este mismo año. En breve: si el golpe fue muy parecido a los que ocurrieron en el pasado reciente en América Latina, el escenario político que siguió al golpe es inédito. El tema de ahora es entonces –a partir de condiciones no deseadas, pero sí, dadas- como ayudar a que Honduras reencuentre el camino hacia la democracia. Ese camino está bloqueado en estos momentos no por Micheletti –quien no quiere perpetuarse en el poder- sino por Zelaya, secundado por el ALBA, alianza militar expansionista dirigida desde Caracas y La Habana. Zelaya no sólo ha violado la Constitución de su país. Ha llamado a la insurrección exponiendo las vidas de muchos hondureños, soldados y civiles quienes caerían, no por un ideal ni por una vida mejor, sino sólo por los deseos incontenibles de poder de un individuo. No vale la pena que nadie muera por tan poco. Más todavía si se tiene en cuenta que Zelaya ha puesto sus ambiciones personales al servicio de los proyectos expansionistas del chavismo continental cuyos objetivos –lo sabe todo el mundo- están muy lejos de ser democráticos. No es un secreto para nadie que a través de la re-entronización de Zelaya, los Castro y Chávez buscan recuperar una simple ficha geopolítica perdida en el tablero latinoamericano. Si un reconocimiento del gobierno Micheletti aparecía como un despropósito en los primeros días que siguieron al golpe, hoy, tomando en cuenta el rumbo y las aperturas asumidas por el gobierno hondureño, ese reconocimiento aparece como una alternativa; más aún, de acuerdo al desarrollo de los hechos: como una necesidad. La tarea de las fuerzas democráticas, tanto en Honduras como en el exterior, es asegurar que las próximas elecciones tengan lugar en un marco institucional y bajo las condiciones más pacíficas posibles. Ello no ocurrirá si Honduras se encuentra en medio de una guerra civil provocada por la falta de grandeza de Zelaya, rodeada por un clima hostil, puesta a merced de las amenazas de invasiones extranjeras, o simplemente agredida violentamente desde el exterior. Los gobiernos más democráticos de América Latina tienen la palabra: con la OEA o sin la OEA. fernando.mires@uni-oldenburg.de |
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