La escena geopolítica La nueva expansión de la OTAN Roberto Palmitesta D.
Martes, 26 de noviembre de 2002
La reciente cumbre de la OTAN en Praga tiene una significación que va mucho más allá de la simple invitación a nuevos miembros. Ante todo, representa el firme avance de la alianza militar más exitosa de la historia, que ha durado más de medio siglo, resistiendo el avance del comunismo y contribuyendo efectivamente a su derrumbe en Europa Oriental. Pronto tendrá tres miembros colindando con Rusia, un hecho que no gustará mucho al gobierno ruso --por eso Putin no asistió a la cumbre--, pero que lo aceptan como algo inevitable y que incluso los animará a integrarse plenamente a la misma alianza a su debido tiempo, imitando así un conocido proverbio norteamericano del mundo comercial. “si no puedes vencerlos, únete a ellos”.
Europa está comprobando que su unión la convertirán pronto –cuando termine la tercera fase-- en la primera potencia económica del globo, con un mercado potencial de casi 750 millones de personas de alto poder adquisitivo, el triple de EE.UU. y siete veces mayor que el de Japón. Se espera que --con una UE ampliada bajo el manto protector de la OTAN-- Europa recobrará su antiguo poderío y esplendor, alejado de las destructivas guerras que la mantuvieron en un tortuoso rumbo en el pasado. Esta renovada autoestima y el entusiasmo con que prosigue su unidad política –ahora con una ideología común centrada en la democracia y el capitalismo-- se ha visto simbolizada en la adopción parcial de una moneda común en el viejo mundo, todo un hito histórico aún cuando cada nación conserva su autonomía en muchos aspectos y sus tradiciones culturales.
Otra muestra de esta confianza ha sido la constante oposición a una intervención unilateral de la superpotencia en Iraq, vociferada desde varias capitales europeas y especialmente desde París, donde un Chirac recién reelecto para otro período insiste en llevar la voz cantante de Europa, tratando de revivir viejas glorias francesas de liderazgo como en tiempos de De Gaulle y los Bonaparte. Esta oposición se hace a pesar de que en varias naciones clave –Francia, Italia, Austria, Holanda y España—existen gobiernos de centro-derecha más afines al republicano que acaba de reafirmar su mayoría al otro lado del Atlántico. Y teniendo al Reino Unido como su aliada incondicional, -con gobierno laborista y todo-- Bush se ha atrevido a torcer el brazo a la ONU para que aprobara una resolución que forzara a Hussein a desarmarse, contando al menos con la neutralidad condicionada de Rusia y China. Mientras tanto, la otra gran potencia europea, Alemania, sigue al margen de los acontecimientos con una actitud cautelosa por el lastre de su lamentable pasado nazista, que ha frenado su armamentismo y su inclusión en cualquier plan bélico. Habiendo sufrido en carne propia la invasión aliada y una larga ocupación, Alemania parece concentrarse en la reactivación de su economía, afectada como todo el resto de Europa por la recesión mundial acelerada por el terrorismo.
De ahí que la OTAN, ante la ausencia de un enemigo común –toda alianza necesita uno-- acaba de declarar al “terrorismo internacional” como el sucesor del comunismo como antagonista, de modo que pueda seguir modernizando su armamento y manteniéndose listo para la acción dentro de una organización que cuenta con las armas más sofisticadas del mundo, y contra las cuales ninguna otra potencia querrá medirse. Ya cumplió una difícil misión en los Balcanes, al pacificar varios países de la fragmentada ex Yugoslavia, y ahora buscan otro objetivo para mantenerse activos. Mientras tanto Iraq ha estado coqueteando con varios países europeos para que apoyen su causa –o al menos que no se pongan del lado de EE.UU.-- , utilizando el incentivo de su potencial petrolero, quizás su único punto fuerte por ahora, pues se ha empobrecido mucho últimamente gracias a su obsesión armamentista y las guerras sufridas, todo cortesía del liderazgo irresponsable de Hussein.
Además del deseo de mantener una cierta independencia política para consumo interno, la presente actitud de algunas naciones europeas tienen un claro cariz económico, pues del viejo continente han salido las potencias coloniales del pasado y todavía existe una cierta ascendencia sobre los países del Mediano Oriente, gracias a legado cultural y la proximidad geográfica, que puede competir favorablemente con la superpotencia norteamericana de la misma manera que ésta tiene cierta ventaja en el hemisferio occidental.
Bush aprovechó la cumbre para ir a un país recién independizado del dominio ruso, Lituania, cuyo coloniaje nunca había reconocido de todas maneras durante la era soviética. Fue un acto de acercamiento político que no fue del agrado de Moscú, especialmente con la enfática declaración de Bush de que “Cualquier enemigo de Lituania, será también enemigo de EE.UU.”, con una clara referencia a que no se repita un evento como la anexión de la URSS en 1940, que aprovechó la confusión de la guerra mundial recién iniciada. Lituania fue escogida a propósito como un símbolo de la protección que ofrece ahora la única superpotencia a las pequeñas naciones europeas, y en cierto modo reafirma la intención de Washigton de seguir comprometido con el continente, ante cualquier resurgimiento de la hegemonía rusa. Y aunque esto se debería descartar debido a la actual debilidad económica de esa vasta nación, nunca se sabe lo que puedan hacer los militares y la ultraderecha, especialmente ante una pobreza que sobrepasa el 50% y la tentación nacionalista o populista que implica. Por eso Putin insistió ante Bush –dorándole la píldora con petróleo--que los países próximos a las actuales fronteras rusas se mantuvieran libres de tropas de la OTAN, petición seguramente hecha a Bush a instancias del estamento militar ruso, que todavía se resiste a aceptar el cerco gradual de la OTAN, acomplejado por su inferior papel en la política interna.
Ahora unidos con el propósito de combatir el terrorismo, la OTAN seguramente incrementará su arsenal bélico y unificará sus servicios de inteligencia, a pesar de que existe mucho escepticismo sobre la efectividad de la vía militar para frenar un fenómeno tan alarmante y ante el cual se han visto casi inermes, debido a la naturaleza subterránea y escurridiza de los grupos terroristas, cuyo financiamiento –curiosamente- se ve cada vez más relacionado con los mismos petrodólares que pagan los países de Occidente para asegurarse el suministro energético. Aquí aflora el doble juego presente en la mayoría de los países islámicos, los cuales por una parte condenan el terrorismo, pero por la otra se ven obligados a criticar abiertamente la presencia anglosajona en el Mediano Oriente y su apoyo irrestricto a Israel, para apaciguar a los grupos radicales en sus propios países, temerosos de la amenaza subversiva a sus frágiles regímenes autoritarios.
De ahí que una democratización gradual de esa conflictiva región se ve como un objetivo prioritario de la OTAN, de modo que asegure una mayor estabilidad política y un constante suministro petrolero, sin los conflictos que pueden causar las disputas fronterizas, los problemas territoriales (v.g. Palestina) y las revoluciones centradas en el fundamentalismo musulmán (v.g. Irán). Esta última tendencia se ha visto muy relacionada con el terrorismo islámico, por lo que casi existe una relación directa entre los actos bárbaros que se planifican en los sectores extremistas y el fanatismo religioso que promueve un regreso al pasado, en un camino alejado del modernismo que desea imponer Occidente con su poderío político, económico y militar, a menudo torpemente por la poca comprensión de las culturas tradicionalistas de la región.
Precisamente, la misma insistencia de EE.UU. hacia el derrocamiento del régimen de Hussein –la operación militar se llama “regime change”— le está causando a Washington una pérdida adicional de popularidad entre los pueblos de la región, que ven el oportunismo de Washington en valerse de regímenes dictatoriales o partidocracias monolíticas (Pakistán, Uzbekistán, Egipto) y monarquías feudales (Arabia Saudita, Emiratos, Kuwait) mientras insiste en imponer a sangre y fuego un régimen democrático en Iraq, sistema para el cual no parecen listos a digerir después de siglos de tutelaje colonial y largas dictaduras militares.
En el fondo, el escepticismo sobre el éxito de los planes de la alianza anglosajona es el mayor enemigo de los mismos, pues no se le ven posibilidades de éxito, máxime con los problemas que todavía se confronta en un país recién “liberado” como Afganistán, en el cual está costando mucho esfuerzo la aceptación del sistema democrático, así como en otros países con una alta presencia musulmana y recién salidos de la órbita soviética en el Cáucaso, o con una corta experiencia republicana como Pakistán, Indonesia, Malasia y Filipinas, todos como apenas medio siglo de autonomía, y donde se ha sufrido gobiernos autocráticos a menudo con la anuencia de Washington.
De ahí la reticencia de ciertos países europeos a apoyar abiertamente el proyecto de Bush para Iraq, aunque verían con agrado la desaparición de un personaje astuto, cruel y ambicioso como Hussein. Y en medio de todo esta incertidumbre, la persistencia del conflicto palestino sigue siendo el gran dolor de cabeza de EE.UU., por haber estimulado la continuación de una ocupación insostenible en el futuro, al darle apoyo económico y militar a Israel y convertirse en su protector de facto, ante la frustrante impotencia de los gobiernos árabes y persas de la región. Aquí aflora otra contradicción, pues Washington sigue vociferando una solución política al prolongado conflicto, pero se hace la vista gorda a las resoluciones de la ONU para que Israel termine con la ocupación y favorezca efectivamente –y no sólo de palabra-- un estado palestino, todo mientras Bush se queja de que Hussein no ha obedecido las recientes resoluciones de la ONU para la eliminación de las armas de destrucción masiva. Una actitud obviamente producida por la arrogancia del poder, especialmente desde que es la única superpotencia del globo, pues parece no preocuparle las críticas en este sentido.
Y aunque los continuos atentados terroristas en Israel y las zonas ocupadas no hacen sino echarle más combustible al fuego, reforzando quizás algunos argumentos de la derecha para mantener la ocupación, es posible que el largo estancamiento económico causado por la Intifada en los pasados dos años favorezca ahora a un candidato laborista a la jefatura del gobierno, en la persona de un general retirado y de ideas moderadas, Amram Mitzna. Este se ha manifestado abiertamente a favor del antiguo plan pacifista de su fallecido copartidario Yitzhak Rabin, el único líder que ha hecho avanzar la reconciliación en la zona después de la osada iniciativa de Sadat y Begin a principios de los ochenta, que lograron la paz entre Egipto e Israel, aunque ésta fuera propiciada con el incentivo de una “ayuda” vitalicia de tres millardos de dólares anuales para cada país.
Como puede verse el factor económico ha influido bastante en el mantenimiento de la paz, --pues esa renta es válida mientras no se peleen—pero a final de cuentas ambos países se han beneficiado de la forzada paz por reducir su gasto militar. Aunque no se le dan muchas posibilidades de éxito al ex alcalde de Haifa por su limitada experiencia gubernamental –los rivales Sharon y Netanyahu han sido ambos primer ministro—es posible que una mayoría israelí vea la conveniencia e cambiar de rumbo, ante el fracaso de la línea dura en los pasados meses. Esta posibilidad existe a pesar de la posición extremista de algunos sectores ultra conservadores que insisten en anexarse olímpicamente Cisjordania y Gaza, algo poco realista en una época donde la conquista territorial no está permitida por las normas internacionales.
En realidad, para un país progresista como Israel no debe ser agradable ver como se desangra económicamente por su alto presupuesto militar, además de la virtual ausencia de nuevas inversiones y el turismo a causa de los ataques terroristas, sin contar las continuas bajas civiles y militares. Por otra parte, tampoco pueden seguir enguerrillados con sus vecinos para siempre, y se dan cuenta que cada represalia aleja más las posibilidades de una convivencia pacífica con los palestinos. Por esto, la eventual candidatura de Mitzna puede constituir una verdadera sorpresa que cambiaría totalmente el panorama político de la región y –si logra revivir el plan de paz basado en el retiro gradual de las zonas ocupadas- eliminaría de plano una de las excusas que tienen los terroristas para sus acciones, desenmascarándolos ante la comunidad mundial como grupos que sólo promueven oscuros intereses personalistas o foráneos, sin preocuparse mucho por el bienestar de los pueblos. Por otra parte, los palestinos acudirían gustosamente a una mesa de negociación liderada por los laboristas, propulsores del plan de paz de Oslo/Madrid hace una década.
Ante una eventual iniciativa de paz, los países europeos –con su unión fortalecida por el Euro y una Otan ampliada-- pueden jugar un papel importante, al presionar a Washington para que trasfiera su apoyo al partido laborista, pues una victoria de Mitzna facilitaría también una democratización gradual –sin acudir a la presión militar, como en el caso de Iraq-- tanto de la Autoridad Palestina como de otros gobiernos autoritarios de la región, eliminando así un frente conflictivo que podría hacer concentrar los esfuerzos de Occidente en su cruzada contra el terrorismo criminal y pseudo-nacionalista, apoyado en el factor étnico-religioso y asociado frecuentemente al complejo problema palestino. Al finalizar este conflictivo año que ha sido el 2002, al menos queda esa esperanza y los países de la Alianza Atlántica deberían alimentarla, si realmente quieren propiciar un período más constructivo que el actual, enfocado en actitudes poco civilizadas como la hegemonía y la guerra.