Breve Historia de la tolerancia: sus dificultades en América Latina Carlos Fernández Cuesta
Lunes, 14 de agosto de 2000
La tolerancia es un tema al que no podemos eludir en las circunstancias tan amenazantes para ella en América Latina. La tentación a la opresión de diversos gobiernos latinoamericanos, revelan que se quiere estorbar su ejercicio, aunque esos mismos gobiernos, teóricamente sin excepción, la consideran una premisa de los derechos humanos. En rigor puede decirse, que los procesos democráticos en nuestros países aparecen como el tránsito progresivo de una democracia restringida que tiende a generalizarse pero que nunca logra una apertura total.
Frecuentemente se ha visto interrumpida por dictaduras caudillistas, o por el líder providencial, que con intenciones nacionalistas, y en nombre de una solidaridad orgánica nacional, concluyen abriendo enormes abismos entre los distintos núcleos nacionales, provocando convulsiones más hondas y sepultando la libertad.
La tolerancia históricamente refiere la concesión de libertad a quienes disentían en materia religiosa. Henry Kamen señala acertadamente en un estudio que hace sobre ella, que la evolución de la tolerancia no siguió nunca un desenvolvimiento lineal sino cíclico, además de que a cada sociedad le corresponde su propia clase de intolerancia. Lo que sí resulta claro, es que la tolerancia rebasó los términos religiosos para posesionarse de lo político y lo económico. Es significativo en el estudio progresivo de la tolerancia, que los movimientos religiosos o políticos en cualquier tiempo mantienen como reivindicación básica el principio de la libertad. En el caso de la Iglesia Cristiana los apóstoles predicaron tanto la libertad interior como exterior, la gracia de Cristo de acuerdo a esta prédica había redimido y absuelto al hombre otorgándole libertad plena, en la misma medida el Cristianismo ha de respetar a los otros con el espíritu de la caridad basado en libertad. La
diferenciación absoluta entre la Iglesia y el Estado y la adhesión casi incondicional a tal principio, le otorgó a la Iglesia primitiva una bien ganada reputación de tolerancia y pacifismo.
En el 313 bajo Constantino el imperio Romano concedió tolerancia oficial a los cristianos, su filosofía revolucionaria ya asimilados a las normas de la sociedad del imperio y en plena expansión mas allá de las naciones y de las clases, fue convirtiendo cada vez más su fuerza en una expresión conservadora, a finales del siglo IV había llegado a aceptar el uso de la coacción punitiva contra los cristianos heterodoxos. Como religión oficial se encaminó hacia una alianza de intereses con el poder secular, esta alianza entre la Iglesia y el Estado será la base de la intolerancia en la Edad Media, la Iglesia predicaba la resignación como coartada al sometimiento a los poderes terrenales, en la práctica se acudía al brazo secular para que se llevara a cabo lo que consideraban “persecución justa” pues el éxito de la empresa expansionista lo justificaba. Aceptar la fe significaba unidad y seguridad para la sociedad, la disensión suponía una amenaza para su estructura. Sabemos que la libertad de cultos se halla arraigada en la sociedad occidental contemporánea, pero el tránsito para conquistarla no fue fácil y resultó en ásperos y violentos conflictos surgidos entre aquellos que trataban de imponer coactivamente unas convicciones religiosas uniformes y quienes defendían el derecho a la discrepancia y a la heterodoxia. Este mismo modelo represivo, llevados en algunos casos a la más extremada crueldad (al principio casi todos como el Cristianismo primitivo, puros y paradigmáticos) fue el aplicado por las revoluciones e ideologías políticas que irrumpieron en el siglo XX en Europa y en el llamado “Tercer Mundo”, y aunque los abominables fantasmas del chauvinismo, de las antiguas furias religiosas, del fanatismo nacionalista, y el racismo presentan por desgracia signos inquietantes y pujan por reaparecer hoy dentro de las sociedades de Europa occidental y de Norteamérica -vencedoras del fascismo, el nacismo y el comunismo- es dado pensar con optimismo que en esas naciones su solidez institucional y su cultura de la tolerancia no se mostrarán pusilánimes para vencerlos.
En América Latina la cuestión se presenta de manera distinta pero más dramática. Las inmensas desigualdades y la debilidad institucional han conspirado para que la democracia no arraigue; hemos acompañado la aventura moderna sólo en la conciencia, nuestros pensadores y políticos se adhieren teóricamente a los principios del estado moderno pero la práctica democrática es limitada y obedece torpemente a imperativos históricos de una sociedad tradicional con los ingredientes populistas y clientelares que con sus ataduras imposibilita al individuo a ejercitar sus derechos libre y abiertamente en la medida que lo permitan las demandas de sus capacidades y de situación. El partido, el grupo social, la milicia, la Iglesia, el sindicato, el líder, fue la expresión de un sociedad corporativa, estamental, lo consagrado políticamente no era la persona sino la corporación, el estamento, el grupo de presión al que se pertenece; los derechos políticos no le corresponden a cada cual como individuo, su relación con el grupo determinará su acceso a esos derechos y su movilidad social. Siendo la democracia una práctica moderna, en Latinoamérica se modeló bajo las formas de la sociedad tradicional de grupos de clientelas o de corporaciones, la idea nacional es sólo una excusa que se hace parte de un decorado sangriento y fratricida de guerras partidistas pero que en ningún caso son verdaderas luchas institucionales de carácter nacional. La opción populista en boga a partir de la primera década de los cuarenta, amplío los compromisos de tipo clientelar pero no resolvió los antagonismos básicos y pervivió bajo el peso de una sociedad tradicional, la sociedad liberal proclamada en códigos y leyes, esto es, los valores de la competencia, del mérito y de la eficacia técnica poco tuvieron que ver con el ascenso de las diferentes clases sociales, será el miedo, la admiración, el amiguismo, la lealtad, la fortuna, los instrumentos sistemáticos de vinculación con la política y con el estado, consagrándose una singular forma de despotismo, jerarquizado rígidamente en el ámbito local y nacional: cacique, jefe del partido, líder, caudillo. Este inapropiado cuadro no superado hoy en lo esencial, a desatado por una parte, la práctica de la intolerancia y la desconfianza en soluciones institucionales y por la otra el mito de la redención, traducido en el exceso de confianza de la misión de la política para generar cambios radicales, rápidos, mágicos, perfectos, que nos llevarán del reino de la opresión y la desigualdad al de la prosperidad y solidaridad. Este redencionismo se ha manifestado de distintas y variadas maneras a lo largo de nuestra historia, militaristas y civilistas de derecha o de izquierda, y si en el pasado tiene como estandarte en el caso venezolano a el general Gómez y la teoría del “gendarme necesario”, hoy su ente representativo lo es el caudillo popular bolivariano y la difusa tesis de la “Democracia Bolivariana”.
En conclusión pensamos que en Venezuela, para un eficaz desarrollo de una cultura de la tolerancia, y una democracia moderna, esto es, la autodeterminación individual a través de la voluntad general en un marco de leyes que sean iguales para todos, el Estado y no sus locuaces protagonistas, debe cumplir el indispensable papel de ser un mediador entre el individuo y su libertad , para ello hay que extirpar de una vez por todas los espejismos redencionistas , de no ser así, lejos de lograr el anhelado afán de una identidad y un proyecto nacional jamás encontrado, seguiremos siendo lo que nunca hemos dejado de ser, facilitadores de nuestro despotismo.