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Opinión y Análisis

La escena geopolítica
El terrorismo se intensifica y crece la oposición a la guerra
Roberto Palmitesta D.

 
Martes, 29 de octubre de 2002

Dos tendencias se han hecho muy evidentes en las últimas semanas, pues mientras se han producido espectaculares ataques terroristas –especialmente en Indonesia y Rusia – crece a diario la oposición a un ataque militar contra Iraq. En principio, las dos tendencias parecen contradictorias, pues la intensificación del terrorismo debería haber incrementado –a juicio de Washington- el deseo de los países civilizados a combatirlo por todos los medios, incluso el de derrocar regímenes que pudieran fomentarlo. Pero, a pesar de la repulsión que sienten las mayorías mundiales contra los bárbaros procedimientos de grupos extremistas, se escenificaron manifestaciones multitudinarias en todas las grandes capitales de Occidente, incluso en los dos países anglosajones que propusieron la intervención militar contra Saddam Hussein.

A estas alturas, al año del haberse iniciado formalmente la guerra frontal contra el terrorismo, debe parecer bastante evidente que no es posible derrotar al terrorismo islámico por vías militares o represivas. De hecho, a pesar de haber derrocado al régimen Talibán que lo cobijaba en Afganistán, el grupo militante Al Qaeda sigue activo en otras partes del mundo, y recibe no sólo la cooperación abierta de otras organizaciones terroristas sino el apoyo de grupos radicales islámicos que existen en otros países de Asia y Africa. Así, hemos visto como en las elecciones parlamentarias pakistaníes, el fundamentalismo ha registrado ganancias apreciables, mientras en otros países del Mediano y Lejano Oriente --tildados de “moderados”--, existe un fermento extremista que amenaza con desestabilizar tanto a los regímenes feudales (Arabia Saudita, Kuwait) y autocráticos (Pakistán, Egipto) como los relativamente democráticos (Indonesia, Filipinas).

En suma, hay serios indicios que el enfoque agresivo que le ha concedido Bush a su campaña, no está dando los resultados esperados, lo cual implicaría un cambio de orientación a todo el esfuerzo antiterrorista, ahora asociado mayormente con la disuasión militar, sin examinar a fondo las razones reales que han generado el fuerte movimiento antioccidental dentro de esos países. En otras palabras, se están atacando los síntomas de la enfermedad, pero no las causas profundas, a pesar de conocerse que estas últimas se deben no sólo a viejos sentimientos anticoloniales sino a la hegemonía geopolítica y económica que quieren imponer tanto los países anglosajones como otras potencias que desprecian la cultura islámica. Esto es lo que acontece justamente en Rusia, que –sin aprender de la contundente derrota soviética en Afganistán a fines de los 80— ahora se ve envuelta en una guerra contra los separatistas chechenos, de tinte nacionalista pero clara orientación fundamentalista, que reciben apoyo moral y material de regímenes teocráticos como Irán, y probablemente hasta de partidocracias monolíticas como las imperan en Iraq y Siria.

Curiosamente, el serio incidente de la toma de un teatro en Moscú, ha exacerbado la paciencia de los rusos y probablemente la harán alinear ahora con el esfuerzo bélico estadounidense, produciendo un viraje de la oposición que manifestaba anteriormente Putin hacia la guerra contra Iraq, mayormente a causa de los intereses económicos que tiene Rusia en esa nación. La brutal resolución de la crisis de los rehenes del teatro moscovita, con evidentes errores técnicos y de criterio de parte de las fuerzas represivas –que causaron innecesariamente muchas muertes inocentes por envenenamiento-- complicará aún más la situación y le han restado popularidad al gobierno de Putin, aunque haya reconocido públicamente su torpeza. Esto, mientras el enérgico mandatario ruso trata de enmendar los errores de su predecesor y reactivar la maltrecha economía del país, sin conseguirlo plenamente, aunque mantiene todavía una alta popularidad, la cual --junto con el desarrollo de su potencial petrolero— seguramente le ayudará a capear el temporal.

Pero Putin encarará ahora la difícil decisión de incrementar la represión contra los rebeldes chechenos, como ya hizo Moscú en dos sangrientas guerras durante la pasada década, sin resultado aparente excepto la destrucción casi total de la infraestructura civil de la provincia separatista y la dislocación de grandes contingentes de habitantes de la región. Los reveses de sus fuerzas armadas en la zona también indica la creciente debilidad institucional, con militares mal pagados y desmotivados, con oficiales que heredaron la derrota de Afganistán y todavía acomplejados por la debacle del sistema comunista y la desintegración del imperio soviético. En un país que siempre ha escogido las soluciones de fuerza y la arrogancia como principales armas disuasivas, es poco probable que ahora se escoja el camino de la comprensión cabal del problema y la posterior negociación con los elementos separatistas, máxime cuando las posturas enérgicas y militaristas siempre han dado buenos dividendos políticos. Poco consuela el culpar al terrorismo internacional -- apoyado por el fundamentalismo islámico-- para desviar la atención sobre las verdaderas causas del conflicto, que se debe esencialmente a la opresión y desprecio por la cultura chechena durante casi dos siglos de ocupación imperialista rusa en el Cáucaso. Pero esto es labor para estadistas y no puede exigírsele a un ex jefe de la KGB que se compenetre en el problema y escoja soluciones a largo plazo, que exigirían pagar un alto costo político.

Lo mismo sucede en EE.UU., donde el hijo del otrora director de la CIA se empeña en lograr el control del Congreso afincándose en la paranoia y el patriotismo del pueblo norteamericano, anunciando desde hace meses una guerra que no tiene plena justificación ni altas probabilidades de éxito, sino que lo desviará de la lucha contra el terrorismo. Un signo del énfasis de Bush en las soluciones bélicas es la reciente aprobación del más alto presupuesto militar de la historia (más de 400 millardos de dólares), con el cual piensa no sólo imponer un régimen “amistoso” en Bagdad sino intensificar las presiones militares contra los gobiernos de la región para que no cedan a la tentación del islamismo radical. Puede que sea una política efectista a corto plazo, pero que –en opinión de observadores objetivos— no solucionará el más amplio problema de la creciente aversión contra el Occidente anglosajón. Por algo, ciertos países influyentes --como Japón, China, Francia, Alemania y Rusia-- tratan de desligarse de la guerra contra Iraq, la cual apoyarían con desgano sólo si la ONU dicta resoluciones categóricas al respecto.Por eso, Washiington está presionando fuertemente a los países clave del Consejo de Seguridad, que están sintiendo una fuerte ofensiva diplomática. La objeción principal es que la guerra parece decidida de antemano y no depende del resultado de las inspecciones, además de que se duda de su eficacia, pues es muy difícil –sin establecer un control férreo por décadas—controlar lo que se haga dentro de un país acostumbrado a la decepción y a la agresión vecinal.

Si la organización internacional termina apoyando a Washington en la polémica guerra contra Iraq, sólo demostrará la constante inclinación –durante el último medio siglo-- hacia los deseos de la superpotencia, lograda por su desproporcionada influencia financiera y política después de que ganara la última guerra mundial. El famoso dicho anglosajón, “Might is right”, o sea “el poderío da la razón”, se confirmaría una vez más con una resolución acomodaticia de la ONU, sin que esto significaría que el foro mundial está cumpliendo a cabalidad las funciones que esperaba la humanidad, pues al convalidar una guerra criticada por la mayoría de los países del mundo, está desechando los principios de equidad y justicia que animaron su fundación. Esto, aunque EE.UU. pensó desde el principio utilizarla para apoyar sus propios fines hegemónicos, acorde con el dichoso “destino manifiesto” de convertirse en el gendarme mundial, aceptado sutilmente y evidenciado desde tiempos del primer Roosevelt, a menudo bajo el pretexto de difundir el sistema democrático.

Obviamente la gente pacífica del mundo vería con agrado una desarticulación del terrorismo, que está prolongando la recesión económica al desalentar el turismo y las nuevas inversiones en muchas regiones, pero al mismo tiempo esa misma gente no quisiera ver que un pueblo tan sufrido como el iraquí, reciba una arrolladora ola de bombardeos destructivos sobre su territorio, que sólo causaría más penuria y dolor para tanta gente inocente. Las recientes experiencias en Vietnam y Afganistán en décadas pasadas –y la humillante retirada de Somalia en tiempos de Clinton- indican que las grandes potencias como EE.UU. y Rusia no están preparadas, a pesar de su superioridad militar, para ganar una guerra de guerrillas, que seguramente se generará al verse invadida Iraq por una potencia extranjera, evento que resentirían mucho más que la brutal dictadura de Hussein. Si Washington cuenta que los iraquíes se volcarán a apoyarlos una vez iniciada una invasión, quizás cometen un serio error de juicio, pues es harto evidente que la retórica falseadora y demagógica de Hussein ha tenido efecto, al recibir una amplísima legitimación de su liderazgo, aun si el plebiscito no fuera transparente según los criterios occidentales.

En el caso de que Bush lograra inicialmente su objetivo, habría que ver cuanto tiempo duraría la estabilidad del nuevo régimen impuesto, que seguramente se verá acosado interna y externamente, sin olvidar la probable intensificación del terrorismo a escala mundial. En estos momentos, todavía no termina de convencer el argumento de las “armas de destrucción masiva”, pues los estados supuestamente afectados pueden defenderse adecuadamente, sea por sí solos (Israel) o con la ayuda de la superpotencia (países árabes moderados). El mayor elemento disuasivo será siempre el hecho seguro de que el primero en usar dichas armas recibirán una sonora condena mundial, seguida por severas sanciones económicas o militares. En el fondo está el hecho que será difícil asegurar el control de un territorio tan vasto como el de Iraq, máxime con la oposición visible de una población ya endoctrinada por sus líderes y dispuesta a dar la batalla. El espectro de Somalia y el de Vietnam debería ser suficiente para desanimar a EE.UU., y la la fácil victoria en Afganistán –un país entonces maduro para la rebelión-- no debería servir de estímulo si se observa las diferencias entre las respectivas situaciones nacionales.

Ciertamente, son decisiones difíciles las que tendrán que tomar Bush y Putin en los próximos meses, y –lamentablemente-- las inclinaciones militaristas que han demostrado hasta ahora no hacen anticipar soluciones tipo ganar-ganar a sus respectivas crisis. Ni siquiera disminuiría al álgido problema del terrorismo mundial --que pretender derrotar con métodos de cuestionable validez-- pues está visto que la violencia bélica y la imposición política sólo generan a la larga los mismos resentimientos que han alimentado la resistencia a la hegemonía y el resentimiento por el desprecio cultural, en un período donde está más visible que nunca el enfrentamiento entre civilizaciones. Quizás convendría que los iraquíes se cansaran por su cuenta de la autocracia de Hussein, aunque tome más tiempo, para que éste no se convierta en mártir y genere sentimientos de simpatía, si fuera defenestrado por potencias que representan el “imperialismo foráneo”. Después de todo, sigue vigente el principio según el cual los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, y sería difícil imponer a un país un régimen democrático para el cual no están preparados, como bien lo demuestra los numerosos fracasos de dichos regímenes en el tercer mundo. Quedará por ver si los norteamericanos y sus aliados aprenderán algún día que es bastante difícil acelerar el curso de la historia y forzar la aceptación de nuevos patrones culturales y valores morales, a pesar de la globalización de la información y el auge de las comunicaciones.

Al final, queda la sensación que la cacareada guerra contra Iraq se desinflará por inercia y cansancio, y quizás sólo se escenificarán una limitada campaña intimidatoria con la consabida pirotecnia aérea, para así entretener a los televidentes y justificar al país los abultados presupuestos militares, o simplemente para demostrar que Washington hizo “algo” para defenderse, sin arriesgar las “valiosas vidas de Americanos”. En el fondo, es una guerra lejana que no sufrirán mucho los cómodos pobladores de la superpotencia –como sucedió en tantas guerras de ultramar--, y quizás hasta deriven algún beneficio de ello, como el aseguramiento de suministros petroleros y –lo más importante- una reducción del alto precio del petróleo, factor éste que siempre ha entorpecido el crecimiento económico que tanto desean todos, especialmente en un país acostumbrado a esa tendencia para mantener su desmedido consumismo y envidiable calidad de vida. Elementos que –no lo olvidemos-- pretenden contagiar al resto del mundo para que se siga cumpliendo la máxima cardenal siempre vociferada por los estadounidenses más pragmáticos, o sea “business is business”, a lo que se le podría agregar, en vista de pasadas experiencias: “... y hay que bombardear todo lo que se interponga”.

 

 

 
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