Intento explicar a futuros periodistas la Historia Universal: cómo se originaron la Primera Guerra Mundial, la revolución bolchevique, el crack de Wall Street o cómo se afirmaron fascismo y nazismo; intento que comprendan la dominación de los pueblos del Sur por las potencias colonizadoras mientras el mundo asistía a la Segunda Guerra Mundial; o las guerras de Corea o de Vietnam, la ocupación soviética de pueblos libres y las andaduras de China, India y los Estados del sudeste asiático; nos abismamos con las injusticias cometidas en Africa, en las repúblicas bananeras de América o en la lucha por controlar las reservas de petróleo y de materias primas mediante guerras inhumanas y el destrozo del medio ambiente; les explico cómo se originó la deuda externa a costa de la libertad de los pueblos, cómo nació la OTAN con la paradoja de hacerla más fuerte con la caída el Muro de Berlín.
Tenemos la sensación de que lo que estamos viviendo ya lo habíamos vivido y nos aterra la extrapolación de los datos que manejamos.
Sensación de impotencia y de terror que se enmarca sumiéndonos en el consumismo o en una vida sin sentido. No es posible vivir como si fueran inevitables la guerra, la carrera de armamentos, la violencia, la explotación de los pueblos y el imperio del crimen. No es posible.
Denunciamos la injusticia social, proponiendo alternativas contra la dictadura del pensamiento único, contra un porvenir que amenaza con reducirnos a comparsas en un nuevo orden que conculca el derecho, la justicia, la solidaridad y el respeto a los seres humanos.
Si los valores que representa la democracia no se apoyan en la participación de los ciudadanos, en la búsqueda del bien común, en la primacía de la ley y en la seguridad jurídica en un ambiente general de libertad para ejercitar los derechos fundamentales, es que alguien nos está engañando.
¿Quién dijo que vivíamos el ocaso de las ideologías?
Tratan de imponer la ideología del pensamiento único, del orden garantizado por las leyes del mercado, del poder de las armas, del dinero que se hace magma en las sentinas de los paraísos fiscales. Todo vale con tal de que produzca beneficios.
Pretender el control de las conciencias es otra forma de terrorismo.
Produce vértigo asomarse al siglo XX, con sus totalitarismos estalinistas, fascistas e imperialistas de toda laya. Rezuman las heridas de los pueblos explotados de Latinoamérica, de Africa y de Asia. El colonialismo no ha terminado. Corruptos dirigentes sangran a sus países mediante fugas de capitales, compra de excedentes inútiles y la imposición de monocultivos para el mayor beneficio del Norte.
El mundo se ha vuelto abarcable. Gracias a la globalidad aportada por las nuevas tecnologías, nos sabemos vecinos en un planeta en el que somos responsables solidarios unos de otros. Nadie puede vivir sin el apoyo de los demás, estamos interrelacionados: ningún país es autosuficiente, todos necesitan importar o exportar bienes o servicios.
No podemos permitir un sistema que ha abdicado del respeto a los derechos fundamentales del hombre y de la sociedad. Cuando Hitler ascendió democráticamente al poder fue celebrado por todas las cancillerías. Al igual que Mussolini o los Imperios japonés, británico o chino.
Como Galileo decía a sus jueces: "No les pido que me crean, me basta con que miren por el telescopio", nosotros tenemos el derecho y el deber de rebelarnos contra la tiranía que padecen los más débiles, los pobres, los excluidos.
Albert Camus advirtió en plena locura del nazismo: "Actuemos para que nuestros hijos no se avergüencen de nosotros ya que, habiendo podido tanto, nos atrevimos a tan poco".
Es preciso gritar nuestro dolor y nuestra angustia para no convertirnos en cómplices de un sistema inhumano. Es preciso luchar por la paz como fruto de la justicia. Juntos podremos, si creemos que podemos.
José Carlos García Fajardo es Presidente de la ONG Solidarios y profesor universitario