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Opinión y Análisis

La difícil tarea de informar
Iñigo Herraiz

 
Martes, 18 de diciembre de 2001

En el Marruecos del siglo XXI todavía se aplica la censura. El cada vez más cuestionado proceso de aperturismo político, que arrancó hace dos años con la entronización de Mohamed VI, no se ha traducido en una mayor libertad informativa. Los medios críticos con el régimen sufren el continuo veto de las autoridades que, bien secuestran sus ediciones más comprometidas o directamente prohíben indefinidamente su publicación. Lejos de rendirse a la presión gubernamental, cada vez son más quienes parecen dispuestos a luchar por informar libremente, a pesar de las consecuencias que esto conlleve.

Ali Lmrabet, director del semanario Demain Magazine, va camino de convertirse en un mártir de la libertad de expresión en Marruecos. El pasado 21 de noviembre fue condenado por un tribunal marroquí a cuatro meses de prisión y a una multa de 30.000 dirhams (unos 2.500 dólares) por la difusión de "falsas informaciones que atentan contra el orden público". Su pecado consistió, según la versión oficial, en publicar un artículo sobre la posible venta a un grupo hotelero extranjero del palacio real de Sjirat. Para el director del semanario, la verdadera razón fue la inclusión, en su edición del 27 de octubre, de unas cuantas páginas del libro de Jean-Pierre Tuquoi sobre Marruecos, titulado El último rey, así como sus artículos sobre Moulay Hicham, el primo del monarca.

No era, sin embargo, la primera vez que Lmrabet chocaba con la censura. En diciembre de 2000, el semanario Demain fue prohibido por "atentar contra la estabilidad del Estado", pero la publicación consiguió reaparecer en enero de 2001 con una nueva cabecera, Demain Magazine. En aquella ocasión el semanario de Lmrabet fue clausurado junto a otras dos publicaciones, Le Journal y Assahifa, en lo que constituyó el primer grave atentado contra la libertad de prensa en Marruecos desde la subida al trono de Mohamed VI en julio de 1999. Fue también el primero de una larga lista de desengaños durante el segundo año de reinado del que se suponía era un líder reformista.

En 1999, los importantes cambios políticos experimentados en Marruecos tras cuarenta años de reinado de Hassan II, anunciaban una mayor libertad informativa. El nuevo monarca sustituyó a los directores de la agencia de prensa oficial MAP y de la cadena de televisión estatal TVM, así como al que fuera mano derecha de su padre y estandarte de la represión del régimen, el todopoderoso Ministro de Interior Driss Basri. Periodistas y ciudadanos valoraron positivamente este importante primer paso hacía una mayor independencia de los medios estatales. Sin embargo, fue precisamente Lmrabet quién advirtió, previendo lo que iba a suceder, que las presiones sobre los medios no habían terminado.

No se equivocó, y un año después se destapó el engaño. Marruecos se convirtió en la gran decepción del año 2000. A la suspensión de las citadas publicaciones, se sumó la expulsión del jefe de la oficina de la Agencia France-Presse en Rabat.

Las medidas adoptadas contra la agencia francesa no supusieron un hecho aislado; más bien marcaron el comienzo de una campaña contra la prensa extranjera, en la que los medios españoles se han llevado la peor parte. Primero se prohibió la difusión de un número del semanario Época en diciembre de 2000, luego de Cambio 16, en marzo de 2001, y más tarde de los diarios El País y El Mundo, en julio y septiembre de este mismo año respectivamente.

Todos los ejemplares secuestrados contenían informaciones referentes a alguno de los tres temas tabúes en Marruecos: la monarquía, la religión (islamismo) y la integridad territorial ( Sáhara Occidental). Temas que, a su vez, pasan por ser los más controvertidos dentro de la actualidad política del país.

En Marruecos, la figura del monarca es inviolable y no puede ser cuestionada, aunque Mohamed VI haga todo menos acometer las preconizadas reformas políticas que tanto necesita el país. Los movimientos islamistas, por su parte, son continuamente ninguneados, y sus órganos de expresión censurados, lo que multiplica la posibilidad de que estos movimientos, que cuentan con una amplia base social, terminen por recurrir a la violencia. En cuanto a lo que se refiere al Sáhara Occidental, la reciente visita de Mohamed VI a la antigua colonia española ocupada por Marruecos, supuso toda una lección, por parte de las autoridades marroquíes, de cómo obstaculizar la labor de la prensa. Durante la visita del soberano marroquí, el enviado especial del diario español El Mundo, pese a estar acreditado por el Ministerio de Comunicación y tener derecho, por tanto, a cubrir todo el territorio, fue expulsado de la ciudad de El Aiun. El director de la oficina de EFE en la capital marroquí tampoco figuraba en la lista de periodistas invitados para cubrir el viaje del rey.

La excesiva sensibilidad del monarca hacia la crítica no consigue acallar las protestas de sus súbditos. Los marroquíes han perdido el miedo a hablar y no parecen dispuestos a seguir aceptando el silencio que se les quiere imponer desde palacio. Así lo expresó el director de Demain Magazine, al anunciar que no recurriría la sentencia condenatoria de un tribunal de Rabat el pasado mes de noviembre: "las autoridades deben comprender que hay periodistas dispuestos a ir a la cárcel para defender la libertad de expresión".

Todo esto sucedía después de que el Primer Ministro marroquí Abderamán Yusufi anunciara en el mes de enero de este año su voluntad de reformar el código de prensa marroquí para hacerlo más liberal. Curiosa manera de ponerlo en práctica.

Artículo del Centro de Colaboraciones Solidarias para Venezuela Analítica

 

 

 
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