Existe una tendencia a vincular la recesión económica estadounidense con los atentados del 11 de septiembre. Aunque deberá pasar algún tiempo para evaluar el verdadero impacto de los atentados, es indudable que la economía estadounidense mostraba indicios de fatiga antes del "martes negro", como lo ha confirmado recientemente la Oficina Nacional de Investigación Económica. Algo que no es de extrañar si consideramos las crisis cíclicas propias del capitalismo y los diez años de crecimiento ininterrumpido protagonizados por Estados Unidos.
Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal norteamericana, ha afirmado que el desarrollo de las empresas de nuevas tecnologías, si bien exige modelos laborales flexibles debido a los riesgos en que incurren, ha contribuido a crear más empleo y a elevar los salarios en el largo plazo. Y confía en que Estados Unidos siga apostando por esa estrategia, una vez iniciado el nuevo ciclo de crecimiento.
Nada habría de preocupante en esa apuesta si la ecuación -flexibilización del mercado laboral igual a más empleo y mejores salarios- fuese cierta. La teoría suena bien, pero no aguanta el contraste con la realidad.
Estados Unidos ha mantenido cifras de pleno empleo. Incluso ahora, en medio de la crisis, la tasa de paro se mantiene baja (5.4%). El problema es que las estadísticas no reflejan la calidad del trabajo. La sindicalista Amy Dean afirma que "ningún puesto de trabajo que ha sido reemplazado desde la época de Reagan ha vuelto a ser como antes. El 40% de los trabajos de hoy no requieren cualificación y son a tiempo parcial, pagados por días, incluso por horas, de los que te pueden echar en menos de 24 horas, sin derecho a ninguna cobertura social."
Por tanto, es cierto que la "flexibilización" crea empleo, pero en tan malas condiciones que a veces calificarlo de "puesto de trabajo" no es más que un eufemismo. Esto explica que en 1996 la OIT (Organización Internacional del Trabajo) se maravillase ante el descenso del paro en Estados Unidos, al tiempo que denunciaba la aparición de los llamados working poor, los trabajadores que, debido a sus bajos salarios y precarias condiciones laborales, no logran salir del umbral de la pobreza.
Los ingresos de la clase media, base del "sueño americano", han caído entre un 5 y un 9% en el Estado de Nueva York, California, Connecticut y Washington D.C., según un estudio publicado a finales de agosto. Los salarios descienden mientras las jornadas laborales aumentan: los estadounidenses son los que más horas trabajan al año, un total de 1.979, por delante incluso de los japoneses.
A las empresas les resulta más rentable hacer contratos de pocas horas y luego "invitar" a hacer horas extra a los empleados. En 1999 los norteamericanos debían trabajar seis semanas más al año (245 horas) para preservar el nivel de vida de 1973. También a finales de los noventa fuentes sindicales sostenían que familias que vivían antes con un sueldo necesitaban entonces tres.
Habría que recordar las carencias en su peculiar estado de bienestar, el hostigamiento a los sindicalistas o las tasas de desigualdad, impropias de un país desarrollado (el 10% más pobre recibe el 1.8% de los ingresos; el 10% más rico se lleva el 30.5%). También hay que mencionar la falta de compromiso de Estados Unidos con los acuerdos internacionales que regulan los derechos laborales. EEUU sólo ha ratificado 14 de 183 convenios de la OIT, y 2 de los 8 considerados fundamentales, lo que le incluye en una poco honrosa lista formada por Armenia, China, Birmania y Omán.
Pero, según relatan los responsables y dueños de la economía, la crisis no depende de una política o un modelo equivocados, sino de factores coyunturales y externos. Como dos tercios de la actividad económica estadounidense dependen del consumo privado, el Presidente George W. Bush se apresuró a proclamar, poco después de los atentados, que "consumir es de patriotas". Los 40 millones de pobres de Estados Unidos corren grave peligro de ser incluidos en una lista de "antiamericanos".