Ahora resulta que los venezolanos tenemos que dar gracias a Washington por no tomar represalias contra nuestro país porque el Presidente de la República decidió no dejar a ningún miembro de la OPEP fuera de su gira por los países del Medio Oriente que comparten con Venezuela un atril en el cartel de los productores de petróleo.
El presidente Chávez planificó un recorrido que incluyera a todos los socios de Venezuela en la OPEP y, sin detenerse a contemplar las susceptibilidades de los Estados Unidos, optó por no saltarse a Irak, nación sancionada por la ONU con un embargo que impide el desembarco aéreo en su territorio. Está claro que el tirano iraquí no iba a perder la ocasión de hacerse publicidad, de cara a su castigado pueblo, proclamando que el gesto del mandatario venezolano era una bofetada a la Casa Blanca (y un tácito apoyo a su régimen). Y, desde luego, así lo hizo. Con la consecuente respuesta pavloviana del Departamento de Estado que expresó a través de un vocero su mortificación porque la prensa iraquí «utiliza la visita como una herramienta de propaganda».
Y qué pasa con eso. En qué afecta a las relaciones diplomáticas del mundo contemporáneo que un delirante enseñoreado de una nación vocifere su personal interpretación de algún hecho. Los Estados Unidos han sido los maestros planetarios de la propaganda y de la manipulación de la realidad con fines políticos, de manera que mal pueden ahora reprocharle al gobierno nacional haberle dado pie al sátrapa de Bagdag para que se congratule de un triunfo que es completamente ficticio.
El viaje de Chávez al Medio Oriente puede ser inútil, puede ser un hito más en su carrera como showman internacional, puede ser un exceso dentro de la tradición del turismo oficial venezolano, pero, como quiera que sea, forma parte de las iniciativas del Presidente legítimo de un país soberano. Por qué tenemos que tolerar nosotros que el Departamento de Estado norteamericano juzgue el periplo o una parte de él como «una mala idea» y que no contento con eso nos perdone la vida al añadir que «no forzosamente conducirá a represalias o sanciones contra Venezuela».
El petróleo es nuestro principal recurso y, mientras no cambie el paisaje productivo venezolano, será también nuestra única posibilidad de financiar el desarrollo del país. De manera que nuestras autoridades están en la obligación de desplegar todos los esfuerzos necesarios para mantener un nivel de precios que evite el descalabro de nuestra economía y que más bien permita el atisbo de una cierta prosperidad. Por eso se fundó la OPEP y por eso mantenemos la membresía en la organización con una determinación indeclinable.
Sea cual sea la personalidad del presidente Chávez e independientemente de las dimensiones de su anhelo de figuración, su primer deber está en el terreno de la defensa de nuestros intereses. Por eso se dio una pasada por Irak, que no exagere Washington y que no profiera amenazas veladas, del todo impertinentes.
El gobernante venezolano está haciendo lo que cree correcto para fortalecer los intereses nacionales. ¿Se podrá decir lo mismo de los gobiernos que apoyaron el golpe de Estado del general Augusto Pinochet, en septiembre de 1973? Al parecer, la justicia chilena no lo cree así.