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Opinión y Análisis

Hegemonía ratificada
Carlos Taibo

 
Viernes, 7 de diciembre de 2001

En el momento presente los Estados Unidos configuran una incontestada potencia hegemónica que, por vez primera en la historia, se despliega en todos los ámbitos imaginables (político, económico, tecnológico, militar y cultural). La evidente vulnerabilidad psicológica provocada por los hechos del 11 de septiembre no acierta a remover los cimientos de semejante condición, tanto más cuanto que la crisis consiguiente ha reforzado los mecanismos de sumisión a Washington por parte de muchos agentes que antes mantenían distancias con respecto a la política norteamericana. Lo anterior no quiere decir, claro, que en los Estados Unidos falten los problemas. Bastará con recordar al respecto que la primera potencia planetaria, con 46 millones de indigentes y 40 millones de personas que no se benefician de asistencia sanitaria, es un formidable productor de pobreza y desigualdad.

Varios son los elementos que se mueven alrededor de la hegemonía norteamericana. El primero lo aporta el patético debate desarrollado en relación con las posibles explicaciones de lo acontecido el 11 de septiembre. Para la mayoría de los analistas no corresponde buscar en el pasado, en la propia política de los EE.UU., explicaciones de lo ocurrido. Semejante voluntad de cerrar los ojos se manifiesta también a través de una pregunta ingenua -¿por qué nos odian tanto?- que cobró cuerpo en los medios de comunicación norteamericanos y a la que muchos respondieron con una singularísima descripción de los avatares de la segunda mitad del siglo XX: parece como si a lo largo de los últimos sesenta años los únicos hechos relevantes en la historia planetaria fuesen el ataque japonés sobre Pearl Harbour, en 1941, y los atentados de las torres gemelas, en 2001. Nombres propios como los de Hiroshima, Vietnam, Bahía de Cochinos, Franco o Pinochet no parecen tener influencia alguna en el desarrollo de la historia contemporánea, de tal forma que se olvida lo que para muchos es evidente: en virtud de su comportamiento cotidiano y de su defensa obscena de intereses, los EE.UU. configuran el mejor ejemplo de 'Estado canalla' en el planeta de estos últimos decenios.

Un segundo dato de relieve cobra cuerpo en el desfigurado sistema de Naciones Unidas. No puede invocarse sorpresa ninguna en lo que respecta al papel, extremadamente marginal, asumido por la máxima organización internacional tras el 11 de septiembre. En virtud de una poderosa imposición externa o de resultas de una generosa concesión, Naciones Unidas ha renunciado a cualquier perspectiva de dirección, control y freno de la respuesta militar desarrollada, unilateralmente, por los EE.UU. Éstos parecen decididos a universalizar el modelo que aplican en Irak desde hace diez años de la mano de un derecho ilimitado a bombardear a capricho sin ofrecer explicación alguna y, lo que es más importante, sin respuesta de parte de Annan y de sus funcionarios. Están desplegando, en otras palabras, el contenido de la impresentable resolución de la OTAN que, adoptada en abril de 1999, señalaba que en adelante la Alianza Atlántica se reservaría la posibilidad de intervenir militarmente sin contar con el concurso de una previa resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Así las cosas, el premio Nobel recibido recientemente por Naciones Unidas sólo puede responder a un mensaje irónico lanzado por la academia sueca. En un escenario en el que las relaciones internacionales retornan a la lógica propia del XIX, la ONU es, por desgracia, un instrumento más al servicio de los grandes y encuentran cumplida satisfacción las palabras del otrora presidente de la Comisión de Exteriores del Senado norteamericano, Jesse Helms, cuando afirmó que "el pueblo estadounidense no aceptará nunca la condición de la ONU como única fuente de legitimidad en relación con el empleo de la fuerza".

También tiene su interés la certificación de que la voluntad contestataria de algunos estados es hoy menor que poco tiempo atrás. El ejemplo más llamativo es el de Rusia, tal vez hechizada por los premios que va a recibir de resultas de su apoyo a los EE.UU. No falta quien estima, eso sí, que la cuestión es más peliaguda. Según determinados análisis, Rusia habría renunciado a cualquier modalidad de competición con los Estados Unidos y habría acatado sin recelos la indisputada condición hegemónica de su rival de anteayer. Esto es lo que invitarían a concluir el designio ruso de aceptar, al cabo, la desaparición del viejo acuerdo ABM, la decisión de abandonar la instalación de seguimiento de la que Moscú disfrutaba en Cuba o, tiempo al tiempo, la voluntad de cerrar los ojos ante la rotunda irrupción de los EE.UU. en Asia central. Porque -no se olvide-, detrás del contencioso afgano es sencillo apreciar un intento norteamericano de darle alas a un gigantesco conducto llamado a trasladar hasta los puertos paquistaníes del Índico el petróleo y el gas natural extraídos en países como Kazajstán, Turkmenistán y Uzbekistán. De ser ésta la deriva de la política rusa, la única pregunta de relieve que quedaría por responder es la relativa a las preferencias de Moscú -la Unión Europea, los Estados Unidos- en sus aproximaciones. Parece fuera de discusión, de cualquier modo, que Washington, preocupado por las eventuales alianzas de las potencias menores, bien podría atraer hacia sí a Rusia en la perspectiva de alejarla definitivamente de la UE.

No debemos olvidar, en fin, un signo más de la hegemonía estadounidense. Tanta concentración de nuestra atención en Afganistán ha provocado un inquietante desdén por lo que sucede en otros escenarios tal vez más importantes. La amenaza, supuesta o real, del terrorismo internacional está acelerando una dramática resolución, en provecho de regímenes impresentables, de conflictos de largo aliento. Tal es el caso de Chechenia o del Sáhara occidental, donde las imposiciones de Rusia y de Marruecos, genuinos terrorismos de Estado, están saliendo adelante legitimadas por unas potencias occidentales que, hoy como antes, muestran por los derechos humanos una preocupación estrictamente retórica. En el mismo terreno conviene mencionar lo que en todas partes se adivina: una poderosa corriente encaminada a restringir derechos y libertades básicos, a desarrollar activas presiones sobre los medios de comunicación y a fortalecer los aparatos represivos.

Carlos Taibo es Profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid
Centro de Colaboraciones Solidarias

Artículo del Centro de Colaboraciones Solidarias para Venezuela Analítica

 

 

 
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