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Elecciones en Argentina: Muerto el rey, sí, pero aun no se viva al rey Carolina Barros Miércoles, 1 de julio de 2009 Nunca, en los últimos 25 años de democracia argentina, un oficialismo fue derrotado de manera tan contundente como en las elecciones del domingo 28 de junio. El kirchnerismo perdió en Capital Federal, las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Mendoza. Son los cinco distritos electorales más importantes del país, por su PBI y porque representan el 70% de los votos. Como si esto no bastara, los Kirchner también fueron aplastados en su provincia de origen, la patagónica Santa Cruz. Los analistas comparan al resultado con un infarto masivo. O con un tsunami que arrasó con el régimen establecido desde 2003, cuando Néstor Kirchner llegó al poder. Hubo mucho de eso y algo más. Porque, en realidad, la elección de renovación parlamentaria de mitad de mandato no puso en cuestión la votación por tal o cual candidato sino un pronunciamiento a favor o en rechazo de los Kirchner. Y no fue, finalmente, como lo instaló el mismo Néstor K, un voto a favor o en contra del “modelo”, a la manera plebiscitaria que pusieron de moda en América del Sur, Hugo Chávez y sus seguidores Evo Morales y Rafael Correa. No. No importaba tanto el modelo económico (si es que alguna vez lo hubo o habrá), las políticas estatizadoras, nacionalizadoras o confiscatorias, las mentiras de las mediciones estadísticas del INDEC, el índice de pobreza e inflación, la ola de inseguridad, el avance de la gripe A, las retenciones a las exportaciones agropecuarias. El 28 pasado, dos tercios de los argentinos se pronunciaron en contra, rechazaron de plano un estilo agresivo de gobierno, un estilo conflictivo de hacer política, un estilo de (mal) trato a la ciudadanía. Rechazaron a un matrimonio encerrado en su propio “panic room”, de donde lo único que se repite es un aislacionista, pendenciero, discurso sin derecho a réplica. A los gritos y en contra de todo y todos. Los argentinos, hartos, votaron contra la violencia permanente que emana desde la residencia presidencial de Olivos. En números redondos, a nivel nacional, el kirchnerismo obtuvo 30.5% de los votos, mientras que el Acuerdo Cívico Social en alianza con los radicales lograron 30.9%. El filoperonismo del PRO y el PJ disidente llegaron a 17.8% y el Peronismo- no K a 9%. El centroizquierda estuvo en 5.6% y la izquierda en 1.5%. La concurrencia a votar fue de las más bajas hasta ahora: apenas superó el 60%.
Si se mira desde un ángulo puramente matemático, el patético resultado que lograron los K los obligará a dialogar, a buscar consenso, a armonizar con otros. A hablar en voz más baja. Ya está a la vista un plano inclinado en el que se percibe que perdieron la mayoría propia tanto en la Cámara de Diputados como en la de Senadores. De los 116 diputados con que contaba el kirchnerismo antes de la elección, puso en juego 60 el domingo 28 de junio. De ellos perdió 17. Con lo cual, ahora con 99 bancas, necesitará 30 diputados de otro color político para lograr quórum en el recinto. El Acuerdo Cívico (que reúne a los radicales de la UCR y a la Coalición Cívica liderada por Elisa Carrió) ganó 41 nuevas bancas, para totalizar hoy 76 y seguir siendo la segunda minoría. Pero la lente debiera ponerse sobre dos grupos políticos que serán, finalmente, los que inclinarán el fiel de la balanza a la hora de la votación: los 25 diputados de Unión Pro y los 17 de PJ (peronismo) no kirchnerista que harán oposición, además de los 23 diputados que pertenecen a otros partidos provinciales. En cuanto a Senadores, también en esta cámara los K se quedaron sin quórum propio. De los 40 senadores que respondían al matrimonio Kirchner, ahora habrá solo 36 de su mismo color político, mientras que el Acuerdo Cívico logró aumentar a 23 las 16 bancas que antes tenía. El peronismo disidente seguirá con 9 senadores y las 4 bancas restantes se han repartido entre partidos provinciales.
La elección de recambio parlamentario deja, asimismo, un saldo de promesas presidenciales para el futuro. Son tres los jinetes que, por su desempeño o inherencia en la elección del 28, ahora pueden cabalgar hacia las candidaturas de 2011. Mauricio Macri, el alcalde de la ciudad de Buenos Aires, convertido en gran ‘elector’ con su partido PRO para el triunfo de la lista de diputados encabezada por el filo-peronista Francisco de Narváez en la provincia de Buenos Aires con la alianza de derecha Unión-Pro. Carlos Reutemann, el senador santafecino peronista que renovó su banca por una diferencia de dos puntos frente al candidato del socialismo. Antes de la votación, Reutemann prometió competir por la presidencia en 2011 si ganaba por un voto esta difícil elección en Santa Fe. El radical Julio Cleto Cobos, vicepresidente de la nación, que apostó todas las fichas para el triunfo de su candidato en la provincia de Mendoza (su territorio). Esta victoria lo coloca como la única alternativa del radicalismo para las presidenciales de 2011. Pero, antes de que los presidenciables empiecen a transitar su ruta hacia las elecciones de 2011 existe un escollo importante a sortear: la conducción y la suerte del peronismo.
La estrategia electoral de Kirchner candidato a diputado lo llevó a elegir un único contrincante: Francisco de Narváez, el primer candidato por la lista filoperonista de Unión PRO. El campo de batalla: la decisiva provincia de Buenos Aires. Y dentro de ella, el Conurbano bonaerense. Esto es, el anillo poblacional que rodea a la Capital Federal, y donde se aglutina el 40% de los votos provinciales. Pero la madre de todas las batallas, la concentró Néstor en el bastión por antonomasia del voto peronista más arraigado: el segundo anillo o Cordón del Conurbano, donde viven los más pobres. Y donde Néstor K calculó que sería imbatible, dados los “recursos electorales” como subsidios, planes de desempleo y diversidad de cotillón clientelista que podía exhibir allí. Además, claro, del recurso último de la picardía en el recuento de votos (léase, fraude electoral). Pero de las derrotas infligidas a los K el 28 , la más aplastante fue la que sufrieron allí. Por su significado y significante. Los votantes más peronistas, más humildes, mas encadenados al sistema clientelista, le dieron vuelta la cara al kirchnerismo y optaron por regalarle a De Narváez una victoria, pequeña y simbólica. De las ocho secciones electorales de la provincia (cada sección abarca varios municipios o alcaldías), Néstor K logró triunfar en apenas una de ellas (la Tercera Sección). La oposición a K triunfó en más de 100 municipios. El kirchnerismo apenas alcanzó los 30. Este revés en la provincia de Buenos Aires, sin embargo, permite dos conclusiones. Por un lado, el desacato de los intendentes peronistas frente a la conducción de Néstor Kirchner (como presidente del PJ, Partido Justicialista o peronismo) a la hora de traccionar los votos hacia la lista K. La fuga de votos hacia la oposición se dio, en gran parte, porque hubo corte de boleta, por el que los votantes eligieron a un candidato anti-K en la lista de diputados y guardaron fidelidad al partido peronista en la lista de concejales (las listas de concejales llevaron, por lo general, como primer candidato “testimonial” a los mismos intendentes-alcaldes). Néstor Kirchner descargó su ira en la misma noche del domingo 28. “Los intendentes del Conurbano me entregaron”, dijo en su bunker de campaña. Pero esa “entrega” no se traduce en meros votos ganados o perdidos. Se traduce en que el kirchnerismo perdió el control del peronismo, un sistema verticalista que emana desde el jefe partidario para bajar a los intendentes y sus votantes. En otras palabras, y es ésta una segunda consecuencia de la elección en la provincia de Buenos Aires, la “entrega” desató la crisis dentro del PJ, la que se hizo más tangible en la mañana del lunes 29, cuando Néstor Kirchner renunció a la presidencia del partido, delegando la jefatura en Daniel Scioli, actual gobernador de la provincia de Buenos Aires. El martes 30, otra grieta se agregó a la debacle dentro del peronismo. El senador por la provincia de Salta, Juan Carlos Romero, el diputado electo por Chaco Ramón Puerta y el gobernador de la provincia de San Luis, Alberto Rodríguez Saa, pidieron la conformación de una línea de “peronismo federal”, por fuera del PJ nacional ahora presidido por Scioli. El gobernador de la provincia de Chubut, Mario Das Neves, llamó –hasta ahora en solitario- por ‘internas abiertas’ dentro del PJ. Mientras tanto, los peronistas bonaerenses aguardan la llegada desde el exterior de Eduardo Duhalde, ex presidente de la Nación y antiguo caudillo peronista de la provincia de Buenos Aires. Duhalde prometió recuperar el PJ de manos de Kirchner y su delegado Scioli. Si se tiene en cuenta que casi el 60% de los votos de esta elección fueron para alguna facción peronista (kirchnerismo, PRO-peronismo, peronismo anti K y peronismo disidente), la crisis suscitada a posteriori dentro del partido que hasta el lunes 29 condujo Néstor Kirchner, puede ser apenas la punta de un iceberg peligroso. Porque la debacle dentro del PJ está preanunciando, aceleradamente, otra crisis, que ya se estaría instalando dentro del gobierno de los Kirchner. Algunos ya la catalogan como crisis de gobernabilidad. Otros, como vacío de poder. Es que las elecciones del 28 de junio terminaron con el reinado de los K. Al menos con su estilo. Pero, muerto el rey, aun no surgió a quien poder decirle “Viva el rey”.
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