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De caudillo en caudillo
Gabriel Albiac

Lunes, 29 de junio de 2009

Constitución de la República de Honduras 1982

Ha vuelto a suceder. ¿Qué maldición asola América Latina y la condena a repetir siempre lo mismo? De caudillo en caudillo.

A las 14,59 de ayer, la noticia emergía en la pantalla de mi ordenador: el Presidente hondureño, Manuel Zelaya, acababa de ser arrestado por fuerzas militares, que consumaban un golpe larvado desde hace varios días. Ni siquiera me sorprendió. Es la intemporal historia de la América hispana. Su más fiel retrato sigue siendo, hasta hoy, el Tirano Banderas de Valle Inclán, que tantos, después, han reescrito. O plagiado, en distintas versiones: en la literatura como en los hechos.

A la misma hora, los esposos Kirchner afrontaban un momento decisivo de su reinado: porque el Estado, en la Argentina peronista, no es más que sucesión de domésticas monarquías transitorias. Y siempre, en lo más hondo, matrimoniales: Perón y Evita, primero; al cabo, Perón, de nuevo y ya senil, junto a su Isabelita; y el clan Ménem, después, con su tremenda señora; hasta llegar a la regocijante caricatura de sí mismos que son los actuales presidentes por conyugal relevo. ¿«Izquierda», «derecha»...? ¿Qué tomadura de pelo es ésta, a la hora de entender un subcontinente cada vez más empeñado en ser extensión hispanohablante del África devastada? Boutade de Borges: «Los peronistas no son ni de derechas ni de izquierdas. Son incorregibles». Por extensión, puede decirse, con escasísimas excepciones, de toda Hispanoamérica.

Poca cosa sabíamos de Manuel Zelaya, hasta hace casi nada. Que llegó a la presidencia como candidato de un partido de lo más conservador, el Liberal. Que se benefició de un trato muy comprensivo por parte del Banco Interamericano de Desarrollo, al condonarle, en 2007, su deuda de casi quince mil millones de dólares. Que, cosas del petróleo, fue poco a poco siendo absorbido en la órbita de un Hugo Chávez cada vez más empeñado en ser el Fidel Castro de verdad, ahora que el otro es una terminal cochambre. De Chávez debió venirle la tentación de lo perenne. Incompatible con una Constitución, la hondureña, que permite, saludablemente, un único mandato presidencial no renovable. El golpe militar se produce tras el fracaso del propio golpe institucional mediante el cual Zelaya buscó trocar las elecciones de ayer en un plebiscito constituyente condenado por el Tribunal Supremo. Como siempre en esas tierras, toda confrontación política se reduce al duelo de un caudillismo contra otro caudillismo. Gana, como siempre, el más bestia. O sea, aquel que más deprisa desenfunda.

Espadones contra populistas, en una Tegucigalpa dejada de la mano de Dios y de la racionalidad política desde tiempos inmemoriales. En Buenos Aires, peronistas contra peronistas: y el peronismo no es ya siquiera aquella forma americana del fascismo que soñó Perón importar de la Italia mussoliniana; lo de Mussolini fue un gangsterismo político; lo de Perón, un gangsterismo sin política, entre cuyas pandillas se sigue jugando el reparto de poder y el saqueo de un país que estuvo -parece un chiste- entre los más ricos del mundo.

Los tres últimos decenios han visto modernizaciones sorprendentes en países asiáticos, hasta hace nada tercermundistas. Y han sido letales para un centro y sur de América cada vez más náufragos de caudillismos populistas y de incompetencia: de ruina, en suma. Al cadavérico magisterio de Castro sucedió el de Chávez. Vendrán otros. Y será siempre igual. El marasmo tiene allí tinte de fatalidad. ¿Qué maldición asola América Latina y la condena a repetir siempre lo mismo? Ha vuelto a suceder ayer. Seguirá sucediendo. Siempre. De caudillo en caudillo.

Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense. Fue uno de los fundadores del diario «El Mundo».

Hoy es una de las firmas de opinión más importantes de España. En 1988 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo

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