Condoleezza Rice, horizonte de guerra Fernando Navarro
Viernes, 19 de noviembre de 2004
Cuando Condoleezza Rice, como rectora de la Universidad de Stanford, despidió a Cecilia Burciaga, una decana hispana, un grupo de estudiantes inició una huelga de hambre en el campus. Un amigo de Rice le preguntó si le importaba: “Yo no tengo hambre. Yo no soy la que ha dejado de comer”, dijo Rice.
La nueva secretaria de Estado de EEUU es tajante y de mirada inalcanzable. Bush refuerza aún más el control sobre su política exterior con la llegada al Departamento de Estado de Rice y la salida de Colin Powell, el hombre más moderado en el anterior gobierno. El presidente sabe que con Rice no habrá puntos de vista diferentes en la Administración como los había con Powell. La prioridad de la futura secretaria será garantizar que las opiniones de Bush se apliquen.
Rice es especialista en estudios rusos y en control de armas. Como hija única de una familia negra acomodada recibió una intensa educación. La direccionalidad de sus padres sirvió para que Rice aprendiera a adaptarse a una dura disciplina de trabajo con el paso de los años. Nunca creyó en la lucha por los derechos civiles de los negros sino en la superación del individuo. Su talento e independencia le llevaron a no interesarse por los demás. La idea de iniciar un conflicto parece preocuparle menos que al resto de la gente. Durante años fue demócrata, pero afirma que dejó de serlo porque en 1979 le pareció débil y cándida la respuesta del presidente Carter a la invasión de la Unión Soviética a Afganistán. Al año siguiente, votó a Ronald Reagan.
Las iniciativas de Rice nacen de su seguridad en sí misma. Es una mujer fría e inteligente, temida por su falta de escrúpulos, y su única certeza es la acción. La cautela es impropia de ella: “Es hora de avanzar más allá de la Guerra Fría. Es hora de tener un presidente dedicado a una nueva estrategia nuclear y al despliegue de defensas efectivas” Esta doctrina de proyectar el poder de EEUU sin cortapisas tiene aliados que para Powell eran enemigos en su equipo. Rice representa mejor que nadie la tesis de remodelación del mundo del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Ambos forman parte de los que se conocen como realistas duros, más pragmáticos que los neoconservadores.
Cada vez son más las estrellas negras que representan a las bases norteamericanas en diferentes países. La idea de los realistas duros es hacer de EEUU un Imperio capaz de actuar en todos sitios bajo coaliciones que operen en acciones militares bajo supervisión norteamericana. El mundo sería más abarcable para la potencia hegemónica. La futura secretaria de Estado alaba el poder norteamericano y manifiesta: “Seremos lo bastante fuertes como para persuadir a aquellos adversarios en potencia que emprendan la carrera armamentística con la esperanza de superar o igualar el poderío de EEUU”.
Entre bromas, Bush asegura que la primera persona, aparte de su mujer, con la que habla por la mañana y la última con la que comenta algo por la noche es Condi, el nombre de pila de la secretaria de Estado para los que la conocen. El periodista Bob Woodward en su libro Bush en guerra escribe: “El presidente y la primera dama se convirtieron, de alguna forma, en la familia de Rice cuando ésta perdió a sus padres” Rice cree en la fe como fuerza que todo lo que conquista, al igual que Bush. Con su nuevo puesto pasa a garantizar la ejecución de la visión de Bush para el mundo. Rice es amiga de Bush y la persona más cercana al presidente. En la Casa Blanca se ha hecho costumbre ver que sus reuniones se alarguen siempre más de la cuenta con conversaciones que pasan a menudo de cuestiones de estado a fútbol americano. En Washington, estar cerca de Bush es influir en decisiones. Y Condi en su nuevo cargo podrá definir objetivos y comentar partidos con el presidente mientras el sol se pone al otro lado del mundo.