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Opinión y Análisis

La escena geopolítica
La Guerra Fría contínúa en el espacio
Roberto Palmitesta D.

 
Viernes, 6 de febrero de 2004

La militarización del espacio será un hecho en las próxima décadas

Mientras los vehículos Spirit y Opportunity exploran la superficie de Marte y otras naves en órbita siguen escudriñando las características del planeta, Bush aprovechó en enero para delinear su ambicioso programa espacial –que implica volver a la Luna y enviar misiones tripuladas a Marte. Pero, aparte de sus objetivos científicos, trascendió de fuentes bien informadas que las motivaciones subyacentes de su administración son mayormente de índole militar y energéticas.

La NASA, según lo ofreció Bush, recibirá unos 12 millardos de dólares adicionales en 5 años -como prólogo a desembolsos mucho mayores en las etapas sucesivas- y prevé la instalación de una base permanente en la Luna para el año 2015, que serviría no sólo de trampolín para el asalto final a Marte a fines de la tercera década del siglo, sino que se empeñaría en aprovechar un elemento abundante en el subsuelo de nuestro satélite natural, el isótopo radioactivo Helio-3, que serviría de combustible nuclear para naves espaciales y para las necesidades energéticas de EE.UU. De hecho, un experto estadounidense en materia energética comentó que de tener acceso a suministros constantes de ese elemento –como base para reactores de ‘fusión limpia’- su país podría prescindir gradualmente del petróleo importado, algo que tiene la máxima significación económica, estratégica y geopolítica.

Por otra parte, se comenta en círculos militares de EE.UU. y Francia que el programa espacial tendría ahora un gran énfasis en objetivos militares -a tono con la guerra contra el terrorismo- para impedir que adversarios de la superpotencia puedan lanzar mísiles con armas de destrucción masiva, que pueden ser detectados utilizando sensores ubicados en satélites en órbita (o en la Luna), para interceptarlos oportunamente. Este énfasis se hace a pesar de que EE.UU. haya firmado en 1996 un tratado que impide el uso militar del espacio, ya que la política actual de ese país interpreta diferentemente dicho acuerdo internacional, otorgándole un matiz defensivo en caso de que potencias adversas quieran amenazar a la nación y sus aliados con fines terroristas o intimidatorios.
Obviamente ese país se refería tanto a los esfuerzos de naciones que han desarrollado una capacidad misilística, léase China, Corea del Norte e Irán, como su actual aliado, Pakistán, que podría ser dominado abruptamente por elementos islamistas radicales. En otras palabras, está bien no guerrear en el espacio, mientras otros no amenacen con hacer lo mismo, lo cual implica prepararse a tiempo para neutralizarlos. No hay duda que los ataques del 11 de septiembre del 2001 ha cambiado muchas cosas en la escena geopolítica.

Pero la preocupación mayor de los estrategas de Washington es ganar nuevamente la carrera a la Luna, teniendo ahora como rival una potencia emergente como China, que acaba de enviar un hombre en órbita terrestre y no esconde ambiciosos planes para enviar hombres a la Luna en la próxima década, todo bajo el control de las autoridades militares. A pesar de que EE.UU. ya ha conquistado la Luna en seis ocasiones, gracias al exitoso programa Apolo de los años 1968-1972, ya ha desmantelado la cohetería usada en ese programa, y no ha actualizado los programas de computación para nuevos viajes tripulados, descuidando así el potencial estratégico y energético del vecino cuerpo celeste. Pero ahora, con el estímulo de la nueva carrera espacial con China, está empeñado en tomar nuevamente la delantera para impedir que los chinos dominen esos aspectos, que les podría dar eventualmente una ventaja decisiva no sólo en la carrera espacial y los aspectos militares, sino en la carrera energética, en vista de que el control de los factores de poder implica ante todo el dominio constante y decisivo de fuentes energéticas, motivación subyacente de los actuales conflictos en el mediano oriente y otras regiones con reservas petroleras.

Es obvio que la potencia que logre extraer de la Luna cantidades apreciables de Helio-3 y traerlo de vuelta a la Tierra (se necesitan pocos kilos para operar el reactor), sería una nación autónoma en materia energética durante siglos y podría cambiar drásticamente el panorama geopolítico-militar del planeta. Para dar una idea del valor potencial de dicho elemento, una tonelada del mismo suministraría la energía equivalente a $4 millardos en suministros petroleros, (o 130 millones de barriles de petróleo a los precios de hoy) y unas 30 toneladas del mismo bastaría para abastecer de energía a EE.UU. durante todo un año, según estimados de expertos.

Si se construyera un transbordador capaz de traer esa carga de vuelta a la Tierra, para sus plantas nucleares de fusión limpia (en fase final de desarrollo), ese país habría solucionado su problema energético y ya no tendría dependencia alguna del petróleo importado para fines de generación eléctrica, reservándose el crudo local sólo para aquellos casos en que son necesarios los combustibles y productos petroquímicos derivados del petróleo. Un objetivo bien importante para un país que depende de la energía barata para conservar o mejorar su nivel de vida, el más alto del planeta según todos los indicadores macroeconómicos, aunque algunos países escandinavos presenten mejores índices de desarrollo humano.

Precisamente, la NASA empieza a trazar planes más detallados para construir dicho transbordador, con nuevos motores y combustibles que la harán más manejable y económico que los actuales Shuttles, naves anticuadas que serán desechadas en cuando termine los compromisos de EE.UU. con la Estación Espacial Internacional a finales de la presente década. Así, la agencia espacial trata de adecuarse a los nuevos proyectos de la administración Bush, que tienen obviamente un alto componente militar. Incluso, el plan para llegar a Marte en vuelos tripulados para el 2030 tiene también sus ribetes militares, al permitir el desarrollo de poderosas naves y medios de propulsión que no dependen de la quema de combustibles, sino de avanzados sistemas magnéticos, iónicos o nucleares. Al mismo tiempo, y como sucedió con el programa lunar, se espera que la interacción o sinergia técnica que generará el nuevo programa espacial servirá para estimular fuertemente el estamento tecnológico-militar -base de la supremacía de cualquier potencia planetaria en el siglo XXI- y dejar de paso centenares de sofisticada técnicas y nuevos productos para uso civil como consecuencia de ese gran esfuerzo científico-tecnológico. Algo que seguramente estimulará también la actividad económica general, un factor bien importante en tiempos recesivos.

No hay duda que son planes ambiciosos los que transpiran del programa espacial y energético de ese país, que se propone continuar manteniendo su status de superpotencia a base de su gran capacidad tecnológica en materias tan sofisticadas como el espacio exterior. Así la guerra fría, que parecía haber terminado con la debacle soviética a principios de los 90, se reanuda ahora con China, potencia emergente de una creciente capacidad tanto tecnológica como económica, gracias a la apertura hacia el sector privado –local y foráneo- que ha tenido su industria y comercio, y que se vaticina tendrá un producto interno bruto superior al de EE.UU. para el año 2050, sin contar sus ambiciosos programas espaciales y nucleares, también con un gran énfasis militar. Obviamente, el coloso del norte no piensa dormirse en sus laureles y se propone conservar la ventaja estratégica que posee hoy día, al ser la potencia que tiene más satélites espías en órbita terrestre y que actualmente gasta el 95% de lo invertido a escala mundial en el espacio en materia militar. Para ello Bush ha reactivado y modificado el antiguo plan de Reagan, conocido como Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI) y popularmente tildado como “guerra de las galaxias”, para desarrollar en pocos años un escudo defensivo espacial de alerta y destrucción de mísiles que puedan amenazar el territorio norteamericano. Este plan, a base de interceptores colocados en órbita terrestre, está en desarrollo en un programa defensivo que se realiza conjuntamente con la NASA y que tendría un presupuesto de unos $14 millardos sólo en el 2004, mientras se espera invertir unos $50 millardos más en los próximos cinco años, según fuentes bastante creíbles. Naturalmente, todo esto depende de aprobaciones parlamentarias y el progreso en la reducción del gigantesco déficit presupuestario del país (cerca de medio billón de dólares), que amenaza con trastornar su vida económica en el futuro predecible. Por eso muchos observadores temen que los planes espaciales de Bush se queden en atractivas promesas electorales, muy necesarias en un año en que el mandatario arriesga su reelección.

De todos modos, la militarización del espacio es un hecho palpable, movido a fuerza de tecnología avanzada –y muchos millardos de dólares- por las grandes potencias, todo en aras del control hegemónico del planeta. Evidentemente, la guerra fría continúa tan campante en su nueva fase, con nuevos rivales pero con las misma intención de conservar ventajas geopolíticas y de naturaleza estratégica, sea en el campo militar como en el energético, las dos claves que darán el predominio a la potencia que logre tomar la delantera. De ahí que el programa espacial norteamericano no se puede ver sólo en términos de exploración de otros planetas, en aras del conocimiento científico y para el beneficio de la humanidad, sino también con fines de reactivar un área que estuvo descuidada en los 90 a la luz del pretendido final de la guerra fría entre las dos superpotencias de entonces. Bush y sus asesores, todos con una visible actitud agresiva en materia militar y energética –y algunos con amplios intereses en el área petrolera- se proponen adelantarse al futuro en la nueva competencia con China y tomar desde ahora las medidas para garantizar la supremacía de su país en esos aspectos vitales.

Mientras tanto, los países del tercer mundo no pueden sino quedar como espectadores ante esta nueva guerra fría, absortos como están mayormente en sus luchas de poder, sus rencillas mezquinas y sus conflictos sociales, signos de que seguirán por mucho tiempo en el atraso y la dependencia, mientras las grandes potencias se dedican al progreso de su estructura industrial y tecnológica para asegurar el predominio geopolítico en el planeta. Así ha sido en el pasado con el surgimiento y caída de los imperios egipcio, asirio, babilónico, persa, griego, romano, árabe, mongol, turco, español, francés, británico, alemán y, recientemente, el soviético, estadounidense y chino, demostrando que la dominación mundial todavía sigue motivando a las naciones punteras como en otras épocas, aunque la gente de buena voluntad se empeñe en predicar la paz y la cooperación internacional.

rpalmi@yahoo.com

 

 

 
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