En la película Abre los ojos, de Alejandro Amenábar, el personaje principal, encarnado por el actor Eduardo Noriega, se enfrenta a una serie de juegos mentales, un verdadero trompe l’oeil, por decir de alguna manera, cuando su bellísima Penélope Cruz se transforma de manera repetitiva e inexplicable en su amante anterior, una modelo pasada de kilos y un poco vejuca, para ser sincero. Sin embargo, toda duda en lo que concierne al porqué de esta situación se encuentra disipada en el remake hollywoodense, una especie de versión para retardados mentales del dilema existencial sufrido por el personaje de Noriega.
No podía esperarse menos: la idea central del nuevo film conjuga al niño bonito e increíblemente inexpresivo Tom Cruise con una de la reflexiones más llanas que este servidor haya visto sobre las pinturas de Monet (claro que defender al pintor francés quedaría muy mal de mi parte, no sólo porque soy venezolano, sino porque en algún momento escribí algo llamado Latinos en París, que pretendía exacerbar el etnocentrismo venezolano el cual aún defiendo, como punto hipercrítico de lo Europeo y distanciamiento irónico).
De todas maneras, la aproximación yanki a Abre los ojos es igual a la visión americana del mundo: un racionalismo a ultranza donde nada queda libre a la interpretación. Siempre he creído que la forma de vida de nuestros vecinos norteños puede resumirse en un catálogo Sony, versión gringa, para utilizar un equipo de sonido. Allí no hay ninguna duda de lo que se debe hacer. Por ejemplo, en el apartado referente al encendido del equipo, usted encontrará la instrucción siguiente: “coloque el dedo en noventa grados con respecto al eje del botón marcado ‘power’ y luego apoye con una fuerza suficiente hasta que se encienda, con una luz verde, la pantalla del equipo, la cual está situada a ocho centímetros de dicho botón”. De esta manera, todas las instrucciones de ‘troubleshooting’ –problemas con el equipo- comienzan, en el apartado 1.1, con el siguiente inciso: “Pregunta: ¿por qué mi equipo no enciende? –Problema: cerciórese de que su equipo de sonido Sony X321 está enchufado a una toma de corriente”. El apartado 1.2 dirá “cerciórese de que la toma de corriente tiene corriente”. Y así se continua, ad infinitud.
Esta explicación americana encuentra su contrapeso en la radicalización de la hermenéutica manualística francesa. La increíble empresa Ikea no sólo ha logrado hacer incomprensible algo tan simple como el ensamblaje de un escaparate, sino que ha inaugurado toda una iconografía que dejaría atónito a cualquier chino. En la primera página de estos manuales, usted encontrará un dibujito de tornillos, tornillitos y perolitos, con una cantidad de números al lado, relativos a la cantidad de tuyuyos concernientes a cada clase. De esta manera, si usted confunde el perolito No. 1 con el No. 2, que era solamente tres milímetros más largo, tendrá que desarmar todo el estante cuando se dé cuenta de que le faltan un par de perolitos No. 1 y le sobran del No. 2. Lo más increíble es la instancia tao del ensamblado Ikea: en el tercer gráfico aparecen dos sujetos izando unos parales, y en el cuarto aparecen los mismos sujetos con la litera enteramente armada, sin explicación alguna de cómo llegaron allí. Para sujetos como yo, que estudiaron psicología u otra de las ramas humanísticas inservibles en vez de dedicarnos a la carpintería, comprar un mueble Ikea es un verdadero reto al conocimiento.
Pero bueno, volvamos a la película Vanilla Sky: tenemos a Tom Cruise, poniendo cara de susto número uno, cuando Penélope Cruz se convierte en Cameron Díaz; luego tenemos a Tom Cruise, poniendo cara de impresionado número dos, cuando le explican que el cielo parece un cuadro de Monet. Cabe destacar que, como representante masculino de la raza que me considero, el que tu novia se transforme en Cameron Díaz en medio del acto sexual no es exactamente la peor pesadilla que jamás pueda ocurrir.
II.
Viendo la televisión el otro día, me consigo con el tan sonado proceso de Milosevic. El susodicho parece estar acusado de crímenes contra la humanidad, genocidio, masacres y demás. Incluso en lemonde.fr pueden conseguir un muy interesante mapa de Yugoslavia, marcado con una “X” por cada masacre, un círculo por cada ciudad incendiada y un triángulo por cada poblado obligado a emigrar en condición de refugiado. Sin embargo, Milosevic niega los cargos, desconociendo al tribunal de La Haye y alegando que el poder lo corrompió y lo llevo a cometer estos actos.
Increíblemente, en este momento sucede algo extraño con mi televisión: al igual que Penélope Cruz en Vanilla Sky (o Abre los ojos, si vamos al caso), Milosevic se transforma frente a mis ojos y se convierte en George W. Bush, el niño que gobierna el mundo sin siquiera haber sido elegido para esa tarea. Lo veo sentado allí, explicando sin inmutarse por qué hay que bombardear Kabul, Irak, Irán, Corea y probablemente Colombia, lo veo impertérrito, flux hecho a la medida, consejeros dictando discursos; lo veo tomando agua, ya que Bush me da la impresión de ser uno de esos puritanos que ni café toma, no vaya a ser que se haga daño. Cuando estoy aburrido, me lo imagino en la Casa Blanca, luego de la tercera ducha del día, con su colonia vespertina y todo entalcado, no vaya a ser que el pantalón se le atore o le produzca roces desagradables. Bush no fuma. Bush no bebe. Bush no hace abortar a la señora Bush, ya que simplemente no le hace nada a esa pobre madame de piernas eternamente cruzadas. Bush condena las drogas, a pesar de que su sobrina es detenida por la policía al intentar comprar sustancias ilegales.
Luego la televisión vuelve a parpadear, y me encuentro frente a Milosevic, antítesis de Bush. Si hay algo llamado la guerra de imágenes, puedo decirles que el pobre yugoslavo perdió hace rato: Milosevic luce pequeño, un poco relleno, siempre despeinado. Su nariz y su voz aguardentosa dan fe de una vida entregada a las lides de la Smirnoff. El yugoslavo dice que le sabe a papa lo que diga el tribunal mundial, igual que nuestros hermanos gringos desconocieron la sentencia en su contra proclamada por el mismo tribunal en la década de los noventa, sentencia según la cual debían sustraer 1.7 billones de dólares de la deuda de Nicaragua, deuda contraída por el gobierno al comprar armas –a los Estados Unidos- para defenderse de la guerrilla de los Contras, orquestada y aprovisionada por los mismos Estados Unidos.
Alguien dijo alguna vez que si la ley de Nuremberg se aplicara al pie de la letra, todos los presidentes gringos desde Kennedy serían sentenciados sin chistar. Hoy en día esa misma ley sirve para condenar a un hampón yugoslavo, y también sirve para legitimar las futuras violaciones que se hagan a los tratados internacionales, siempre de parte de los Estados que instauran e inventan los tratados. La verdad, comienzo a caer en lo que los psicólogos llaman una psicosis disociativa: Bush me parece Milosevic y Milosevic me parece Bush, W. Bush, o Bush senior, o Nixon, o Reagan. Y llego al verdadero problema del asunto: ¿quién representa, en toda esta historia, a Cameron Díaz? En un mundo en el cual todo lo que decimos y hacemos no repercute en lo más mínimo sobre las acciones y decisiones internacionales, los únicos problemas que valen la pena plantearse son trivialidades como ésa. Así que vayan a protestar, a Porto Alegre, o a la próxima reunión de los G8, yo pienso quedarme en mi casa con mi colección de películas de Salma Hayek y mis trivialidades relativas al tamaño de su traje de baño. Es de los pocos problemas que en la actualidad parece despertar una discusión racional. Brindo por eso, con un buen Cacique Quinientos. Hasta la próxima.
Pos data: en un titular del Le Monde del 15 de Febrero, conseguirán la siguiente noticia: “60 intelectuales norteamericanos apoyan la guerra justa”. Y yo que pensaba que intelectual era equivalente a inteligente. Qué ingenuo. Así que agárrense, porque si la cosa sigue así, aquí va a haber Salma Hayek y Jennifer López para rato. Nos vemos en mi casa, cuando comiencen a estallar las bombas sobre el próximo terrorista. Ahí no más.