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Opinión y Análisis

La Pobreza latinoamericana y la inmoralidad de las guerras
Roberto Palmitesta D.

 
Martes, 10 de diciembre de 2002

En el pasado había poca preocupación por el costo de las guerras, pues se creían justas y pocos objetaban las pérdidas que causaban, considerándose como gastos necesarios para preservar la seguridad nacional. Pero en tiempos recientes la ciudadanía activa de muchos países se ha dedicado a dar a conocer a sus gobernantes y al resto del mundo su posición humanista y antibelicista, con lo cual se ha logrado crear ambientes contrarios a las guerras, logrando a veces el retiro de sus países de algunos conflictos bélicos. El caso más emblemático y conocido es el involucramiento de EE.UU. en Vietnam, ya que --debido a la presión popular y el peso moral de los medios-- esa potencia se tuvo que retirar lentamente de esa región asiática, después de perder 58 mil efectivos en tres lustros de combate, dilapidando de paso unos 150 millardos de dólares. Cabe especular que el sudeste asiático, devastado por ese conflicto absurdo (sufrió unas 2 millones de bajas), sería hoy día un emporio de progreso si se hubiera invertido el costo de la guerra en proyectos constructivos, y probablemente igualaría a China en crecimiento económico.

En el siglo XX, la Primera Guerra Mundial costó a las naciones beligerantes de ambos lados –tras dejar más de ocho millones de muertos en los campos de batalla -- la bicoca de 200 millardos de dólares de esa época, mientras que en la Segunda se causaron el doble de muertes pero a un costo de 1.200 millardos, lo cual significa que el precio de cada desaparecido por causa bélica se había triplicado en menos de tres décadas. Esto sin contar las víctimas del holocausto judío. Después del último gran conflicto mundial, EE.UU. invirtió en Europa Occidental apenas unos 10 millardos en el período 1948-51 -- el famoso Plan Marshall-- para la reconstrucción de varios países afectados por la guerra, pero un simple cálculo indica las maravillas que se hubieran podido lograr en el mundo con el enorme monto invertido en armamentos y la logística de esa guerra, que equivale a 120 veces el costo del Plan Marshall. Es evidente la demencia –o idiotez- de sus líderes, al escoger el camino de la violencia en lugar de la cooperación constructiva. En comparación, el proyecto Manhattan para el desarrollo de las bombas atómicas costó apenas 2 millardos, con lo cual fue posible eliminar a unos cien mil japoneses, siendo quizás la mejor inversión en términos de costo-efectividad de la historia militar de EE.UU.

La guerra del Golfo Pérsico de 1991 costó, según cifras del Pentágono, unos 70 millardos de dólares, y si lo dividimos entre los muertos causados –unos miles, aunque nunca se sabrá con exactitud--, tenemos nuevamente un aumento en el costo de cada baja fatal. Más recientemente, la guerra de Kosovo, para poner de rodillas a la ex Yugoslavia --aunque duró apenas dos meses-- costó unos 60 millardos de dólares, casi todos sufragados por EE.UU. Luego, este mismo país tuvo que ofrecer decenas de millardos de “ayuda económica” para reconstruir la infraestructura civil destruida por en sus certeros bombardeos aéreos. En esta campaña, Washington no reportó ninguna muerte de sus efectivos, algo insólito en los anales de la guerra, pero los Yugoslavos y Kosovares acusaron centenares de muertes, con lo cual el costo unitario de las bajas fatales subió considerablemente. La guerra en Afganistán también tuvo un costo similar y miles de bajas, entre militares y civiles, y su recontrucción costará unos 15 millardos de dólares. Si sumamos el costo de las guerras civiles en el mundo durante la “guerra fría” (que ha sido caliente excepto para las superpotencias), el total podría llegar fácilmente a unos dos billones de dólares para el nefasto siglo XX, período que ha merecido plenamente el apelativo de “el siglo de las guerras”.

Ahora se anuncia una guerra contra Iraq, inicialmente para desarmarla, aunque el nombre de la operación militar en marcha (“Cambio de Régimen” ) no deja duda de su verdadero propósito, el derrocamiento de Saddam Hussein y el establecimiento de un régimen “amistoso” en su lugar. Dependiendo de la duración de la misma, estimada inicialmente en unos pocos meses, Washington calculó que puede costar entre 100 y 200 millardos de dólares, y se podría causar centenares de muertos. Si se materializan estos estimados, el costo unitario subirá nuevamente, mucho más allá del ritmo de la inflación que ha experimentado el mundo moderno.

Hagamos ahora otro ejercicio pedagógico con un simple cálculo aritmético. El presupuesto de Venezuela para 2003 se calculó en unos 30 millardos de dólares. Ya que Venezuela tiene apenas 25 millones de habitantes y Latinoamérica/Caribe unos 500 millones para esta fecha --o sea 20 veces la población venezolana--, si se extrapolara dicho presupuesto al resto de Latinoamérica se necesitaría aproximadamente 600 millardos de dólares para financiar todos los presupuestos nacionales de la región. Mientras tanto, el presupuesto del Depto. de Defensa de EE.UU. para el próximo año ascenderá a unos 450 millardos de dólares, y si a esto le sumamos el costo promedio de la guerra contra Iraq –pongamos 150 millardos, no incluidos en el presupuesto ordinario--, los gastos militares de ese país ascenderían justamente a 600 millardos, o sea lo que costaría el financiamiento de todos los presupuestos de América Latina y el Caribe durante el año.

Estas comparaciones, aunque algo simplistas, se hacen sólo para demostrar cómo se malgasta el dinero para matar y destruir cuando una buena parte de ese gigantesco presupuesto militar se podría utilizar para acabar con la pobreza de todo un continente en pocos años, si realmente se quisiera, convirtiéndolo en el más progresista del orbe. En cambio, según cifras de la ONU tenemos un subcontinente donde la mitad de la población –del Rio Grande a la Patagonia-- sobrevive en una pobreza abyecta, con menos de 2 dólares diarios per cápita, y sólo el 20% consigue tener un digno nivel de vida, mientras mueren miles de niños al año por desnutrición, la salud y la educación son harto deficientes, y la inseguridad se incrementa a diario. Aunque la mayor responsabilidad de esta lamentable situación corresponde a los gobiernos ineficientes y corruptos de la región, no cabe duda que con una mayor disponibilidad de recursos financieros se podría hacer mucho para aliviar esa triste situación, siempre que dichos fondos fueran bien administrados. Siguiendo con las especulaciones, con apenas una pequeña porción de su presupuesto militar, EE.UU. podría financiar el equivalente a varios planes Marshall, que cambiarían radicalmente la situación socioeconómica de la parte atrasada del Hemisferio. Sería una decisión inteligente, pues con una clase media pujante, América Latina sería un mejor mercado para los productos del Norte, si usamos el mismo argumento que usó Marshall para vender su modesto plan al Congreso estadounidense, pues el resurgimiento de Europa significó también un período de bonanza para EE.UU.

No hay duda que EE.UU. tiene que defender a su gente del terrorismo, y necesita un estamento militar para cuidar sus fronteras, mientras demuestra su superioridad militar al resto del mundo, todo lo cual explica que su presupuesto de defensa sea tan alto y llegue a representar actualmente alrededor del 5 % de su PIB. Pero si en lugar de financiar guerras innecesarias, destinara gran parte de ese presupuesto militar en ayuda efectiva a los países en desarrollo, quizás no tendría que gastar tanto en combatir el terrorismo, un fenómeno que se origina por el atraso y la pobreza, lacras que generan grandes desigualdades sociales entre el primer y tercer mundo. Por algo una encuesta reciente en 44 países demuestra que la imagen de EE.UU. ha empeorado en la última década, mencionándose como primera causa el resentimiento que causa la arrogancia demostrada por esa nación desde que se ha convertido en la principal superpotencia mundial..

En cambio, los países de la Unión Europea, gastan en defensa menos del 2.5 % de su PIB, habiendo aprendido a minimizar el gasto militar y conservar sus recursos para tareas más constructivas después de la desastrosa guerra mundial, al mismo tiempo que han estabilizado prácticamente su población. Estos dos factores explican su fenomenal recuperación en la posguerra, cuando a apenas tres lustros de haber terminado ese conflicto, ya se hablaba del “milagro europeo” en vista de sus altos niveles de vida, que han llegado a ser los mayores del mundo hoy día tanto en términos de PIB per cápita como en índices de desarrollo humano, superando en estos indicadores incluso a EE.UU.

Muchos otros países del tercer mundo tienen presupuestos militares exagerados no sólo en comparación con sus posibilidades económicas, sin en consideración de su modesto papel en la geopolítica mundial. Por ejemplo, es absurdo que un país como Corea del Norte, donde mucha gente pasa hambre, tenga más de un millón de efectivos bajo las armas, compre armamento sofisticado y se da el lujo de financiar un programa misilístico y nuclear. Terminada la guerra fría, es insostenible cualquier argumento de ese país --con una población de apenas 25 millones de habitantes— para justificar que derrocha casi la tercera parte de su PIB en el rubro de “defensa” –o sea unos 7 millardos de dólares--, mientras su pueblo está sumido casi totalmente –excepto los jerarcas y burócratas del régimen-- en una pobreza extrema.

Otros países tercermundistas no llegan a esos niveles de derroche, pero algunos de ellos malgastan valiosos recursos para comprar armamento y financiar tropas, generalmente para defenderse de sus vecinos o para mantener regímenes represivos. Por ejemplo, países pobres como Ruanda, Eritrea, Sri Lanka, Myanmar, Cuba y Yugoslavia invierten en “defensa” alrededor del 7% de su PIB. En Israel, quizás la dedicación del 13% de su PIB a este rubro pueda ser justificada, acosada como está por sus vecinos y víctima de un terrorismo brutal, aunque pudiera evitar gran parte de esos gastos si sólo desactivara el conflicto palestino continuando el proceso de paz iniciado en Oslo.

Una región como Latinoamérica, no tiene excusas para malgastar alrededor del 2% de su PIB en gastos militares, cuando pudiera iniciarse un desarme regional para imitar el ejemplo de países como Costa Rica, utilizando las armas sólo para el combate de la criminalidad, el contrabando y el terrorismo. Es absurdo pensar en una fuerza armada regional para hacer “contrapeso” al desproporcionado poderío militar de EE.UU., algo de todos modos inconcebible en estos tiempos, cuando impera la cooperación hemisférica en lugar de enfrentamientos estériles. Tampoco puede pensarse en que la región sea amenazada por alguna potencia extra-hemisférica, existiendo pactos interamericanos de defensa mutua.

Los países con guerrillas internas podrían presentar un caso aparte, pero dichos grupos se han convertido en simples organizaciones terroristas o hamponiles, que se podrían combatir con una fuerza interamericana común, la cual intervendría donde fuera necesario, en lugar de arruinarse un solo país para defenderse de esas lacras. Con la ayuda militar que recibe Colombia del norte, invertida en mejoras socioeconómicas, más lo que se ahorraría si no tuviera que reponer la infraestructura destruída por el terrorismo actual, este país sería el más próspero del subcontinente, pero unos grupúsculos subversivos todavía se empeñan en llegar al poder para establecer una ilusoria justicia social, aún después de constatarse el fracaso del comunismo en Cuba –y en el resto del mundo-- y de las otras guerrillas castro-comunistas en el subcontinente. La gente laboriosa y pacífica tiene que preguntarse si no sería más sensato hacer la paz la y compartir la riqueza generada por una intensa actividad económica, muy factible si sus esfuerzos no estuvieran dedidados a defenderse de una guerrilla despiadada y destructora.

La conclusión lógica es que sería preferible que concentremos nuestros limitados recursos en combatir la pobreza y aliviar los problemas ambientales, y no a armarnos hasta los dientes sea para combatir a enemigos imaginarios sea para llegar al poder o apuntalar a ciertos regímenes ineficientes, los cuales –dicho sea de paso-- se han convertido en la raíz del problema en lugar de ser parte de las soluciones.El ejemplo más palpable es el de Argentina, donde los militares han apoyado tanto desastrosos gobiernos populistas como dictaduras genocidas, sin contar su costosa aventura para la fallida invasión de las Malvinas, evento usado para desviar la atención de los problemas internos y que sumió al país en una profunda crisisi económica de la cual todavía no se ha recuperado. Conviene recordar que grandes potencias como la URSS se arruinaron justamente por los altísimos presupuestos militares exigidos por una absurda carrera armamentista y la prolongada guerra en Afganistán, pasando del segundo al tercer mundo en pocos años y constituyéndose en la prueba más visible de la perversa futilidad del gasto militar.

Lo mismo podría pasar en muchos países del tercer mundo, que –si siguen las tendencias actuales— están engrosando gradualmente las filas del cuarto mundo, donde ya pertenece cerca de la mitad de los países del planeta. Sólo en la medida que los verdaderos líderes adopten una visión pacifista de futuro y favorezcan la cooperación --en lugar de la confrontación estéril y costosa— podrán mejorar la deprimente calidad de vida de las mayorías depauperadas y asegurar un futuro mejor para todos. El dilema entre “cañones o mantequilla” --como se resume en forma simplista en los textos de economía-- no debería existir en este nuevo siglo, a menos que regresemos a etapas superadas donde las armas dominaban el quehacer nacional. El avance indetenible de la civilización implica que los pueblos desechen la violencia y se concentren en administrar eficazmente sus limitados recursos para beneficiar a la ciudadanía, en lugar de malgastarlos enriqueciendo a los consabidos “perros de la guerra”, que son realmente mercaderes de la muerte y la destrucción. Y las naciones que se consideran líderes mundiales deberían ser las primeras en dar el ejemplo, frenando el inmoral armamentismo que está notando en estos tiempos. En este sentido, habría que reivindicar la frase célebre de un militar que vivió de cerca los horrores de la guerra, Dwight Eisenhower, dicha en su campaña electoral: “Cada fusil que se fabrica, cada destructor que se lanza al mar, cada cohete que se dispara, al final significa un robo para aquellos que tienen hambre y no reciben alimento, para aquellos que tienen frío y no reciben vestimenta”.

(Nota: En el mundo latino, el “millardo” equivale al “billón” del mundo anglosajón, o sea a mil millones)

rpalmi@yahoo.com

 

 

 
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