(AIPE)- Cada día encuentro más difícil repetir lo que antes siempre voceaba: “dos vivas por la democracia”. No es que no me guste mucho el renovado Partido Laborista británico, que de verdad no me gusta. Aun habiéndole dado la espalda a sus delirios más salvajes, el programa de Tony Blair atrajo el voto de menos de uno de cada tres del electorado. Pero una vez conformado el gobierno, se siente con el poder ilimitado de imponer su programa al 100% de la gente.
Vamos a estar claros, el único argumento serio a favor de la democracia es que podemos sacar pacíficamente a los maleantes con el voto, pero conlleva el costo de reemplazarlos por un grupo diferente de pillos. Puede ser una manera tolerable de decidir un número limitado de asuntos importantes con un “sí” o un “no”, tales como guerra o paz, inflación o estabilidad, proteccionismo o libre comercio. Pero una sola votación respecto a dos o tres partidos, cada cuatro o cinco años, no puede reflejar las miles de preferencias personales sobre la educación, la atención médica, las pensiones y todos los demás servicios “públicos”, o mejor dicho, politizados.
Como economista retirado me puedo dar el lujo de declarar al “gobierno representativo” como un fraude. Claro que no es sustituto del autogobierno donde los individuos diseñan su propio futuro en un mercado competitivo. Como graduado de la Universidad de Cambridge, estoy en la trinchera con el profesor Lionel Robbins del London School of Economics, quien mantenía hace 50 años que el mercado es un “referéndum perpetuo”, en el que todos los días votamos con nuestro dinero entre infinidad de opciones, bienes y servicios producidos por innumerables proveedores alrededor del mundo, todos compitiendo en calidad y precio para satisfacer a sus clientes. Muchos garantizan devolver el dinero si quedamos inconformes y hay remedios legales contra el engaño. Imaginemos un recurso similar frente a todas esas promesas electorales fraudulentas.
Además, los mercados le ofrecen total representación a las minorías. Sin importar lo excéntrico que sean sus deseos personales, hay algún suplidor en algún sitio del mundo esperando para servirle, quizás en Internet.
Y para añadir insultos a la injuria, la verdadera mayoría (aquella que no votó por los candidatos del gobierno) tiene que aguantar esos “servicios gratuitos” obligatorios que jamás escogeríamos y nos meten la mano en el bolsillo para pagar por ellos.
Peor aún, el sistema de votaciones es distorsionado por el poder de grupos de presión interesados sólo en su tema. “Una persona, un voto” encubre el inmenso poder de grupos que ejercen una influencia desproporcionada sobre los partidos políticos. En Estados Unidos, dos profesores, Buchanan y Tullock, se han dedicado al análisis riguroso de los más sórdidos aspectos de lo que ellos llaman la “opción pública”. En vez de aceptar a los políticos como servidores públicos, estudian sus acciones como empresarios operando en el mercado político. Su motivación no es la ganancia sino la ventaja política.
Las ofertas partidistas buscan atraer a bloques de electores, tales como los viejos, los enfermos, las madres solteras, los padres, los maestros, los que se oponen a la cacería o al cigarrillo, los sindicalistas, etc. No importa que sus promesas sean inconsistentes entre sí, siempre y cuando logren agrupar una coalición de grupos de interés para lograr una mayoría. En una reciente publicación del Institute of Economic Affairs, titulada “Gobierno, ¿obediente sirviente de quién?” mi viejo colega Arthur Seldon concluye: “el gobierno valora más a la gente como votante que como cliente”.
Los políticos comienzan sus carreras con una mezcla de ideales y ambiciones, pero la práctica de comprar votos con dinero público pronto corrompe la relación entre el político y el que una vez fue un pueblo soberano.
* Lord Harris fue presidente fundador del Institute of Economic Affairs. Este artículo fue originalmente publicado por “The Times” de Londres, diario que autorizó la traducción de AIPE.
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