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Sección: Internacionales
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Lula, una vez másAntonio Sánchez GarcíaLunes, 22 de marzo de 2010
No he sido parco en expresar mis opiniones sobre Lula, el revolucionario. el sindicalista, el político, el presidente del Brasil. No lo conozco personalmente, ni necesidad se tiene. Juzgar a un hombre es uno de los imperativos de nuestro oficio: el análisis político y estratégico de una situación dada. El análisis político es mi oficio. Intervenir en los acontecimientos, mi vocación. Medir y juzgar a quienes deciden la contemporaneidad, un imperativo. Más aún, cuando ese hombre interviene directa o indirectamente en los asuntos que más me conciernen: la estabilidad, el progreso, el futuro de mi patria y la de mis hijos y nietos. Lo he asociado desde un comienzo al Foro de Sao Paulo, la alianza estratégica e intercontinental conjurada por las fuerzas marxistas de la región, orientadas por Fidel Castro para estructurar una suerte de Internacional Comunista Latinoamericana y hacer frente a los cambios históricos producidos en el mundo y en particular en América Latina tras el derrumbe de la Unión Soviética. Una forma reciclada de la OLAS, la organización subsidiaria de la OSPAAL creada por Cuba en 1966 para coordinar la guerra de guerrillas en Asia, África y América Latina, pero en su caso concreto circunscrita a esta última. Castro, entregado hasta su último suspiro a subvertir América Latina, comprendió que la estrategia foquista implementada inicialmente durante los sesenta había fracasado y que la crisis en que cayeran los ejércitos de la región tras combatir y derrotar la primera oleada subversiva desarrollada desde La Habana dejaría a los países indefensos e inermes ante un ataque de nuevo cuño, a cuya implementación se dedicó sin perder un instante: conquistar los gobiernos electoralmente mediante el levantamiento de un nuevo folklore revolucionario – bolivariano, en el caso – y asaltar al Estado desde dentro, vaciarlo de todo contenido constitucional y democrático y ponerlo al servicio de regímenes totalitarios. La vieja fórmula ideada y llevada a la práctica por primera por su arquetipo, Adolfo Hitler. Lula es la primera figura de entre las fuerzas revolucionarias de la región en asumir dicha estrategia, así no haya sido el primer presidente en ponerla en práctica. Ese fue Chávez, quien financió a Lula y le dio el sostén económico como para que llegara a la presidencia del Brasil. Como lo hiciera con Correa, con Evo Morales, con Daniel Ortega, con los Kirchner, con Ollanta Humala y López Obrador. Desde la que hubiera dado exactamente los mismos pasos que Chávez si Brasil hubiera estado en el lamentable estado de indefensión estratégica en que Chávez encontrara a su país. Más allá de matices y diferencias, he definido a las dos cabezas rectoras de la conquista de la región con el símil cinematográfico de las películas negras: Lula es el good cop, Chávez su complemento, el bad cop. Los dos brazos de una y misma tenaza. Esa visión, duramente contestada por quienes han preferido hablar de izquierda buena e izquierda mala, o de izquierda moderna e izquierda borbónica – la que no aprende – o de izquierda democrática e izquierda revolucionaria, ha comenzado a reafirmarse tras las extravagantes acciones y declaraciones de Lula en Honduras y frente al caso de los presos políticos cubanos, siendo aceptada a estas alturas incluso por los máximos defensores del lulismo en Venezuela, como es el caso del afamado editor Teodoro Petkoff. Uno de cuyos más recientes editoriales lo dice todo en un llamativo título de portada: Lula, filho da puta. Tuve la confirmación textual de que Lula pertenecía al team castrista y participaba de la movida del castro chavismo, al que seguiría sirviendo una vez conquistada la presidencia del Brasil, así se viera constreñido a respetar la institucionalidad política y militar de la gran potencia atlántica, durante una conversación que sostuviera en el año 2000 con Marco Aurelio García, viejo compañero de partido en Chile, compañero de exilio en Paris, compañero de trabajo en todos esos años y amigo desde comienzos de los 70, si cabe la amistad cuando están en juego posiciones políticas irreductibles. Asombrado por la crítica que le expuse sobre la auténtica naturaleza del teniente coronel Hugo Chávez, a cuya segunda transmisión de mando acababa de llegar, me replicó con una insólita pregunta: “¿tienes acaso problemas estéticos con Chávez?”. Para reafirmarse en su posición revolucionaria con otra insólita pregunta: “¿Has olvidado nuestro juramento?”. Ante el rostro de sorpresa que debo haber puesto agrego: “Aquel que juramento martiano que hiciéramos en el MIR: con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar”. De seguidas vendría la apología más delirante al supuesto enciclopedismo de los ciudadanos cubanos. Supe, desde entonces, y antes de que Lula llegara a la presidencia, que sería financiado por Chávez y que, sin importar el rostro de demócrata ejemplar que asumiera, su función se acomodaría de manera perfecta al cumplimiento de los propósitos del foro: respaldar a Chávez hasta sus últimas consecuencias y desestabilizar la región coadyuvando a su copamiento institucional para terminar de imponer el castrismo en América Latina. El tiempo me ha venido a dar la razón. Hubiera preferido equivocarme. |
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