Caracas, Domingo, 20 de abril de 2014

Sección: Internacionales

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Encuestas que eligen Presidente

Fernando Estrada Gallego

Martes, 30 de marzo de 2010

La elección anticipada de Juan Manuel Santos como presidente de Colombia por las denominadas encuestas de opinión permite de paso situar en su real dimensión algunas protuberantes fallas de nuestra reciente historia política. Encuestas en lugar de ideas. Los peligros que pueden generar los medios de opinión por falta de sentido analítico. Las encuestas y sus diseñadores son el mayor obstáculo a una campaña presidencial bastante superficial.

Estas encuestas no resisten ninguna prueba rigurosa. Y contrario a ampliar la formación de opinión pública, la deterioran. Para superar este defecto los medios deben proponer menos encuestas y más debates. Las campañas presidenciales deben reclamar una ampliación democrática, y una menos exposición de los medios masivos a la fiebre de las encuestas.

Las encuestas simplifican la política. Porque en lugar de planteamientos serios sobre los dilemas concretos en Colombia las campañas de encuesta debilitan el ejercicio natural de la democracia: demostrar con argumentos soluciones a los problemas, probar la fortaleza de las mejores ideas, magnificar la deliberación entre programas de gobierno. En resumen, la pregunta no es a quién elige una encuesta sino ¿con que ideas se elige a un presidente? Este es el primer punto.

El segundo aspecto es que en Colombia una verdadera reforma del Estado debe proponerse reestablecer las demandas de equidad social y justicia, no sólo para unos sectores privilegiados, sino para una mayoría de colombianos que viven sin cohesión social ni futuro. En lugar de escuchar cantos de sirenas, los candidatos tendrían que hacer pronunciamientos públicos sobre las soluciones a problemas específicos. A los presidentes en Colombia se les olvidó gobernar porque sus campañas electorales dependieron de un montaje estadístico (mal diseñado).

PREGUNTAS FUNDAMENTALES

En tiempos de campañas electorales es tradicional en Colombia la multiplicación de numerosos conflictos, se acelera la guerra irregular y los municipios son asediados por el interés de dominio territorial que puedan lograr los grupos armados. El malestar derivado de la corrupción crece. Más pobres, más desempleados, más hambre. Una democracia que pide a gritos la honradez, no es una democracia madura. Esta campaña presidencial sufren los mismos defectos: improvisación, clientelismo, repetición de encuestas inútiles. La novedad son candidatos apabullados por las encuestas. Los ensayos que en este sentido dejaría la constitución del 91, han mejorado con las reformas. Pero el sistema electoral sigue siendo paquidérmico.

Podemos verlo de otra manera. Mientras las campañas van por un camino, los colombianos se expresan distintos. La sociedad ha madurado en cultura pública, ahora la gente no se deja engañar fácilmente. Basta ilustrarlo con Juan Manuel Santos. Algunos periodistas creen su barrido en las encuestas obedece a una polarización en la opinión pública provocada por el favor de los falsos positivos. Mentalidad derechista de la mayoría. ¿Será tan simple? En realidad lo percibido es cansancio de la seguridad económica para unos pocos. En síntesis, lo que esperan de los candidatos es el repliegue a temas concretos que afectan su canasta diaria, su sobrevivencia. Pero los medios perturban porque contribuyen a poner los énfasis en los lugares equivocados. A cambio de una formulación estudiada sobre la distribución de los ingresos, por ejemplo, le sugieren al candidato, elegido por la encuesta, que “hable como presidente” (¡Ay Darío Arismendi!)

Seamos serios. Que respondan los candidatos: ¿Cómo se mantendrá el presupuesto durante su gobierno a las Fuerzas Armadas? ¿Cómo se orientarán los actos legislativos en el Congreso? ¿Cómo estructurar de nuevo un ministerio de Salud? ¿Cómo devolver su importancia a la investigación en la Educación Superior? ¿Cómo asegurar la independencia de los poderes públicos? ¿Qué hacer con las ganancias de Ecopetrol? Eso es más sensato. Toda decisión que se tome en cualquiera de estos ítems modifica la distribución del ingreso en otros sectores sociales. Estos son los temas que tiene obligación de responder una campaña, un candidato. Y aunque parezca trillado, la poca evolución del debate público sobre estos temas, ha degenerado con los gobiernos, tanto la calidad de vida como la percepción sobre la eficacia de las políticas de gobierno.

Si en lugar de encuestas, los medios de opinión coadyuvarán a abordar debates de gran nivel analítico entre los candidatos, podríamos salir adelante como país. Un debate público que comprometa, por ejemplo, el problema sobre los impuestos que los colombianos dedicamos a servicios públicos: educación, salud, vivienda, seguridad, cultura, guerra, etcétera. El destino de estos recursos no se ve en la mayoría de municipios. En cambio sí la maquinaria de corrupción paramilitar, escándalos y funcionarios procesados por malversación de la hacienda pública. Los dineros de los contribuyentes se reparten de acuerdo con un sistema de valores que presiden los partidos políticos, no por la relación de fuerzas que depende de condiciones concretas.

VALORES EN LA POLÍTICA

Los valores en la política se han vuelto difusos. Los candidatos presidenciales no defienden en sus campañas grandes causas. Es política del menudeo. La dinámica de sus agendas temáticas sufre ciclos y ritmos irregulares, dependiendo de las reivindicaciones sectoriales. Y muchos medios de opinión y firmas encuestadoras comparten este ambiente sin cuestionarlo siquiera. A Noemí no le perdonan sus viejas alianzas con el sistema que hoy ahoga económicamente a los colombianos. Ella entonces se procura temas como: “eliminar la corrupción”, “generar empleo”. Juan Manuel Santos lleva un sello indeleble de zorro astuto, y para estos sectores, reivindica temas como el de “seguridad”, “intervención internacional”, “protección a la propiedad privada”.

Lo anterior no es una fatalidad. Así se hace la política aquí o en la Patagonia. Ante la ausencia de una visión global de opciones para futuro, la referencia no puede ser sino de proximidad. Lo que explica porqué los discursos de los candidatos se parecen tanto. ¿Qué diferencia ideológicamente a Sergio Fajardo de Antanas Mockus? O ¿a Noemí de Rafael Pardo? Sus temas de campaña marchan azarosamente al son de una coyuntura pasajera. Y, la verdad, ninguno ha tenido tiempo para preparar ningún programa de gobierno. Una improvisación generalizada. No hay visión clara de escenarios de gobierno que toquen a fondo la problemática del país. Esto ha llevado a dilapidar oportunidades de madurar políticamente como nación. Pasamos sin pena ni gloria de un período de vano populismo, de bipartidismo con mandarines, a una época de seguridad democrática, pero una política con pseudoprincipios. En cualquier instancia de vida pública sométase a prueba la enorme complejidad para equilibrar las demandas legítimas, y demandas que funcionan como órdenes en la personalidad del corrupto o el agente violento.

¿MÁS THINK TANKS?

Hay que lamentar la ausencia de partidos políticos fuertes, pero más, la reactivación de los mercados clientelistas. A cambio de programas de gobierno, los equipos de campaña (apoyados por firmas encuestadoras) se han vuelto magos en el arte de invocar el interés general para legitimar el propio. De nuevo los discursos, van y vienen entre la ambigüedad: la paz, el desempleo, la seguridad. Y desde luego que nada nos obliga a creerles. Pero dañan con el tiempo la posibilidad de creer en la política. Esta fragmentación privada de lo público parece no tener regreso: economía, educación, salud, vivienda. Tampoco sus dolientes. Tenemos a cambio, individualismo político, dispersión derivada de los conflictos. En suma,  un laberinto sin oportunidades claras para el elector y el ciudadano.

Aquello que aprendimos a combinar entre la política y la guerra es un reflejo de dos crisis dinámicas sobrevinientes con los últimos gobiernos, cada una de las cuales propone un repliegue cortoplacista. La conversión a una privatización sin planeamiento o las promesas de un mercado abierto, no encuentran más que olas de resentimiento social. ¿Cómo incitar al esfuerzo del trabajador o el estudiante, cuando existen ganancias ilimitadas sin esfuerzo?

En esto los medios y las firmas encuestadoras ha sido campeonas. Inflan a seres mortales como Juanes o Shakira, los vuelven pequeños dioses para la mentalidad de adolescentes y jóvenes. Invitan a imitarlos, describen sus estilos de vida, abundante. A las reinas las vuelven presentadoras y a los presentadores políticos. Es la trivialidad vuelta espectáculo. No hacen falta muchos méritos para ser tan rico, piensa la niña o el niño que los ve. ¿Porqué no yo? Y esa pregunta se ha generalizado. La paradoja es que el espectáculo del mercado, la moda y el deporte, desalienta el trabajo. Aquí tenemos la explicación a muchos males.

Cito al historiador Malcom Deas: “El país tiene que mejorar su capacidad de autoanálisis. Tiene que aplicar a todas las áreas de gobierno el mismo nivel de talento que ha sido capaz de dedicar a su manejo económico. Sin ninguna duda el talento existe, y en alto grado, pero falta canalizarlo hacia fines públicos. Hay que pensar en más Think tanks con fines variados: no cuestan tanto, sobre todo si se tiene en cuenta la urgencia de muchos de sus posibles aportes, y a veces falta la decisión política de emplearlos”.

El señor Deas, que ha sido consejero del presente gobierno. ¿Qué ha pasado con las cabezas mejor puestas al servicio de la seguridad democrática? ¿Perdieron su naturaleza de Think tanks?. El país tiene que mejorar extendiendo una mayor oportunidad de empleo y educación para una mayoría de colombianos que sobrevive de milagro. En lugar de autoanálisis, señor Deas, preguntémonos, ¿Cómo puede Colombia recuperar honradamente las profesiones que exigen estudios largos y difíciles: médicos, investigadores, jueces, etc.? ¿Cuándo no se van a sentir injustamente tratados por la sociedad los profesionales taxistas?

NECESITAMOS MÁS DEBATES

Quizás uno de los puntos altos de la campaña presidencial consista en la manera como los candidatos y los partidos, puedan diseñar y mostrarles a los colombianos qué tipo de futuro inmediato nos espera, ¿Cómo seguirá evolucionando la privatización de los servicios públicos de salud o educación? Por ejemplo. ¿Qué va a suceder en materia de políticas concretas para la generación de empleo? ¿Cómo evitar que los bienes decomisados al narcotráfico sigan repartidos entre testaferros y funcionarios públicos? ¿Sobre qué principios se va a definir la escala salarial de los trabajadores? ¿Cómo controlará el gobierno las exenciones tributarias concedidas a los más ricos?

La carencia de pronunciamientos estudiados sobre estos puntos y el carácter repentino de los medios, de las encuestas lleva a empobrecer la cultura política. No es condición impuesta a los candidatos la respuesta a estos temas concretos. Lo cual lleva a individualizarlo todo. Las campañas sufren el menoscabo de la falta de ideas y los candidatos se dedican por esto, a mejorar el maquillaje, a posar, a figurar. Pero nada más. Siendo la reforma del Estado lo que está en juego, nadie quiere arriesgar los votos que le ofrece una determinada coalición.

No se trata solamente, como también lo ha reseñado Marco Palacios, de renovar votos por los medios técnicos para aumentar la eficiencia de los servicios públicos y otras instituciones del orden municipal o departamental. Menos política, más administración. Se trata sobre todo de preparar el porvenir, de poner la política al servicio de un proyecto colectivo como nación, de tener una ambición que no sea sólo gestión. Los mismos que proyectan las encuestas de opinión o quienes las difunden y magnifican, deberían ayudar a crear estos debates con seriedad. ¿Qué sistema educativo queremos los colombianos? ¿Qué tipo de justicia? ¿Qué tipo de seguridad? ¿Qué tipo de paz? ¿Cuánto podemos pagar por los cambios que requiere el país?

Dimensionar aspectos concretos sobre necesidades sociales apremiantes es en parte una responsabilidad de los medios y las firmas encuestadoras. Invitar a quienes posean las mejores ideas para que desarrollen debates abiertos sobre política, conflicto, arte, cultura, es una tarea urgente. Exigir a quienes han sido elegidos a cargos públicos: senadores y congresistas, que muestren cómo sus propuestas sirven para cohesionar más al país, para hacerlo más eficiente. Lo contrario es fomentar una política refleja de la pereza para pensar en grande. Las candidaturas no definen un estilo de gobierno pero lo facilitan, ¿Qué tipo de gobierno necesitamos?

Las encuestas no pueden significar más de lo que significan, una medida de preferencias, temporal y selectiva. Nada más. Quedan pocos semanas de campaña, en un país cuyas realidades tienen demasiada volatilidad, tanta como la opinión favorable. Las elecciones de encuestas, en todo caso, terminan por reducir cada vez más las oportunidades de renovar la política. Las encuestas deben ceder su lugar a debates abiertos más calificados. Los electores deben exigir a los medios, mayores oportunidades para la deliberación. En las democracias maduras, primero la fuerza de los mejores argumentos, segundo, la negociación del poder político.

 

persuacion@gmail.com

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