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  Sección: Internacionales

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Israel y Palestina: O de la teoría realista de las relaciones internacionales (I)

Oscar Reyes

Sábado, 22 de julio de 2006

I

A título personal, quien esto escribe deplora la guerra que se ha desatado al sur del Líbano, y que ya ha costado más de 200 muertos civiles: 100 por cada uno de los dos soldados israelíes secuestrados.

Mas como académico, si alguien me pregunta si esto tiene explicación, le diría que sí, que se inscribe dentro de la tendencia llamada teoría realista de las relaciones internacionales. No estoy diciendo que una explicación justifique –que convierta en algo justo- la agresión de parte y parte, en la que siempre llevan las de perder los que están en medio, los civiles. Trato de decir que si usted interroga a algún alto funcionario israelí o norteamericano en torno a cualquiera de estas acciones bélicas de tipo preventivo o retaliativo, será poco probable que le respondan ‘lo hicimos porque sí, porque somos poderosos, y punto’. Seguramente le darán una respuesta razonada del tipo: ‘lo hicimos en aras de la seguridad nacional de nuestro Estado’.

En este artículo, no pretendo hablar sobre justicia: quisiera exponer mi punto de vista acerca de cómo se construye la base teórica sobre la que se asienta la explicación del tipo ‘se hace en aras de la seguridad del Estado’. Porque creo que cuando un alto funcionario israelí o norteamericano razona de esa manera no lo hace por cinismo, tratando de disfrazar un imperialismo burdo. Ojo: si Israel y USA tienen actitudes imperiales sería una discusión aparte, que no cabe en este espacio. Por eso, nos centraremos –sin poder evitar alguna que otra anécdota apreciativa- en la discusión en torno al discurso de la seguridad nacional.

Me parece que en verdad ellos –israelíes y norteamericanos- creen en lo que están diciendo cuando hablan de la seguridad del Estado, independientemente de que la propaganda de los débiles –en este caso los palestinos- diga que sí es cinismo, y que se trata de agresión pura, sin ningún tipo de explicación, digamos, irracional. Creo que este tipo de respuesta retórica de parte de los débiles debilita aun más su posición a nivel internacional, y que les convendría dejar de tratar de convencer a los ciudadanos decentes de Europa, USA, Latinoamérica y el resto del mundo, de que Israel y USA son el mal en sí, que matan porque sí –como decía Borges de Billy The Kid en Historia Universal de la Infamia- y que ellos son los chicos buenos en sí porque son los débiles. Primero, porque es una respuesta maniqueísta: unos son los buenos puros y los otros los malos absolutos. Algo de bueno y de malo han de tener cada uno de los bandos, porque ambos son humanos y en ambos hay intereses que se defienden con uñas y dientes. Segundo, porque no creo que convenzan de la maldad intrínseca de Occidente ¡a los occidentales! y menos luego del ataque a las Torres Gemelas: Occidente está claramente convencido de que los fundamentalistas musulmanes –que no es lo mismo que los islamistas pacíficos y democráticos, que los hay- que los fundamentalistas, repito, sí matan gente, en masa, y que además son peligrosos porque creen que al matar van al cielo. Es decir: negociar con ellos es difícil, porque al no temer a la muerte no les importaría lanzar una bomba atómica que detone un conflicto que acabe con toda la humanidad. Al fin y al cabo, habría triunfado la doctrina del profeta y ellos estarían en el cielo con decenas de vírgenes como recompensa por haber arrasado con la vida sobre el planeta. Occidente tiene miles de bombas atómicas: y eso es justamente lo que los frena. Una sola que estalle generaría algo que a la mayoría de los occidentales no les gusta: el Armagedón. Porque para los occidentales, la muerte es lo peor que puede pasar, y la muerte de todos es el mal mayor que siempre hay que tratar de evitar. Para los occidentales, la muerte es una calamidad que debe evitarse: para los extremistas islámicos, es sublime.

¿Cómo van los radicales islámicos a convencer de su bondad a los Occidentales luego de que hemos visto los degollamientos ante las cámaras con que ejecuta Al Qaeda a los prisioneros occidentales, videos que luego, civilizadamente, suelen enviarles por correo electrónico a los familiares de las víctimas?

Insisto en que sería más eficaz para los palestinos pacíficos –esos que quieren dejar de ser un pueblo sobre un territorio pero sin Estado- reformar su discurso y atreverse a pensar que Occidente –en este caso Israel y USA- tal vez sí creen sinceramente que tienen sus razones para comportarse como lo hacen, independientemente de que a uno le parezcan injustas o exageradas sus reacciones. Porque reconocer que el otro tiene intereses que deben discutirse, es abrir el campo del discurso para que el otro reconozca que yo también los tengo: sólo de un reconocimiento mutuo pueden nacer acuerdos perdurables. Creo que para entender esto mejor es que vale la pena hablar un poco de la teoría realista de las relaciones internacionales.

II

La visión contractualista de tipo hobbesiano propone que los hombres se asocian en Estados para minimizar el riesgo de la guerra de todos contra todos, el estado de naturaleza feroz, que sería la peor condición en que le tocaría vivir a un ser humano. Esto implica que todos los bandos o fracciones que se asocian entregan las armas, aceptan unas reglas de juego –por ejemplo una Constitución- y que le otorgan el monopolio de la violencia legítima a las autoridades en quienes delegan el poder soberano original que reside en cada uno de ellos como miembros constituyentes del Estado. Así, queda reglamentada la violencia, la justicia, y nadie puede tomar justicia por mano propia. A la hora de un conflicto, ya una tribu o una familia no tienen que recurrir al agavillamiento, a formar una pandilla o facción, para ir a tomar venganza o ‘justicia’ contra el o los agresores, al estilo de los Capuleto y los Monteschi de Romeo y Julieta. Ello porque a partir de la justicia por mano propia se puede iniciar una cadena infinita de contra-venganzas, que degenerarían otra vez en la guerra civil de todos contra todos que era justamente lo que se quería evitar al formar el Estado. Es por estos argumentos contractualistas que los miembros de la sociedad podrían razonar interesadamente que vale la pena entregar las armas, poner un límite, recurrir ante alguien que interprete cada caso –el juez- y que se castigue al que violó el pacto, la ley, dando satisfacción a las partes. Ese juez, ese Estado, han de tener suficiente poder para juzgar y luego castigar de manera proporcionada, poniendo fin así a la disputa, es decir, otorgando justicia. Caso cerrado, cosa juzgada, sentencia ejecutada.

Nótese que lo anterior presupone que el Estado debe ser más fuerte que cualquier facción, de manera que pueda imponer orden incluso si se inicia un conato de violencia entre cualesquiera grupos. Es debido a esta fortaleza que los ciudadanos terminan confiando en la superioridad del Estado frente a la justicia por mano propia o la guerra de todos contra todos. Es debido a estar fortaleza también que la conducción del Estado es algo tan serio, dado que tal instrumento de fuerza y poder es una tentación para el abuso por parte de los gobernantes delegados allí por los ciudadanos, y de aquí surge la tensión clásica entre el miedo a la anarquía versus el miedo al Estado tiránico, al Leviatán.

Un caso que vale la pena mencionar es aquél en que el Estado no tiene la suficiente fuerza como para controlar la violencia de las diversas facciones, y aunque se mantiene nominalmente como el Estado constitucional sobre un determinado territorio, en la práctica está constituido por varios micro-estados con intereses, organizaciones, fuerzas y armas propias. Ese sería el caso de Colombia, que nominalmente es un solo Estado sobre un territorio bien determinado sobre el mapa, pero que en la realidad es una especie de federación de mala gana, integrada por: a) el Estado constitucional b) el de la guerrilla c) el de los paramiltares d) el de los narcotraficantes. Digo de mala gana porque ninguno de los micro–Estados se quiere el uno al otro, y si no se han exterminado entre sí es porque no tienen la capacidad para hacerlo, aunque lo han intentado en casi 50 años de conflicto ininterrumpido. Si alguno de ellos se convenciera de que puede acabar con el otro, ya lo habría intentado en una especia de ofensiva final, con un tipo de resultados que ya conocemos en la antigua Yugoslavia y Ruanda.

La anterior exposición sugiere que es deseable que el Estado sea fuerte –lo que no es igual a ser muy grande o ser autoritario- para mantener la paz interna, y que la gente pueda trabajar, estudiar, progresar, tener hijos, hacer proyectos vitales, en suma, deambular en paz por la vida.

Aunque les moleste a los palestinos y árabes, los norteamericanos e israelíes –a lo interno- poseen este tipo de fortaleza y unidad nacional, y además son democracias bastante ejemplares. No hay ningún país del oriente medio que pueda ser catalogado como una democracia, excepto Israel. Sin ir muy lejos, cuando usted pronuncia el nombre compuesto ‘Arabia Saudita’ está diciendo ‘Arabia, la propiedad de la familia Saudí’. Es como si dijera: ‘Venezuela, la propiedad de la familia Matute’. Sí: ese rico Estado petrolero es propiedad de una familia, los Saudí, que desde la cúspide de la monarquía se reparten todos los cargos de poder y las instituciones de una manera feudal. La mayoría de los otros Estados de la región son teocracias sangrientas, donde no existen los derechos humanos, especialmente para las mujeres, los homosexuales o para diversas etnias ‘inferiores’ dentro del sistema de castas. Ello no quiere decir que dentro de esas sociedades no hayan florecido aportes geniales para la cultura universal como el álgebra, la medicina, la astronomía. Trate usted de pensar en las cosas más gratas de la vida y verá que la palabra que la designa en español es de origen árabe: almíbar, alberca, almohada, albahaca… La cultura islámica –que no es lo mismo que los fundamentalistas musulmanes- ha producido intelectuales y artistas de talla universal. Pero lamentablemente, quienes tienen mayor difusión mediática son los extremistas como Osama Bin Laden, en vez de un intelectual tan lúcido como el finado Edward Said o un novelista tan exquisito como Nagib Mafouz.

Ni hablar de los judíos: pensemos nada más en los Marx (Karl, pero también Groucho y sus hermanos), en Albert Einstein o en los tres más grandes compositores norteamericanos del siglo XX: Aaron Copland, George Gershwin y Leonard Bernstein.

Obviemos ahora la diferencia entre la democracia de unos y los sistemas autoritarios de otros: pensemos en que a lo interno ambos bandos han desarrollado una cultura de larguísima data, que poseen una sensibilidad refinada para las artes, las letras, para lo mejor de la cultura humana: ¿qué discurso podría tratar de explicar que esos países se comporten a lo externos, con sus vecinos, de manera tan sanguinaria?

La respuesta es simple y triste a la vez: en los Estados nacionales fuertes, las partes en conflicto pueden recurrir –de hecho es lo único que pueden y deben hacer- a la autoridad suprema del Estado, al poder soberano encarnado o delegado en el Estado, el cual tiene la fuerza suficiente para evitar la guerra, para imponer justicia, castigo, y así mantener la paz interna.

Pero a nivel internacional, cuando hablamos de las relaciones de estas partes más grandes entre sí –los Estados- no contamos con un poder supremo o soberano equivalente al poder del estado nacional pero a nivel global, que sea capaz de impartir justicia, castigo y sentencia, capaz de mantener la paz entre las partes, entre los países.

¿A quién puede recurrir un Estado que se siente afrentado por otro? ¿Tienen las Naciones Unidas fuerza para imponer la paz y que se respeten los acuerdos de convivencia? ¿Existe acaso alguna instancia supranacional capaz de garantizar la paz y la seguridad de cada uno de los Estados que participan en el sistema internacional? Lamentablemente no. En Dinamarca, si un grupo de personas se siente amenazado por otro, con toda seguridad el Estado va a poder reaccionar de manera eficiente, rápida, suficiente y proporcional, para mantener la paz, la convivencia y la seguridad de todos.

Pero la ONU ni siquiera tiene ejército: sólo cuenta con los soldados que los países miembros decidan prestarle para las tropas de cascos azules. Y como se sabe, los casos azules no pueden participar directamente en los conflictos: casi no pueden disparar, de manera que las Naciones Unidas no tiene un monopolio de la violencia legítima a nivel internaci0nal. Cualquier facción –hutus, serbios, liberianos- tienen más fuerza que la ONU: ni hablar de Israel, USA, China, Francia o Inglaterra. La ONU es como el Papa: la mayoría de las veces sólo puede exhortar.

¿A quién podían recurrir los judíos cuando querían formar su Estado luego de la II Guerra Mundial? A casi nadie: es por ello que se sentían justificados a recurrir al terrorismo. Golda Meir y otros fundadores del Estado hebreo se especializaban –al comienzo- en ponerles bombas a los ingleses que a la sazón dominaban el territorio palestino.

¿A quién pueden recurrir los palestinos para que les devuelvan sus territorios o al menos les permitan crear un pequeño Estado en un territorio que no constituya una amenaza contra Israel? A nadie, porque no hay un poder soberano global con la fuerza suficiente para obligar a Israel a ceder en las conversaciones de paz, ni siquiera Estados Unidos, la última superpotencia. Los radicales palestinos, visto este panorama, piensan que dado que no hay a quien recurrir, no les queda otro remedio que el terrorismo, como hicieron los judíos para fundar su Estado.

Facciones radicales palestinas como el Hamas, la Yihad Islámica o el Hezbolá arrancan entonces una ofensiva, que ellos consideran justa, contra Israel. ¿Y a quién puede recurrir Israel para que controle a estas facciones? ¿Al gobierno palestino? La autoridad palestina no tiene fuerza para controlar al Hezbolá. Paradójicamente, al no permitir Israel que Palestina sea un Estado consolidado –por miedo a que los ataquen una vez consolidados- pues entonces la autoridad nacional palestina no tiene la fuerza suficiente para controlar a estas facciones, como tampoco la tienen las autoridades libanesas. Entonces, los radicales del gobierno de Tel Aviv se convencen de que no queda otro remedio que meter en cintura ellos mismos a los raciales, estén donde estén: escondidos en una mezquita –entonces los bombardean con un misil desde un helicóptero-, en el recientemente elegido gobierno del Hamas –y así secuestran a medio gabinete palestino- o en bases santuario al sur de Beirut, donde son protegidos por sus simpatizantes libaneses y son armados por los sirios.

¿Y a quién pueden recurrir palestinos y libaneses pacíficos para que Israel cese de bombardear y de causar tantas bajas, sobre todo entre civiles? A nadie, porque la ONU no tiene la fuerza de un poder soberano global, como sí podría ser el caso del gobierno fuerte de un estado nacional unitario y sólido.

El error de perspectiva consiste en extrapolar la estructura del Estado Nacional a la política internacional, porque las relaciones internacionales son anárquicas, en el sentido griego, es decir, en ellas no hay un gobierno que las organice, limite y regule de manera satisfactoria para las partes, que pueda intervenir para arreglar, pacificar, vigilar y castigar.

Se supone que los Estados deberían comportarse de manera honesta, tolerante y respetuosa de los derechos humanos: ese es el deber ser. Pero vista la anarquía, se relacionan a partir del espionaje, la guerra preventiva, las persecuciones en caliente, el sabotaje y el terrorismo: esa es la realidad, y de allí el nombre de teoría realista. Como se sabe, esta teoría deriva de Maquiavelo, fundamentalmente de El Príncipe, aunque ha recibido reformulaciones interesantes de parte de Moshe Aaron y Henry Kissinger. La fórmula es: ‘’Dada la anarquía que reina en las relaciones internacionales, un príncipe no sólo está en la obligación, sino incluso en el deber –para eso la ha sido entregado el poder- de hacer cuanto sea necesario (espionaje, bombardeos, asesinatos selectivos) para salvaguardar la unidad e integridad del Estado’.

Nótese que esta fórmula parafrasea exactamente las frases de respuesta que decimos usualmente se oyen en boca de los funcionarios israelíes o norteamericanos de alto rango cuando tratan de explicar la razón de este tipo de acciones violentas: ‘Lo hacemos para salvaguardar la seguridad del Estado’.

Nótese además que es el mismo argumento de Al Qaeda; sus integrantes están autorizados –y es su deber, y van al cielo por ello- a realizar cualquier acción –secuestros, terrorismo, sabotaje, asesinatos- con tal de defender la integridad de la patria islámica y de la doctrina. De manera que, a mi juicio, los dos emplean el mismo tipo de argumento para tratar de justificar lo que hacen. Nosotros no lo justificamos –preferiríamos soluciones pacificas concertadas- pero lo podemos entender con rabia, frustración, porque es un discurso peligroso en el que caen ambas partes, y que termina siendo el deleite de los radicales de ambos bandos: tanto de Al Qaeda como de los halcones de Washington y Tel Aviv.

La doctrina realista –aunada a la teoría de la autodeterminación de los pueblos- puede servir para tratar de justificar que Irak, Corea del Norte o Irán desarrollen un arsenal nuclear: pero empleando esa misma doctrina, Israel puede decir: ‘Si el Presidente de Irán constantemente declara que Israel debe ser borrado del mapa: ¿para qué pueden ser las bombas atómicas?’ Israel puede, argumentando razones de seguridad, que ellos legítimamente pueden destruir los reactores nucleares de Saddam –lo hicieron- los de Irán –lo van a hacer- o emprender estas acciones de persecución brutal en caliente donde quienes terminan llevando la peor parte son los civiles.

Estas son algunas de las razones que se argumentan desde la teoría realista de las relaciones internacionales.

Como estoy seguro de que muchos lectores querrán saber qué se opina acerca de la justicia o no de estos actos, y de cómo pensamos que se pueden reducir las tensiones, dejamos esa exposición para un próximo artículo, esperando que se callen los cañones y se oigan las voces del diálogo de aquí a allá.

(*) Filósofo y politólogo. Coordinador del Proyecto Democracia de la UCAB

oreyes@ucab.edu.ve


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