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Opinión y Análisis

Irak, en la sala de espera
Alberto Piris

 
Viernes, 7 de diciembre de 2001

Aunque Bush rectificó inmediatamente tras el imprudente uso inicial de la palabra "cruzada", para no herir la sensibilidad del mundo árabe, cuyo apoyo buscaba, amplios sectores de la sociedad norteamericana parecen haber asumido el espíritu de la lucha contra el infiel y en Washington son cada vez más claros los indicios que amenazan con hacer caer sobre Bagdad el rayo de la guerra. El derribo forzoso del régimen de Sadam Husein tras más de un decenio continuado de hostigamiento militar y económico, parece encontrar un hueco en el nebuloso programa antiterrorista de la Casa Blanca.

La política de sanciones económicas ha deteriorado seriamente a la sociedad iraquí y ha causado ya un elevado número de víctimas, dato confirmado por las organizaciones de ayuda humanitaria (Unicef y Cáritas, entre otras) que allí operan. Un endurecimiento de esta política hará todavía más dura la supervivencia de ese pueblo, tan inocente como los que murieron en las Torres Gemelas.

En reciente artículo publicado en el diario británico The Guardian, dos antiguos responsables en Irak de los programas de ayuda humanitaria de Naciones Unidas han manifestado que el pueblo iraquí está siendo utilizado como un rehén para garantizar que Sadam Husein cumpla con las exigencias, variables e imprecisas, que le imponen EEUU y el Reino Unido. Ambos gobiernos, según los autores, han impedido repetidamente al Secretario General de la ONU desarrollar el papel de mediador que legítimamente le corresponde.

Acusan a ambos países de ampararse en lo que llaman la "ambigüedad constructiva" de las resoluciones de la ONU, que les deja amplio margen para tomar las más arbitrarias decisiones. "EEUU y el Reino Unido rechazan las críticas que se hacen a su política, advirtiendo que el pueblo iraquí sufre a causa del Gobierno de Bagdad. Si esto es cierto, ¿por qué hay que castigarle todavía más?", afirman con implacable lógica que deja al descubierto la hipocresía de las potencias occidentales.

Fue una profunda desilusión para algunos dirigentes del Pentágono y de la Casa Blanca el que los ataques de ántrax no pudieran ser atribuidos a Bagdad, cuando se acabó descubriendo que procedían del interior de EEUU. Eso les hubiera dado plena libertad para desencadenar contra Irak la segunda parte de la venganza que está sufriendo Afganistán.

Estos días se ha dado en citar una frase del inquietante premio Nobel de la Paz y presunto violador de los derechos humanos Henry Kissinger: "el petróleo es un producto demasiado importante para dejarlo en manos de los árabes". Antes de los atentados del 11-S se habían desvelado ya algunos planes que señalaban el interés de EEUU por Afganistán, dada la estratégica posición de este país en el eje de los campos petrolíferos transcaspianos. Y es también el petróleo el factor decisivo que determina la política seguida por EEUU en el Próximo Oriente, donde Irak tiene una destacada importancia. Si a esto se unen las estrechas vinculaciones de las actuales élites estadounidenses con las industrias petrolíferas, no es preciso ser muy malicioso para sospechar que, una vez más, es la dependencia de EEUU del oro negro que despilfarra sin medida la que modula muchas de las decisiones que se toman en Washington.

La posibilidad de una nueva guerra contra Irak, dirigida desde el Pentágono a fin de "terminar el asunto pendiente" -así se denomina a la permanencia de Sadam Husein en el poder después de la Guerra del Golfo- es algo que produce una honda preocupación. Las repercusiones que podría causar en todo el mundo una reanudación de aquella guerra son imprevisibles, pero en todo caso, pueden resultar muy funestas. No es posible repetir en Irak la "fórmula Afganistán", dado que no hay en este país una guerra civil en curso de la que pueda aprovecharse para hacer caer al actual Gobierno. Y volver a encender otras mechas de guerra en una región donde ésta ya está ensangrentando las tierras palestinas, parece una imprudencia en la que Washington no debería caer, por mucho optimismo bélico que haya producido la derrota del Gobierno talibán de Kabul.

La tan anunciada lucha contra el terrorismo deberá ir acompañada de otra lucha implacable contra la injusticia y la opresión de muchos pueblos, so pena de extender por el mundo una oleada inacabable de terroristas suicidas que ningún ejército ni ninguna policía del mundo podrán contener.

Alberto Piris es General de Artillería en la Reserva y Analista del Centro de Investigaciones para la Paz

Artículo del Centro de Colaboraciones Solidarias para Venezuela Analítica

 

 

 
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