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Opinión y Análisis

La magia del Centro
Nieves y Miró Fuenzalida

 
Lunes, 4 de diciembre de 2000

¿No es la elección de EE.UU. la versión política de la fábula del burro de Buridan? Frente a dos pilas de paja exactamente iguales nunca supo por cual decidirse. Y de la indecisión murió, según va la historia.

El electorado norteamericano, frente dos programas políticos tan similares, aún no sabe por cuál decidirse. El voto popular por un lado, colegio electoral por el otro. En la práctica, el margen de diferencia es irrelevante. Es que esto se debe a que el país esta radicalmente polarizado? O por qué la alternativa es entre neoliberalismo y neoliberalismo?.

De acuerdo a la prensa "nadie podría decir que el sistema electoral estadounidense es perfecto. Pero, por sobre todo, el sistema funciona". "La transición del poder es producida sin gritos ni puños alzados". Ciertamente. Es difícil de creer que el descontento de Florida se vaya a expresar a través de un alzamiento popular. Pero, al mismo tiempo, también es difícil de creer que el proceso refleje un cambio de poder... solo el cambio usual de personal \presidente, gabinete y todo lo demás.

La verdad, es que nunca hay transición real de poder en USA, no importa quien sea elegido. Los mismos grupos continúan controlando y decidiendo todo. Esta es la genialidad del sistema. Y es por ello que es un "sistema" y no un orden arbitrariamente impuesto. Si hubiera alguna duda es cuestión solo de imaginar la elección de Ralf Nader como presidente. Debido a las limitaciones constitucionales, legales, económicas y políticas, es bien poco lo que hubiera podido hacer para "cambiar las cosas" ...donde, en realidad, podría haber llevado a cabo alguna transferencia seria de poder?

En la visión contemporánea del llamado "mundo post-político" el conflicto de las ideologías globales encarnada en diferentes partidos que compiten por el poder, es reemplazado por una mezcla de tecnócratas iluminados (economistas-especialistas en opinión publica-consejeros sociales ) y multiculturalismo neo-liberal. El énfasis está en el abandono de las viejas divisiones políticas y la solución de los nuevos problemas a través del conocimiento experto necesario y la libre deliberación que solo toma en cuenta las necesidades y demandas concretas del "pueblo".

Los compromisos entre grupos y el logro de consensos universales se obtiene a través de la negociación de intereses. Es dentro de este escenario desde el cual las fuerzas de izquierda han empezado a reemplazar las luchas ideológico-políticas previas por "ideas que funcionen". Y es justamente aquí donde encontramos el abismo entre un acto político propio y la administración de las "cuestiones sociales", que siempre permanece dentro del marco de relaciones existentes.

El acto político propio no es simplemente algo que funciona dentro del "sistema", sino algo que cambia el verdadero marco que determina como las cosas funcionan. Decir que una idea es buena solo cuando no interfiere demasiado con las condiciones de profitabilidad capitalista (sistemas de salud o educación universales, por ejemplo, no "funcionan" porque infringen la ley de la ganancia) significa que uno acepta de antemano la globalización capitalista, que hoy constituye la constelación que determina fatalmente lo que funciona.

Desde mediados de los 80 hemos venido presenciando la aproximación hacia el centro, como práctica política por excelencia. Su expresión teórica mas acabada, probablemente la encontramos en la "tercera vía" de Anthony Giddens, quien proclama que el objetivo político del presente es transcender la oposición izquierda-derecha. La democracia es concebida como una competencia entre élites que tornan invisibles las fuerzas del adversario y la política es reducida a un intercambio de argumentos y negociación de compromisos en donde los intereses de cada uno son reconciliados.

El trasfondo sociológico de tal posición es la de que el ciclo de la política confrontacional que ha dominado al Occidente desde la Revolución Francesa llegó a su término. La oposición izquierda- derecha es hoy en día irrelevante. La bipolaridad que la sustentaba ha dejado de existir. La oposición entre la vieja social democracia y el mercantilismo fundamentalista es la herencia del modernismo que necesita ser transcendida a través de una democracia "dialógica".

Las viejas luchas sociales son reemplazadas por la búsqueda del concensus y la unanimidad social.. Y es este modelo el que explica la obsesión por la conquista del centro político... ¿no es esto, nos atreveríamos a decir, lo que está informando la acción política de Clinton, Blair, Lagos, Bush, Gore?.

Cual es el problema con la "tercera vía", al igual que con los modelos "agregativos" (Rawls) o "deliberativos o dialógicos" (Habermas)? Sin mayores dudas podríamos decir que su limitación fundamental es la ausencia de todo intento por comprender las relaciones de poder que estructuran la sociedad post-industrial contemporánea. El creer que al no definir un adversario político uno puede despachar conflictos fundamentales de intereses es, simplemente, pecar de ingenuidad. La sacralización del consensus ha venido borrando la distinción izquierda-derecha y con ello, el disentimiento.

La lucha anticapitalista no puede ser eliminada de una "política radical" que apunta a la democratización social y que, obviamente, sin la transformación de la configuración hegemónica presente, poco cambio sería posible. El desacuerdo con respecto a estas cuestiones es lo que provee material a una política democrática y lo que, justamente, sostiene la lucha entre izquierda-derecha. En lugar de desechar esta dicotomía, por estar fuera de moda, lo que nos corresponde es redefinirla.

Cuando las fronteras políticas empiezan a borrarse la dinámica política es obstruida y la constitución de identidades políticas distintivas es sofocada. El resultado es la apatía y la ausencia de interés en la participación de procesos políticos. El resultado no es una sociedad más armónica, sino el crecimiento de otro tipo de identidades colectivas a partir de formas de identificación religiosas, nacionales, étnicas. No es de extrañar, por tanto, el resurgimiento del populismo de extrema derecha, que al parecer, es el único que "disiente" y que se define como "anti-stablisment".

La respuesta a la política centrista es la posibilidad de una contra-estrategia. Sería simplemente vano rehusar la globalización o intentar resistirla en el contexto de la Nación- estado.

Es solo oponiendo al poder del capital transnacional otra globalización, informada por diferentes proyectos políticos, lo que podría ofrecer la oportunidad a resistir el triunfalismo neo-liberal e iniciar una nueva hegemonía. El antagonismo social y las fronteras políticas son ineludibles, porque los intereses de la transnacionales no pueden acomodarse con aquellos de los sectores más débiles. El creer lo contrario es capitular al interés mercantil. Hoy no es posible el estatismo económico al estilo soviético y aún no poseemos una alternativa radical al sistema capitalista, pero ello no constituye una excusa para no desafiar la riqueza y el poder de la nueva clase gerencial, si queremos desarrollar una sociedad más justa y responsable. La unanimidad social solo conduce a la mantenimiento de las jerarquías existentes. Y no hay diálogo ni prédica moral que convenza a los grupos dirigentes a renunciar a la relación de poder existente.

En la formación de una nueva hegemonía la comprensión izquierda-derecha necesita ser revisada. Pero cualquiera sea el contenido que se les dé, una cosa es segura, hay momentos en la vida social en que necesitamos decidir de qué lado estamos en la confrontación antagónica. Lo específico de una democracia, si la entendemos propiamente, es que crea un espacio en el cual esta confrontación se mantiene abierta y las relaciones de poder son constantemente cuestionadas, sin victoria final. La absoluta realización de la democracia y su completa desaparición, son sinónimos. La democracia solo puede existir en el movimiento hacia la eliminación de la opresión, no en su radical eliminación. En la tensión nunca resuelta entre lo socialmente determinable y lo indeterminable, que infinitamente posterga el momento de la totalidad.

Es cierto que la concepción tradicional izquierda-derecha es inadecuada para los problemas que enfrentamos. Pero creer que el antagonismo que estas categorías evocan ha desaparecido simplemente porque vivimos en un mundo globalizado es caer en el "determinismo" del discurso neo-liberal que anuncia el "fin de lo político". Lejos de ser irrelevante, esta dicotomía es más pertinente que nunca. La tarea es proveerla con un contenido a través del cual las pasiones políticas puedan ser orientadas hacia una democracia radical.

Artículo de la Agencia Púlsar para Venezuela Analítica

 

 

 
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