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Sección: Internacionales
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Las Ilusiones ArmadasCarlos Armando Figueredo PlanchartViernes, 14 de marzo de 2003
En la primera entrega de esta serie comenté que Elio Gaspari, en A Ditadura Envergonhada, dijo que en la noche del 30 de marzo de 1964 “el Ejército durmió janguista” y que el 1º de abril “el Ejército acordó ser revolucionario”. Lo cierto es que, en los Idus de marzo la democracia brasilera estaba condenada a muerte: si triunfaba el golpe promovido por Goulart se asentaría un totalitarismo de izquierda, mientras que si triunfaban los oficiales de alta jerarquía que querían sacarlo del poder por cualquier vía, se asentaría un totalitarismo de derecha. En esta entrega vamos a comentar como nos narra Gaspari la caída de João Goulart, vista con un grado aceptable de objetividad. Estamos todavía en el primer libro de la serie de Las Ilusiones Armadas, titulado “La Dictadura Avergonzada”. El general Argemiro de Assis Brasil, en marzo de 1964 era el jefe del Gabinete Militar del Presidente Goulart. Nos cuenta Gaspari que este general era el padre de un “dispositivo militar” que le debía asegurar a Jango la lealtad de los cuarteles. Vimos como, después del pronunciamiento de los sargentos, cabos y marineros en el Sindicato de los Metalúrgicos había crecido peligrosamente la preocupación de la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas brasileras, en especial de la Marina. Para la noche del 30 de marzo de 1964, Goulart se había comprometido a pronunciar un discurso ante un auditorio de suboficiales y sargentos de las Fuerzas Armadas, reunidos en un salón del Automóvil Club en Cinelandia, muy cerca del palacio Laranjeiras, residencia oficial del Presidente en Río. Desoyendo los consejos de sus asesores más cercanos, Goulart decidió ir al Automóvil Club. La presencia de Jango ante un auditorio de suboficiales ciertamente le iba a causar serios problemas con los oficiales del Alto Mando que no formaban parte del “dispositivo” que había armado el general Assis Brasil. Este general había calculado mal. Pensaba que en el acto del Automóvil Club habría alrededor de veinte mil personas apoyando al Presidente, Pensaba el jefe del Gabinete Militar que habría un “mayoría aplastante de los suboficiales y sargentos del Ejército, de la Marina y de la Aviación basados en Río”. (1) El líder del partido del gobierno en la Cámara de Diputados, Tancredo Neves, era más pesimista y dijo: “Ojalá haga dios que yo me engañe, pero creo que este es el paso del presidente que provocará lo inevitable, la motivación final para la lucha armada”.(2) `La perspectiva de algunos prestigiosos periodistas como Carlos Castello Branco, del Jornal de Brasil, era otra: “La impresión de las corrientes oposicionistas […] es la de que, si no ocurre un milagro, en los próximos días, si no en las próximas horas, el Sr. João Goulart, aunque no lo quiera, cubrirá los objetivos que le han sido atribuidos de implantar en el país un nuevo tipo de República […](3) Como muchos otros, este periodista consideraba a Goulart como una marioneta movida por los hilos de políticos y militares radicales. Gaspari califica de impresionante el “dispositivo” que había montado el general Assis Brasil para neutralizar o aniquilar a los oficiales que conspiraban contra Goulart. En la Marina, reducto tradicional del conservadorismo en las Fuerza Armadas brasileras había mucha desmoralización por la manera como se había manejado el pronunciamiento de los sargentos, fusileros navales y marineros en la sede del sindicato de los trabajadores metalúrgicos y que había dado lugar a una doble humillación para la Marina.(4) En el Ejército no había ningún comando que estuviera en manos dudosas. Se contaba con un apoyo macizo de los sargentos de la Fuerza Aérea. El Primer Ejército, que controlaba la tropa basada en Río, estaba bajo el mando del general Armando de Moraes Âncora, amigo del Ministro del Ejército, general Jair Dantas Ribeiro que apoyaba firmemente a Goulart. Âncora era un soldado disciplinado, pero si guiñaba “tenía por debajo al general Oromar Osorio, que le era tan simpático al gobierno que figuraba entre los llamados «generales del pueblo». Oromar comandaba la guarnición más poderosa del país, la 1ª. División de Infantería, acuartelada en la Villa Militar, en Río de Janeiro.”(5) El Segundo Ejército, basado en São Paulo, estaba bajo el mando del general Amaury Kruel, amigo y compadre de Goulart, quien había sido su jefe del Gabinete Militar y Ministro de Guerra. Por otro lado, el Partido Comunista de Brasil tenía una base militar, con muchos oficiales infiltrados, que sólo conocía la cúpula del partido –sólo Prestes y dos miembros del comité ejecutivo del partido conocían los nombres de esos oficiales. Según nos dice Gaspari: “En un estimado prudente, los oficiales activos que militaban en el partido [comunista] e, hipotéticamente, podrían ser movilizados por su dirección, serían alrededor de unos cien. Los oficiales superiores eran más de veinte pero no pasaban de treinta. Algunos de ellos tenían identidad ideológica con el partido, seguían su línea política, pero no se reunían formalmente como militantes comunistas. La principal influencia (desarmada) del PCB estaba en el Consejo de Seguridad Nacional, donde el coronel Paulo Eugenio Pinto Guedes era el jefe de gabinete de su secretaría general. También gravitaba en torno al PCB, en Río, el coronel Joaquim Ignacio Cardoso. Como él, el ayudante del general Assis Brasil, capitán Eduardo Chuahy. En la FAB pueden haber sido veinte, entre los cuales dos generales de brigada y tres coroneles. Con cuatro estrellas, el brigadier Francisco Teixeira comandaba la poderosa IIIa. Zona Aérea, con sede en Río. Una de las bases de la FAB, la “Olavo Bilac”, estaba compuesta por cinco oficiales que usaban como apodos la identidad completa del poeta: Olavo, Brás, Martins, Guimarães y Bilac.”(6) Buena parte de los oficiales que conspiraban para sacar a Goulart del poder carecía de mando efectivo de tropas. A pesar de que entre ellos había quienes tenían gran capacidad de articulación como el general Oswaldo Cordeiro de Farias conocido como el “patriarca de las revueltas militares nacionales”(7) . Había luchado con los Aliados en el frente italiano durante la Segunda Guerra Mundial. También estaba el general Orlando Geisel, quien había sido el poderoso jefe de gabinete del ministro de Guerra. “Su hermano Ernesto, que hasta hacía muy poco había sido el comandante la guarnición del Paraná también estaba muy comprometido.”(8) En el mismo campo estaban el coronel Golbery do Couto e Silva, el general de cuatro estrellas Arthur da Costa e Silva y uno de los oficiales más respetados de las Fuerzas Armadas, el general de cuatro estrellas Humberto de Alencar Castello Branco, jefe del Estado Mayor del Ejército. Salvo Castello, eran oficiales todos sin mando. Castello Branco, durante las primeras horas de la crisis provocada por la renuncia de Janio Quadros había defendido la toma de posesión de João Goulart. Sin embargo, no tardó mucho en condenar el juego militar del “dispositivo” janguista. Gaspari nos relata como Castello Branco le había enviado un documento al ministro de Guerra, Jair Dantas Ribeiro en el que le advertía: “Tutelando policialmente al país, pero sufriremos vejámenes delante a la Nación, con los rudos calificativos de ‘gorilas’, ‘reaccionarios’, ‘golpistas’ e ‘ idiotas’”.(9) La presencia de Jair Dantas Ribeira y de los otros dos ministros militares en la reunión de la Central de Brasil, el 13 de marzo, en Brasilia, donde había anunciado que lanzaba al gobierno en una campaña por las reformas de base, había aterrado a Castello Branco y le hizo distribuir una Circular Reservada entre sus comandos “en la cual atacaba al «agrupamiento pseudo-sindical» acusándolo de «antipatria, anti-nación y anti-pueblo» y les pedía a los subordinados que se «perseveraran, siempre dentro de los límites de la ley».”(10) Sobre esa circular, Gaspari nos dice que se trataba de un ejercicio en torno a la reacción legalista y que “A pesar del prestigio de quien la firmaba, el documento no sacudió a aquel gran pedazo de la oficialidad que vive en una rutina en la que el orden y la disciplina se confunden con la carrera, formando el perfil del militar a quien los gobernantes tildan de profesional y los conspiradores de indeciso.”(11) Se nos cuenta como una copia de la circular “reservada” había llegado a los generales del “dispositivo janguista” y que Goulart decidió destituir a Castello. Se añade que, después de la distribución de la circular, la rebelión de los marineros le dio la advertencia al jefe del Estado Mayor casi con un tono de profecía. Elio Gaspari describe como la derecha estaba en espera de una seña para actuar: bastaba con cualquier acto del gobierno, ya fuere contra el Congreso o contra los gobernadores hostiles al gobierno. La base más sólida de la conspiración contra el gobierno estaba en el estado de Minas Gerais, ya que “se deseaba que el movimiento se desencadenara en un área donde hubiese armonía entre las tropas rebeladas y el poder civil que debía ampararlas. En ningún otro estado clave los generales y el gobernador se habían aproximado tanto en la planificación de la insurrección …Minas estaba gobernada por José de Magalhães Pinto, un banquero que soñaba con la Presidencia.”(12) Tenía vínculos cercanos con Castello Branco. Los cabecillas militares en Minas Gerais eran los generales Carlos Luis Guedez, comandante de la Infantería Divisionaria 4 y el general Olympio Mourão Filho de la 4ª. Región Militar. Ninguno de los dos estaba dispuesto a esperar la seña para actuar y no se llevaban nada bien. Mourão pensaba derrumbar a Goulart con un golpe fulminante que llamaba Operación Popeye. Veamos lo que nos dice Gaspari respecto de los planes de ambos generales: [Mourão] descendería de su cuartel, en Juiz de Fora, a 150 kilómetros de Río, con una tropa pequeña y bien entrenada. Creía que podría tomar de asalto la sede del Ministerio de Guerra en menos de 24 horas. El resto caería por si solo, Guedes y Magalhães Pinto, en Belo Horizonte, trabajaban en otra línea, que consistía en rebelar a Minas Gerais, separándola del gobierno de Goulart. El resto caería por si sólo.(13) Por su parte, había conspiradores en Río de Janeiro que planificaban un levantamiento con base en São Paulo, sin esperar mucha cosa de los generales de Minas. Ya cerca de la media noche del 30 de marzo el plan dependía del comportamiento de Goulart. En todo caso el golpe contra Jango estaba en marcha. Esa misma noche del 30, la CIA le había enviado dos informes. al Estado mayor Conjunto en Washington acerca de los planes de los conspiradores de Minas Gerais. La Casa Blanca apoyaba el movimiento contra Goulart. Vale la pena citar textualmente lo que dice el libro acerca de la posición de Washington para esa fecha: De acuerdo con uno de esos [informes], el comandante de una unidad militar informaba que “el presidente Goulart debe ser depuesto rápidamente” y admitía la posibilidad de que la rebelión estallara el día siguiente. Ese mismo informe decía que los conspiradores temían quedar sin combustible y advertía: “El combustible de petróleo es un problema. Los comunistas controlan los puertos y las vías férreas, pero no las autopistas. Las reservas en combustible en estados clave se mantuvieron al mínimo, en general sobre la base de un día de uso. El cónsul americano en Belo Horizonte, Herbert Okun, estuvo con Magalhães en el Palacio de la Libertad so pretexto de convidarlo a un concierto sinfónico, El gobernador hablaba de “reacción” en el caso de que Jango no castigara a los marineros rebelados, pero lo que más impresionó al joven diplomático fue ver la sede del gobierno minero sobreprotegida, con policías militares armados con sub-ametralladoras en los corredores de la mansión. Otro telegrama, del agregado militar, basado en Río, anunciaba la inminencia de otra rebelión, marcada para la semana siguiente.(14) El embajador de los Estados Unidos en Brasil, Lincoln Gordon tenía experiencia militar y hablaba portugués. Ya desde antes del plebiscito de Goulart, Gordon había expresado el temor de que éste se encaminaba hacia una “dictadura personal y populista”(15) . Ya en una reunión que había tenido con el Presidente Kennedy en la casa Blanca, el 30 de julio de 1962, el embajador le había dicho al presidente que se contemplaba la hipótesis de un golpe militar. Según nos narra Gaspari, Gordon se oponía a la idea de pensar en el derrocamiento de Goulart como estrategia pero deseaba tener la carta en mano. El siguiente extracto del diálogo entre Gordon y Kennedy es muy indicativo: [GORDON] —Creo que una de nuestras tareas más importantes consiste en fortalecer la columna vertebral militar. Es preciso dejar claro, si bien con discreción, que no somos necesariamente hostiles a cualquier tipo de acción militar, siempre y cuando quede claro el motivo. —Contra la izquierda — cortó Kennedy. — El le está entregando el país a los … — Comunistas —completó el presidente — Exactamente. Hay varios indicios de que Goulart, contra su voluntad o no [inaudible]…(16) El 20 de marzo de 1964, una semana después de la reunión de la central de Brasil a la cual se hace referencia más arriba, “el presidente Lyndon Johnson autorizó la formación de una fuerza naval para intervenir en la crisis brasilera, en caso de que ello pareciere necesario.”(17) La asistencia de Goulart en el auditorio de suboficiales y sargentos en el Automóvil Club, en la noche del 30 de marzo de 1964, fue el fulminante para disparar el golpe militar. En esa reunión entre los personajes más notables estaban: el Cabo Anselmo, el mismo de la rebelión de los marineros; el ex comandante del Cuerpo de Fusileros Navales, almirante Cândido Aragão, a quienes los janguistas llamaban el Almirante del Pueblo y, para la mayoría de las Fuerzas Armadas, el Almirante Rojo; siete ministros, incluyendo los tres militares. He aquí lo que narra Gaspari sobre la presencia de Goulart: Ya se estaba por el vigésimo discurso cuando entró el presidente. No entró propiamente el presidente, sino una bola humana, en medio de la cual, arrastrando ligeramente la pierna derecha, con su media sonrisa habitual y la cabeza un poco en bajo, iba João Goulart. No era un demagogo de multitudes. A los gritos de “Púyalos, presidente”, respondía con gestos casi modestos. Los oradores se apresuraron y, en algunos minutos él ya estaba ante el micrófono. Habían pasado la 10 de la noche. A esa hora ya había llegado a la casa Blanca un telegrama del consulado americano en São Paulo. En el mismo se informaba: “Dos fuentes activas del movimiento contra Goulart dicen que el golpe contra el gobierno de Brasil deberá darse dentro de las próximas 48 horas. En la tarde, Jango había tenido tres textos para leer en el Automóvil Club. Se divirtió cuando un amigo seleccionó el más moderado. Provenía de Luiz Carlos Prestes. La parte decisiva la dijo el presidente de improviso, nervioso, agresivo: “La crisis que se manifiesta en el país fue provocada por la minoría de privilegiados que vive con los ojos volteados hacia el pasado y teme enfrentar el futuro luminoso que se le abrirá a la democracia a través de la integración de nuestros compatriotas.(18) Ya en Juiz de Fora, el general Mourao había decidido salir con su tropa en esa madrugada. Mientras tanto, continuaba Goulart: “Quien habla de disciplina, señores sargentos, quien alardea de ella, quien procura intrigar contra el presidente de la República con las Fuerzas Armadas en nombre de la disciplina, son los mismos que, en el 61, en nombre de la disciplina y del pretendido orden y la legalidad que ellos decían defender, apresaron a decenas de sargentos.” … “La disciplina se construye sobre el respeto mutuo, entre quines comandan y quienes son comandados.” … “Si los sargentos me preguntasen –estas son mis últimas palabras – donde surgieron tantos recursos para la campaña tan poderosa, para la movilización tan violenta contra el gobierno, yo diría, simplemente, sargentos brasileros, que todo esto viene del dinero de los profesionales de la remesa ilícita de ganancias que recientemente reglamenté a través de una ley. Y del dinero manchado por el interés enorme del petróleo internacional.” … “Si quisieren saber cuales son los colores que presidirán las reformas que se realizarán, basta con ver las casacas de comandantes y comandados de nuestro Ejército, de nuestra Aviación, de nuestra Marina, de la Policía Militar. Y allí, en cada casaca, encontrarán el verde oliva que es el verde de la bandera brasilera. El azul de la Aviación y de la Marina, que es el azul de la bandera brasilera. Es con esos colores, verde, amarillo y azul, que haremos las reformas.” … “No admitiré el golpe de los reaccionarios. El golpe que nosotros deseamos es el golpe de las reformas básicas, tan necesarias para nuestro país. No queremos un Congreso cerrado. Por el contrario, queremos el Congreso abierto. Queremos apenas que los congresistas sean sensibles a las mínimas reivindicaciones populares.”(19) Nos cuenta el autor como, cuando Goulart terminaba de hablar, el senador Ernâni do Amaral Peixoto, yerno de Getulio Vargas, ex oficial de la Marina y uno de los más respetados caciques del Congreso dijo: “El Jango ya no es más presidente de la República.” (20) En la próxima entrega veremos como ocurrió la caída de Goulart, después de un golpe que no llegó a las 48 horas y en el cual los únicos disparos fueron prácticamente los de la salva de cañones Schneider del fuerte de Copacabana “donde habían resuelto homenajear [a Castello Branco] como si fuere el nuevo ministro, con una salva de 24 tiros”, advirtiendo que al “quinto disparo se regó el pánico en la Zona Sur y se interrumpió la salva, siendo así cinco los cartuchos de artillería consumidos en todo el país.”(21) Notas
(1) Elio Gaspari, A Ditadura Envergonhada, op. cit., p. 46. |
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