Este cuento, ha sido tomado de la realidad, y publicado en nuestro libro Rejas Dobles, representa un engarce extraño en este libro. Son diferentes el país en que transcurre, sus leyes, su religión, su cultura, sus personajes, la insólita institución en que transcurre, y hasta su trama. Por todos esos contrastes lo hemos elegido como modelo de la extrema dimensión de libertad que contiene, en relación contrastante con todos los demás casos que se presentan en las otras partes de este libro.
Pero aunque varíen todas las circunstancias, el drama humano siempre presenta manifestaciones comunes.
La paciente no es muy joven ni bonita, y su presencia evoca autoridad. Resulta algo extraño verla vestida con ropas de presa. Mejor correspondería verla con el uniforme de los funcionarios de la cárcel, con muchos galones en el hombro.
Es enviada a la consulta por un estado depresivo.
- ¿ Cómo te llamas ? *
- Sofía.
- ¿Y tu apellido ?
- También Sofía.
- ¿ Edad ?
- Cuarenta y dos años.
- ¿ Donde vives ?
- En Ramat Aviv. ¿ Quieres la dirección exacta ?
- No, me basta conocer la zona.
- ¿Profesión ?
- Profesora.
- ¿ Que enseñas ?
- Filosofía.
- ¿ En secundaria ?
- No. En la Universidad de Tel Aviv.
- ¿ En que te especializas ?
- En el Siglo de Oro de Grecia. Especialmente en Platón.
- ¿ Por algún motivo especial te interesa Platón ?
- Sí. Por sus relaciones con la religión judía. En mi tesis de doctorado trate de demostrar que el “eidos “ platónico y nuestro Dios Único tienen un origen filosófico común.
- ¿ Lograste demostrarlo ?
- En filosofía nada se demuestra. Cuando una hipótesis se comprueba, pasa a la categoría de hecho científico. Y eso no sucede en las disciplinas humanísticas.
- Lo que me dices me parece muy lógico. No te ocultaré que encontrar una persona de tu cultura en la cárcel me llama la atención. Casi diría que me choca. ¿ Puedo saber por qué estás presa ?
- A causa de las leyes de Israel.
- ¿ Todas las leyes de Israel ?
- No, todas no. Quizá me hubiera expresado mejor diciendo a causa de las leyes de Israel que conciernen a mi caso.
- ¿ Cuales son ellas ?
- Las que se refieren a la hospitalización de los enfermos mentales y las leyes del divorcio. Las conozco muy bien, porque debido a ellas estoy acá. Además tengo un hermano abogado y consulté con él muchas veces. Al final, al no encontrar una solución legal, apliqué una solución delictiva.
- ¿ Quieres contarme tu historia ? Seguramente será interesante y la sabrás contar muy bien, puesto que tu profesión es hablar.
- No solamente hablar sino también pensar y escribir. ¿ Cómo quieres que comience ?
- Hazlo a tu manera.
- Procedo de una familia ashkenazi ** Sin vanidad puedo decir que es una familia muy culta. Mi abuelo fue rabino en una ciudad de Polonia que no quiero recordar. Su hijo mayor, mi padre, abandonó la religión y se fue a Viena a estudiar psiquiatría. Creo que tuvo algunos contactos con Freud, aunque sé que no lo apreciaba mucho. Poco antes del “Anchluss” de 1938, ante el peligro inminente de la ocupación nazi lo abandonó todo y nos vinimos a Israel. Mi padre tuvo mucho éxito en su profesión y pudo brindar una carrera a todos sus hijos.
Desde muy temprana edad me sentí inclinada a la filosofía. Viniendo, como venía, de una casa con profunda tradición judía siempre me preocupé como en el período alejandrino, de integrar la filosofía griega con el monoteísmo judío. Y así me gradué, me doctoré y logré llegar al profesorado.
Dediqué al estudio toda mi juventud. Los muchachos nunca me interesaron. Me resultaba más agradable leer a los clásicos, que analizar las estrategias con que mis compañeros me querían llevar a la cama. Siempre supe que no era bien parecida, y tenía algo de excesivamente varonil en mi apariencia. Sé que se rumoreaba sobre mi posible homosexualidad, dado que es excepcional que las mujeres estudien filosofía.
En realidad, durante mi primera juventud fui simplemente asexual. No me interesaban el sexo, ni los vestidos, ni los niños, ni el hogar. Aún hoy mi apartamento es, más que nada, una gran biblioteca.
Así transcurrió mi vida hasta pasados mis treinta años. Fue entonces que, no sé por qué, se despertó en mi la femineidad. Ocurrió después que publiqué mi segundo libro.
- ¿ Cuál es su título ?
- El Dios de Israel y Platón. El tema que te dije que me interesaba.
- ¿ Y que sucedió con el libro ?
- Tuvo un éxito rotundo. Tiene ya tres ediciones de la traducción al inglés y está por salir una en alemán.
- ¿ En español no ?
- No. Estudiamos esa posibilidafd pero en ese idioma el tema no tiene mercado. El éxito fue para mi desgracia.
- ¿ Para tu desgracia ?
- Sí. ¿ Sabes lo que está escrito en un fragmento de los pre-socráticos ?
- No, dime.
- Los dioses castigan a los hombres concediéndoles la realización de sus deseos.
- ¿ Y te casrtigaron a ti ?
- Sí. Ese libro fué uno de los sueños de mi vida. Cuando recordaba a mi abuelo, tan alejado del mundo real, con su vida galútica*** arcaica, y mi padre como judío de la generación del desierto, debatiéndose en medio del antisemitismo de la ciudad de Viena pensé que teníamos que integrarnos al mundo gentil y que mi libro sería un puente entre nuestra cultura con la cristiana.
En teoría lo conseguí y eso me dejó muy satisfecha. En la práctica, ahora veo que no sirvió para nada. Sólo lo leen los filósofos como yo, que no tienen ninguna influencia en el mundo real y cuyo pensamiento sirve para acumularse en las bibliotecas pero no para mejorar el mundo.
- ¿ Tú crees que la Biblia no ha mejorado al mundo ?
- La Biblia no es filosofía, es religión. Y la religión es lo que realmente mueve al mundo. Todos los grandes movimientos humanos, aunque no sean teológicos, tienen mecanismos religiosos.
- Creo que tienes razón. Me gustaría seguir conversando contigo sobre el tema, aunque no sé nada de él. Pero prefiero que me sigas contando tu historia. Al fin y al cabo, mi misión es tratarte.
- Después del homenaje que me hicieron en la Universidad por la publicación de mi libro, entré en un estado depresivo. La depresión es una enfermedad propia de nuestra familia. Un tío mío se suicidó. Te pido que no escribas esto porque es un secreto familiar. Pero yo creo que mi depresión se debió a que, habiendo realizado el sueño de mi vida, repentinamente me sentí vacía, sin programa y sin destino. Mi padre me indicó algunos medicamentos y me mejoré. Pero una revolución se había fraguado en mí. Y de repente me sentí otra persona.
- ¿ Y que quería la otra persona ?
- Quiso ser mujer. Quiso tener un marido, hogar e hijos. Pero no me sería fácil. Los hombres veían en mi una filósofa, de sexo indefinido. No les interesaba como objeto erótico.
- ¿ Cómo había sido tu vida sexual hasta entonces ?
- Unas pocas experiencias que comenzaban y terminaban entre libros.
- ¿ Nunca estuviste enamorada ?
- Nunca.
- ¿ Que hiciste entonces ?
- Comencé a buscar pareja. Y empecé por mis compañeros de Facultad. Pero a ellos no les interesaban las mujeres, de la misma manera como a mi no me habían interesado los hombres.
- Sígueme contando lo que te sucedió a ti.
- Fracaso tras fracaso. No captaban mis aspiraciones. Y si se daban cuenta me rechazaban o se demostraban indiferentes. Tuve algunas relaciones, pero no fueron más que efímeras.
- ¿ Entonces ?
- Siempre tuve alumnos que se enamoraron de mí como suele suceder con todos los profesores. Uno de ellos, tímido, reconcentrado, solitario, siempre me miró con ojos devotos. No creo que le interesara mucho la filosofía porque nunca intervenía en clase. Supongo que asistía a mis cursos porque no tenía otro lugar adonde ir ni otra cosa que hacer. Al fin, cansada de tanto infortunio, decidí acostarme y después casarme con él. Mi objetivo era formar un hogar y engendrar un hijo. El marido podía ser secundario. Estaba segura que no me molestaría demasiado.
- Te proveíste de un semental.
- Groseramente dicho, tienes razón.
- Nos casamos, para asombro de todos. Se vino a vivir a mi casa y seguía trabajando en su modesto empleo de funcionario de correos. Quedé embarazada y a los nueve meses tuve mi niña. Es una hermosísima bebé.
- Así, llevaste a cabo tus planes
- Sí, realicé mis planes. Tenía un hogar, una niña maravillosa, un marido que me hacía el amor apasionadamente y que no me molestaba demasiado.
- ¿ Qué sucedió después ?
- Como ya te dije, los dioses castigan a los hombres concediéndoles la realización de sus deseos. Todo era perfecto hasta que mi marido enloqueció.
- ¿ Enloqueció ?
- Sí, enloqueció. Se enfermó de un delirio de persecución. Sentía que lo perseguían por la calle y que la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) lo había declarado su enemigo principal. Creía que le envenenaban lo que comía en el trabajo. No dormía de noche y nos tenía despavoridas a mí y a la nena, atisbando por la ventana a sus perseguidores.
Mi padre lo diagnosticó enseguida. Se había opuesto a mi matrimonio y me advirtió que era una personalidad esquizoide. Pero no se le ocurrió decirme que podría transformarse en un esquizofrénico. Le pregunté que es lo que se podía hacer y me contestó que de acuerdo a la ley vigente de asistencia psiquiátrica vigente en Israel no se podía hacer nada.
- ¿ Nada ? le pregunté.
- Nada que sea contra su voluntad. Ni atenderlo, ni darle medicamentos, ni hospitalizarlo.
- ¿ Qué se hace entonces, insistí.
- Trata de convencerlo de que consulte a un psiquiatra. Naturalmente que no puedo ser yo, contestó.
Y lo quise llevar al médico. Se puso hecho una fiera. Empezó a sospechar que yo también me encontraba entre sus perseguidores. La vida se me hizo imposible. La nena comenzó a padecer de inapetencia. Yo no me podía concentrar en mi trabajo. Tuve que tomarme vacaciones anticipadas. Pero fue peor, porque estar con él en casa era un infierno. Busqué ayuda legal. Pero, como ya me había anticipado mi padre, la ley en Israel establece claramente que sólo se pueden realizar tratamientos compulsivos en caso de que el paciente sea peligroso para su vida o para la de los demás. Hablé claramente con mi padre, que conocía perfectamente bien la situación. En Europa un enfermo mental podía ser hospitalizado con la firma de dos médicos que certificaran su estado. No era imprescindible que el enfermo fuera peligroso. Pero en Israel, según me explicó, dominaba la Anti-psiquiatría. ¿ Tú sabes lo que es, verdad ?
El médico asintió.
- Según me explicó mi padre, un grupo de psiquiatras, basados en el culto de la libertad individual, consideraban que un enfermo mental tenía derecho a decidir si aceptaba o no el tratamiento.
Me explicó también que, a causa de la demora en el tratamiento, muchos enfermos, que podrían haber sido recuperados gracias a una asistencia precoz, caían en la cronicidad y se tornaban incurables. Según una frase que él mismo acuñó “El Estado de Israel concede a sus ciudadanos la libertad de transformarse en enfermos mentales crónicos.
Por ese lado no había nada que hacer. Entonces traté de darle medicación a escondidas. Pero cuando lo intenté, inmediatamente sospechó de mí y no comió más en casa. Se alimentaba en la calle, comiendo falafel****.
Entonces busqué el camino del divorcio. Recordarás que te dije que tengo un hermano abogado. Me dijo que en Israel, de acuerdo a la ley rabínica, el único que puede conceder el divorcio es el marido. La mujer tiene que someterse a su decisión.
- ¿ Y si se demuestra que es un enfermo mental ?
- Peor aún. Un enfermo mental no se encuentra en condiciones de conceder el divorcio. En esa jurisprudencia nos encontramos en plena Edad Media. O peor, en la época bíblica.
Suspendí por completo toda relación con él. No lo afectó en nada. Me fuí a dormir a otro cuarto y se terminó el sexo. Pero estaba demasiado preocupado con sus persecuciones para darle importancia.
Finalmente me recomendaron que fuera a hablar con Shulamit Aloni.***** Y estaba por hacerlo, cuando me ofrecieron otra solución.
Otro alumno mío, que también se enamoró de mi (ya le tengo terror a mis alumnos) y que pertenece a una etnia que no voy a nombrar, me dijo que, cuando en su pueblo un marido no se quería divorciar de una mujer y le daba mala vida, los hermanos de ella le daban una paliza y asunto arreglado. Donde el derecho rabínico impedía vivir decentemente se aplicaba la ley de la selva.
El se ofreció a ser mi hermano. También resultó siendo algo más, pero eso no viene al caso.
Mi marido recibió la paliza y vió confirmarse la realidad de sus ideas persecutorias. Sin vacilar me concedió el divorcio. Y, para su bien, también aceptó la asistencia médica.
Pero la policía, que también defiende las leyes del país, llevó a cabo una investigación cuyo esclarecimiento no fue nada difícil. Me metieron presa y acá estoy, a la orden del juez, como autora intelectual del delito.
- ¿ Y cual es el motivo por el cual me consultas ?
- Estoy triste, doctor. Muy triste. A veces he pensado en matarme. Ya te dije que somos una familia de depresivos. Aunque pienso que, también esta vez, los dioses me han castigado concediéndome el divorcio que les pecía.
* En idioma hebreo solamente existe un tratamiento, el tuteo.
** Grupo del pueblo judío que habla el idioma “iddisch”
*** Galútica equivale a diaspórica. El término describe la residencia del pueblo judío fuera de la Tierra Prometida.
****Comida árabe popular, parecida a una empanada, que se come al paso.
*****Parlamentaria israelí de izquierda. Especialista en derechos humanos.
genisfbl@cantv.net