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Capítulo XXXII – Ayuda Mutua Existencial Abrahan Genis Jueves, 6 de diciembre de 2007
Primero consultó un joven, de 23 años de edad, por ingestión de cocaína. Se había acostumbrado a la marihuana y luego había comenzado a consumir drogas duras.
Hijo único, abandonado por su padre a temprana edad, vivía solo con su madre, atendiendo un abasto con el cual se sostenía la familia. Trabajaba muchas horas por día y la situación económica era difícil. La madre no había vuelto a establecer relación estable de pareja. El muchacho se había criado solo, dedicado al trabajo desde la más temprana edad. Nunca había tenido muchos amigos. Tampoco se encontraba a gusto con el ambiente de su barrio, habitada por gente sumamente pobre, sin deportes, sin cultura. Pero no hubieran podido mudarse de allí por motivos económicos. Comenzó, ya desde secundaria, a fumar marihuana, y continuó haciéndolo durante varios años. Lo hacía sentirse bien. Su problema se agravaba sobre todo los fines de semana, especialmente los viernes. No tenía adonde ir. Su madre, cansada del trabajo de la semana, no salía. Su restante familia era escasa y vivía lejos. Tenía ciertas preocupaciones intelectuales; le hubiera gustado continuar estudiando, pero se necesitaba su trabajo. No tenía lugares donde practicar alguna actividad social. Fue así que, en cierto momento, teniendo fácil acceso al dinero, probó la cocaína. Uno de los “jíbaros”, que también era consumidor le brindó, gratis, la primera toma. Transcurrieron cuatro meses, hasta que se dio cuenta que estaba necesitando demasiado la droga, se lo comunicó a su madre y decidieron la consulta médica. Ella lo sabía desde hacía tiempo, pero no se había atrevido a enfrentarlo. Había venido saliendo desde hacía un año atrás con una vecina, que trabajaba en una imprenta. Ella era tímida, humilde y había tenido varios fracasos amorosos. Vivía con su padre y tres hermanos, pero todos vivían aislados entre ellos. Cada uno hacía su propia vida sin participar de ella a los demás. Salieron juntos, mantuvieron, con una facilidad que tenía mucho de apatía, relaciones sexuales, pero notaban, poco a poco, que el interés del uno por el otro se iba apagando. Finalmente, decidieron concederse un período de prueba de separación, sin verse, para conocer mejor sus mutuos sentimientos. Sin embargo, ella lo acompañó a visitar al médico. Y cuando Arturo salió de la consulta, ella tomó la iniciativa de solicitar también ser atendida. Sin saber muy bien por qué, estaba muy triste, y lloró antes de poder hablar. Se concertó una cita individual. Relató su historia. La madre los había abandonado siendo ella muy pequeña. No habían antecedentes psiquiátricos en la familia. Había cursado normalmente en sus estudios de primaria y secundaria. Después, había hecho cursos de computación y secretariado ejecutivo. Pero se sentía un ser solo y desamparado. Carecía de amigos y de vida social. Solía dar largos paseos, sola, temiendo siempre ser atracada. Costó cierto tiempo que admitiera que su gran problema era el sexual. Era frígida y prácticamente una sola vez había llegado al orgasmo. Y eso la preocupaba mucho. Su familia era callada y conservadora. Su padre era andino, y de sexo no se hablaba en casa. Una de sus hermanas había quedado embarazada de un novio y primero se produjo un escándalo en la casa, pero después el encanto del niño hizo que se lo aceptara y pasó a ser un hermanito más. El abandono de la casa por la madre, con un hombre con el cual había cohabitado durante su matrimonio, ensombreció la vida de toda la familia. Y el silencio que siempre reinó en ella se hizo todavía mayor. Tuvo sus primeras relaciones sexuales a los dieciocho años de edad, sin mayor pena ni gloria, en una relación casi efímera. Lo hizo un poco por haber sido seducida y otro poco por curiosidad. No experimentó mayor goce cuando la realizó ni mayor sufrimiento cuando fue abandonada. Después conoció a su actual pareja. La costumbre de verse en la vecindad se transformó en curiosidad y después en necesidad. Al principio conversaban mucho y la relación era muy estimulante. La vida sexual fue emocionalmente satisfactoria, aunque ella continuaba sintiéndose físicamente apática. Hubieron, desde el principio, pequeñas diferencias. No tenían los mismos gustos en cuanto al cine y en cuanto a la música. A él le encantaba bailar; a ella no. Nunca llegaron a configurar un grupo de amigos comunes. Mantenían relaciones sexuales en casa de la madre de él, que no hacía ninguna clase de comentarios. Se veían todos los días. Cuando, a pesar de la buena relación, ella tomó conciencia de su frigidez como problema, pensó en consultar un sexólogo. Lo conversaron pero no llegaron a nada, hasta que el tema dejó de ser actual. La vida sexual era normal para él, pero insatisfactoria para ella. Hacían el amor desnudos, con la luz encendida. Les gustaba contemplarse. Practicaban el sexo oral, pero ella hubiera deseado que él fuera más activo. El era cariñoso, pero un poco acelerado en su culminación. Ella hubiera preferido más juegos previos. Su problema era psicológico; no se entregaba totalmente al placer sexual. Siempre estaba pensando en otra cosa. Los dos fumaban marihuana con objeto de excitarse. A él le hacía efecto, a ella no. La única vez que ella disfrutó en el sexo fue después que vieron una película erótica. Ambos se sintieron repentinamente inflamados de deseo y realizaron el acto de inmediato, sobre el sofá, con el riesgo de que los viera la madre. Pasados varios meses, los sentimientos comenzaron a apagarse y experimentaron cada vez menos placer en encontrarse, en hablar y en hacer el amor. El había comenzado ya con la cocaína y eso los llevó a distanciarse. Eran una parejita triste, que no gozaba de la alegría de vivir. Fue entonces que decidieron consultar. Se programó una terapia conjunta en una pareja que ya había desistido de serlo. La presencia del médico estableció una mejor comunicación entre ambos. Durante varias sesiones se habló de toda la temática común. Se les aplicó un ejercicio puente con una temática seleccionada entre ambos. ÉL TEMA ELLA. SEXO Resultaba evidente que no habían sabido comunicarse en sus áreas comunes de desencuentro. La acción del médico fue la de catalizador, o, como se señala en el aforismo 3, de puente o de traductor. La conversación terminó siendo fluida. El intercambio entre las opiniones de cada uno de los dos sobre las posiciones del otro sobre los distintos temas, resultó enriquecedor. No se quiso aconsejar ninguna conducta especial, en cuanto al período de prueba o el de nuevas relaciones. Pero salían del consultorio tomados de la mano. Finalmente el médico propuso un pacto. Se mantuvo aparte del problema de la continuidad de la relación amorosa, pero era evidente que ambos, en su soledad y en sus dificultades específicas, se necesitaban. Ninguno de los dos tenía con que sustituir al otro. Ella lo necesitaba para su soledad y su problema sexual. El la necesitaba como compañera para su incipiente adición a las drogas fuertes Se programó la terapia de Masters y Johnson. Fue satisfactoria. El encuentro entre ambos se facilitó y se enriqueció. Cuando se les preguntó si lo que los unía podía llamarse amor, ambos hesitaron. No se podría adivinar cual sería la continuidad de la relación. Pero sin lugar a dudas, el pacto de mutua ayuda elevaba la autoestima de ambos y los ayudaba a encontrarse a sí mismos en el marco de su nosotros.
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