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Capítulo XXXIV - Salvar el Matrimonio
Abraham Genis

Miércoles, 2 de enero de 2008

Este capítulo está dedicado
a mis padres y hermano
a mi mujer y mis hijos
a mis nietos
y a la cadena de generaciones
que los han precedido
y que los sucederán

El matrimonio es una cosa más seria que el
placer que les produce a dos personas estar
juntas; es una institución que por producirse en
ella la procreación forma parte del tejido intimo
de la sociedad y tiene una importancia que se
extiende a mucho más que los sentimientos
personales de los cónyuges.

Bertrand Russell.



El consejo de pareja quedaría como una nube en el aire, sin forma precisa, llevado por los vientos sin destino cierto y pronto a concretarse en lluvia y desaparecer, si careciera de un apoyo doctrinario y moral. .

Si bien la familia es una institución biológica que nace en los animales superiores, el matrimonio, a nivel de la especie humana, de la civilización y del estado ético del hombre, también es una institución cultural sin la cual no se comprende la sociedad.

Concebir a nuestra especie como formada por innumerables individuos que viven aislados, autónomos, independientes, cambiando de lugar sin cesar y permanentemente de pareja al estilo Casanova, con una vida sexual promiscua y sin engendrar hijos y gozar y responsabilizarse de sus cuidados, brinda una imagen caótica de la existencia.

Una sociedad imaginaria sin familia ni matrimonio resulta fría, cínica y desgarrada, como la que se describe en “Un mundo feliz” de Aldous Huxley.

Por la otra parte, concebirla como formada por familias rígidamente integradas, donde las parejas duran unidas toda la vida y los padres ejercen poder sobre los hijos hasta la edad adulta, con autoridad permanente de los mayores u obediencia sumisa de los más jóvenes da, por el contrario, una imagen arcaica, carente de toda libertad individual, verdadero medievalismo familiar.

Al primer extremo, que puede describirse como un caos social basado en el individualismo, no se ha llegado ni se llegará jamás. Es el estilo de un pequeño número de inadaptados, anormales o enfermos, que recorren en esa manera de vivir un breve lapso de sus vidas. Si no mueren en accidentes, riñas, asesinatos, se intoxican por drogas o van a la cárcel, terminan fundiéndose en las formas habituales de convivencia del grupo social.

El segundo extremo lo ha vivido y sigue viviéndolo la humanidad en las regiones más atrasadas del globo, sometido a la fiereza ideológica de los monoteísmos dogmáticos. Pero esta fórmula se encuentra tan apartada de la inevitable naturaleza del ser humano, que se paga en permanentes violaciones a la norma oficial. Resulta así una doble moral, disfrutada solamente por los varones más ricos y causando profundos sufrimientos a través de la sumisión a todo el sexo femenino y los varones más pobres.

Las leyes de la vida, y sobre todo las de la psiquis del ser humano, son las que contienen un mayor índice de libertad, de indeterminismo, de creatividad y de búsqueda.

Es absurda, cuando no estúpida, la afirmación de algunas sectas religiosas, que afirman que

“en los libros sagrados se encuentra escrito el plan, perfecto y externo, del universo.

Por eso hay que indagar sin cesar, entre los extremos de libertad-caos y regularidad-orden, fórmulas siempre cambiantes para la convivencia humana, en el seno de sus instituciones entre las cuales se encuentran el matrimonio y sobre todo la familia.

La familia es biológica. Sus leyes se encuentran engarzadas en la especie humana a través de miles de años de desarrollo y perfeccionamiento.

Tiene un rol para la hembra y otro para el macho. La primera concebirá los hijos, los albergará en su seno, los parirá, los amamantará los educará y entrenará para las conductas propias de la especie. El macho se concentrará en la búsqueda sexual de la hembra, la fecundará y continuará protegiendo al grupo, de sus inevitables enemigos.

No existe una explicación razonable de lo que sucede en la especie humana donde, naciendo un número igual de miembros de cada sexo, la tendencia del macho es a cubrir todas las hembras que le sea posible, lo cual condenaría a muchos machos a no cumplir su función reproductora, quedando reducidos a una verdadera castidad monacal, como se ve entre los lobos, donde sólo la pareja más fuerte de un macho y de una hembra son los que se reproducen.

Podemos ofrecer varias conclusiones.

1. que en los mamíferos la familia, unión de una pareja con sus hijos, tiene un sólido fundamento biológico. Puede aceptarse que la familia dura toda la vida del ser humano.

2. que el matrimonio unión de una pareja con sus hijos y otros consanguíneos es una unidad sancionada por la tradición y la sociedad en cuyo seno viven. Es revocable de acuerdo a los mutuos sentimientos, de acuerdo a las leyes de la sociedad

3. esta familia presenta, en las diferentes culturas y a lo largo de la historia de la humanidad muy variadas formas, dependientes de las condiciones en que se encuentren

4. Las determinantes de las formas matrimoniales son numerosas, dependientes de las formas de producción, las creencias religiosas, las riquezas en medios materiales, el estilo de producción de los alimentos, la necesidad del trabajo de la mujer, los avances tecnológicos, la sanidad del grupo, y las reflexiones filosóficas. Además, en lo individual, la posibilidad de elegir fórmulas únicas y peculiares, aunque lo que hoy se llamen excentricidades puedan ser estadísticamente significativas mañana.

5. Las relaciones entre el hombre y la mujer pueden contener algunos caracteres duraderos aunque no necesariamente permanentes;
la heterosexualidad
la prolongación en el tiempo
la división de roles entre hombre y mujer
la acumulación de bienes materiales
la protección y educación de los hijos
y requiere una legislación consistente que cubra todos los aspectos de la relación que pudieran resultar problemáticos.

En los países desarrollados se ven con frecuencia hombres viviendo en la cárcel por no cumplir con sus obligaciones frente a su mujer y a sus hijos.

La visión puede resultar algo anticuada y quizá calificarse de romántica, pero el matrimonio resulta una buena base, sometida a los necesarios cambios y ajustes, para comprender el amor y la relación de pareja.

Es indudable el deseo de muchas parejas de construir un hogar (no en vano se suele llamar nido) en común.

Crean expectativas llenas de ternura los embarazos y la crianza de los niños, que con frecuencia se transforma en un amor para toda la vida.

Siguen siendo argumentos a favor del matrimonio el compañerismo, la amistad, las actividades comunes, la consolidación del bienestar económico y el apoyo mutuo que es necesario para las achacosas etapas de la vejez.

Salvo excepciones, la vida psíquica y cultural de las parejas es mejor que la de los individuos aislados.

La mujer que no se casa se adapta mejor a su soledad y soltería en la edad mayor, pero no por eso deja de ser una solterona resentida y problemática. El varón solitario vive desordenado, mal alimentado, carente de apoyo social. Y el número de enfermedades mentales, de neurosis, de suicidios y alcoholismo de los solitarios , sobre todo los masculinos es mayor que el de aquellos que viven en el seno de una familia.

El varón, a veces soberbio por su mayor poder social, debe recordar que hay dos etapas en la vida en que depende absolutamente de una mujer. Cuando era bebé, de su madre, que lo alimentaba, lo cuidaba, lo vestía y lo amaba. Cuando sea viejo dependerá de una robusta matrona que le preparará sus dietas, le hará recordar que tome sus medicamentos, le remiende la ropa, converse con él de la descendencia y mantenga su casa limpia y bonita.

La familia se encuentra, para recordar el título de Robert Laing “Cuestionada” Pero de ninguna manera anulada y abolida. Ese autor era un neurótico que inventó la Antipsiquiatría y basaba su interpretación del ser humano en base a la manipulación y la intriga, aunque no se pueda negar que alguno de sus poemas sean excelentes.

En los periódicos siempre aparecen noticias de divorcios, infidelidades, escándalos, prostitución y homosexualidad, de acuerdo al dicho periodístico que

“las buenas noticias no son noticias”

Los matrimonios felices existen y seguramente son la mayoría. La felicidad no será jamás perfecta, como no se concibe perfecto el cielo porque esté siempre libre de nubes. Pero es la razonable situación a la cual todo ser humano puede aspirar.

A veces lo son en un segundo intento, pero a menudo se llega a la estabilidad final.

El médico psiquiatra sabe esto muy bien. Porque junto a las numerosas parejas conflictivas que concurren a solicitar consejo y ayuda, en la mayoría de todos los demás pacientes, los que consultan por todos los demás motivos se observan parejas estables, armoniosas y fundamentalmente felices.

En cualquiera de las diversas formas que asuma, ese matrimonio, que etimológicamente significa “oficio de la maternidad” que implica también un “oficio de la paternidad” es una institución que contribuye a la felicidad y al equilibrio humano. Debe ser conservado, mejorado, adecuado, para servicio de nuestra especie, ya que contiene algunos de sus valores supremos; el amor entre los sexos, el amor a los hijos, la salud y el bienestar y el confort material.

El matrimonio, o la familia, o la pareja estable en comparación con la vida individualista y aislada presentan un balance diferente, tanto en la vida material como el la emocional.

En la primera se trata de un vivir cooperativo, que disminuye gastos y permite una división de roles que facilita las tareas diarias.

Pero son más importantes las diferencias en el campo del mundo interior. Las tres emociones básicas, el amor, la agresión y la depresión, son más intensas y más vivas. Se ama más, se odia más y se sufre más. Es lo que sucede en los pueblos llamados primitivos cuyo goce de vivir a causa de la más intensa emotividad, los acerca más a la naturaleza y por tanto podría afirmarse que se encuentra más cerca de la felicidad.

La razón, en el humano más desarrollado, controla esas emociones y transforma la existencia en una monótona sumación de tensiones, progreso y fatigas.

La vida interior armónica del hombre contemporáneo debe contener un equilibrio entre su emotividad, que lo acerca a la plenitud de la naturaleza y la racionalidad que lo transforma en civilizado y culto.

La familia, consolidada por el matrimonio, o la vida en pareja estable desarrollan la primera, y fundamental de estas fases de la división del mundo interior.

NIÑOS. VIEJOS. PAREJA.

El varón tiene necesidad absoluta de la mujer durante tres períodos de su vida.
A partir de su nacimiento, de sus pechos, sus brazos y su dedicación.
Durante su infancia hasta la adolescencia, de su educación y cuidados.
Durante su vejez, de su compañía atenciones y cuidados.
Durante su vida sexual, su complemento para el acto amoroso.
El problema consiste en darle continuidad a estas relaciones, todo a lo largo de la vida.
Naturalmente que el período más difícil es el de la plenitud sexual, por la tentación de las relaciones múltiples y por las frecuentes dificultades que puedan surgir en las relaciones interpersonales.

genisfbl@cantv.net

 
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